Cocaína

-Carabineros, ¿cuál es su emergencia?
-Buenas noches… eee, sabe que estaba con una amiga en mi casa y tengo un revólver de estos… y sale una bala corta… pegué el tiro, no sonó, y el segundo tiro la mató.
-¿Queeé?
-Que el segundo tiro la mató.

***

A Valeria Núñez Soto sus amigas le decían Fanny, por Stephanie, su segundo nombre. Tenía 25 años cuando desapareció de la población San Cristóbal, de Recoleta. La primera persona en echarla de menos fue su mamá, Elízabeth Soto, quien se preocupó cuando su hija no llegó a comer durante la noche del 16 de febrero de 2016. La había visto por última vez al mediodía, luego del almuerzo. Mientras lavaba platos -recuerda ella-, le había pedido mil pesos para ir a comprar unos cigarros, pero nunca regresó.

Fanny era la tercera hija que Elízabeth había tenido con su pareja Luis Núñez. Antes que ella, habían nacido Jonathan y Giselle, la mayor, de quien había quedado embarazada a los 18 años. Los cinco vivieron juntos hasta que la familia se quebró en el 2002. Elízabeth había soportado 16 años de golpes y violencia sicológica de su marido, a quien le daban incontrolables ataques de celos cada vez que su esposa hablaba con un hombre que no fuera él. La relación terminó con una denuncia por violencia intrafamiliar en el tribunal y la prohibición de Núñez de acercarse a la casa de su familia.

Elízabeth y Fanny se fueron haciendo buenas amigas. Cuando salían juntas, la gente que no las conocía siempre les preguntaba si eran hermanas. Se convirtieron en confidentes. La madre fue la primera en enterarse que su hija había quedado embarazada con sólo 16 años, cuando estaba terminando tercero medio, un par de meses antes que ella misma anunciara que estaba esperando a su cuarta guagua con su nueva pareja. Las dos fueron abandonadas al poco tiempo. El pololo de Fanny, Germán López, a quien había conocido en el barrio, desapareció apenas supo que sería padre, y a los meses después fue asesinado. Tenía 31 años cuando recibió seis escopetazos a quemarropa en un ajuste de cuentas, ocurrido en la población Santa Ana, la villa vecina a donde vivía. La pareja de Elízabeth, por su parte, se fue con otra mujer a los seis meses de haber sido padre.

Fanny era la más linda de la cuadra. Lo que se pusiera le quedaba bien, le decían con frecuencia sus amigas. Después de ser madre, no pudo retomar los estudios. Por esa época le dio por tatuarse la cara externa del brazo derecho. Allí se marcó símbolos de sus dos grandes amores: la insignia de la Universidad de Chile y el nombre de su hijo, Borjan. Buscaba anular el mal recuerdo de otro tatuaje que un par de años antes se había hecho en el otro brazo: una rosa con el nombre de su expareja, Germán.

Fanny se dedicó a criar a su hijo y a su hermana, mientras Elízabeth trabajaba. Su rutina diaria incluía hacer almuerzo, ir a buscar a los niños al jardín, darles comida, y cuidarlos hasta que su mamá tomara el relevo después de la oficina. Era la única que podía ayudar en la casa en esas labores. Su hermano Jonathan llevaba varios años en una depresión que lo mantenía encerrado en la pieza, sumido en la amargura. Nadie en la casa entendía muy bien lo que le había ocurrido, hasta que en junio del 2015 su madre lo encontró ahorcado en su habitación. La tragedia golpeó duramente a la familia. Fanny comenzó a consumir marihuana esporádicamente y se pasaba las tardes caminando por la población: visitaba amigas, se sentaba a conversar en las cunetas, o simplemente se quedaba escuchando raeggeton en su celular afuera de su casa. A veces, cuando se conseguía dinero, también se iba de fiesta.

-La última vez que la vimos fue el 14 de febrero, para el día de los enamorados. Fuimos a una salsoteca con puras mujeres y como a las 4:30 de la madrugada la pasamos a dejar. Ella siempre llegaba a su casa –recuerda Mitzi, una amiga del barrio.

Aquella noche en que desapareció, eso era lo que más angustiaba a su madre: que Fanny siempre llegaba a dormir. Elizabeth recorrió las esquinas, las casas de los vecinos, e incluso se atrevió a cruzar a la villa Santa Ana, donde en el 2009 habían matado al padre de su nieto. No la encontró por ninguna parte. Se fue a dormir, pero a las tres de la mañana salió nuevamente a la calle. Caminó en círculos alrededor de la manzana en la que vivía, pero su hija no estaba por ningún lado.

Se durmió preocupada.

Cocaína--Elízabeth-Soto,-madre-de-Fanny--foto-alejandro-olivares
Elízabeth Soto, madre de Fanny.
***

-¿Cuál es el nombre de ella?
-No sé, porque la conocí hoy día… ahh, Stephanie me dijo.
-¿No sabe qué edad tiene?
-Yo calculo que debe tener unos veintinueve años.
-¿Cuál es su nombre?
-Manuel Rebolledo.

***

Rebolledo medía 1,75 metros y pesaba 90 kilos. Se veía robusto. Tenía el pelo canoso y su cara estaba hinchada, bolsuda. A sus 49 años se había pasado la mitad de ellos consumiendo cocaína. Era adicto y bipolar.

-Lo conocí así. Era jovencito, nos encontramos en una iglesia evangélica que queda en Recoleta. Él llegó allá buscando solución a su problema. Pololeamos un año, nos enamoramos, nos casamos y nacieron los hijos –recuerda Elisa Silva, su esposa, mayor que él por ocho años.

Rebolledo y Silva se casaron el 1 de octubre de 1984. Tuvieron tres hijos. La relación pasaba por altos y bajos, y dependía en gran manera del ánimo del padre. Pasaba momentos de euforia consumiendo drogas y alcohol, y luego lo agarraba la crisis moral. La familia debía consolar sus llantos, la angustia, la tristeza. Por ese tiempo, todos vivían de allegados en la casa de la abuela paterna, en la Población Quinta Bella de Recoleta. Fue allí donde ocurrió la peor tragedia del clan. El 2 de agosto de 1999, Elizabeth y Manuel habían ido a ver una casa que se querían comprar en Maipú y cuando regresaron supieron que la vivienda se había incendiado. Su hija de dos años estaba entre los escombros. Fue un duro momento que coincidió con los años de mayor lucidez.

-Le impactó tanto que dejó las drogas y se acercó al Señor. Prosperamos económicamente –agrega Elisa.

El dinero provenía de un rent a car que Manuel había fundado, cuya mayor rentabilidad provenìa del arriendo prestado a las compañías telefónicas. Se internó en una clínica en Argentina para tratar su bipolaridad y la adicción, e incluso había plata para viajes familiares. Vacacionaron varias veces en Estados Unidos y también en el Caribe. Se fueron a vivir a Buin, en una parcela que arrendaron, pero allí recayó. La plata –cree Elisa- acabó con la abstinencia. Fue el regreso de la euforia.

-A veces llegaba con 20 kilos de carne y escuchaba rock a todo volumen, o ponía música cristiana. Una vez fue a Viña y arrendó dos departamentos. Se compraba autos. Llegó a tener seis modelos diferentes. Cuando le daba la pena, lloraba. Decía: ‘Dios tiene que librarme de esta vida’. Vivía en el exceso.

Elisa abandonó la casa de Buin en el 2013, por la constante molestia que significaba vivir con él, pero antes lo denunció por violencia. Siempre que llegaba drogado –le dijo a la policía- la presionaba para que tomara con él, y ya no sabía qué hacer para negarse. Su marido fue condenado a pagar media UTM mensual durante un año y quedó con prohibición de acercarse a ella. Elisa se fue a vivir a Puente Alto, en una casa que Manuel había comprado en el año 2006, pero a los pocos meses llegó a pedirle que volvieran. Ella aceptó y pasaron dos años en la misma dinámica hasta que la convivencia se quebró.

Decidieron, entonces, vivir en casas separadas. Elisa arrendó una propiedad y Manuel se pasaba algunos días allá y luego regresaba a Puente Alto. La casa familiar se había convertido en una guarida para sus desenfrenos. Adoptó una extraña práctica. Salía a recorrer Santiago e invitaba a desconocidos a jalar y a tomar alcohol, sólo para conversar en aquellos momentos de locura. Cuando nadie quería acompañarlo, recorría las poblaciones buscando mujeres adictas y las invitaba a consumir.

-No soportaba la soledad –explica Elisa.

Hacía varios años que Manuel había abandonado la Iglesia.

***

-Esto fue aproximadamente una hora y media atrás, más o menos, y estoy solo con ella. Estoy realmente impresionado.
-Estaba manipulando entonces un arma de fuego, dice usted, y se le salió un tiro.
-No, no se salió el tiro, había un puro tiro en la cámara. Era como la ruleta rusa, ¿me entiende?
-¿Dónde le dio el disparo?
-En la frente.

***

Manuel Rebolledo llevaba casi una semana sin dormir aquel 16 de febrero pasado cuando se encontró con Fanny en la calle. Ninguno se conocía de antes. Venía de la casa de su madre, en Recoleta, quien le había regalado unas humitas, cuando pasó a la población Santa Ana en busca de cocaína y le habló. No está claro qué andaba haciendo Fanny por allá, tampoco si subió obligada al vehículo, pero sí que cerca de la medianoche de ese martes ambos llegaron a la casa de Puente Alto, una vivienda de dos pisos muy bien cuidada por fuera, pero que acumulaba un milenario desorden por dentro.

Desde que su esposa no lo visitaba, Manuel había dejado que los muebles de la familia envejecieran entre la tierra. Parecían estatuas olvidadas, repletas de chucherías acumuladas sobre sus cubiertas, como si nadie hubiese hecho aseo en años. Fanny se encontró con un panorama deplorable. Había basura en el suelo, un televisor antiguo sobre dos pisos plásticos, un saco de dormir puesto como cortina para separar el living del pasillo de la entrada, un led que cubría media pared, una fotografía de Jesucristo en un muro, y cientos de artículos repartidos en las distintas habitaciones: arriba de los sillones, de la mesa, de las sillas, el refrigerador, los parlantes, y hasta del horno eléctrico.

Aquella noche comieron humitas. Sobre un velador, al lado de cinco candados, dos ampolletas, un cuadro familiar, un desodorante ambiental, un desatornillador, un encendedor y una botella de whisky, Manuel hizo espacio para una tabla de madera, en la que también picaba carne, y separó varias líneas de cocaína con su tarjeta del Servicio de Impuestos Internos. Se las tiraba con un billete de luca. Fanny miraba la escena desde una silla. Vestía una camisa de cuadros rojos, celestes y blancos, unos pantalones elasticados, y calzaba unas zapatillas de lona brillante. Estuvieron así hasta las tres y media de la madrugada y luego subieron al segundo piso. Rebolledo la hizo pasar a la pieza que antiguamente ocupaba uno de sus hijos, que estaba tan desordenada como todo el resto de la casa, y ella se sentó en la cama, con los pies colgando. Minutos después, su tronco y su cabeza caerían desplomados sobre el colchón.

-Se fueron a descansar. Él se fue al baño y ella encontró el arma, una pistola que era de la mamá de Manuel. A ella se le ocurrió el famoso juego –dice Elisa que le ha contado su marido cuando lo va a visitar a la cárcel.

Rebolledo se puso a un metro de Fanny y apuntó un revólver calibre .32 especial marca Taurus y apretó el gatillo, pero no pasó nada. Volvió a hacerlo y le destapó el cráneo. La bala entró por su frente, salió por su nuca, pegó en el muro posterior de la habitación, y luego se incrustó en una pared lateral. Su cuerpo cayó sobre una poza de sangre que se desparramó sobre el colchón. Tenía los ojos abiertos, sin reacción. Rebolledo quedó en silencio unos minutos y luego puso la pistola sobre una biblia, al lado de un paquete de toallitas higiénicas, adentro de un clóset. Había matado a una desconocida en una extraña forma de jugar ruleta rusa. Estaba completamente drogado y de la euforia pasó a la tranquilidad. Llamó a sus hijos para contarle lo que había ocurrido.

-Maté a una persona –les dijo escuetamente.

Una hora y media después llamó a Carabineros.

***

-¿Le puedo hacer una consulta?
-Dígame
-Ehh, bueno, en la cámara del revólver no habían balas, solamente esa bala, intuyo que esa misma que se disparó. ¿Eso a mí me ayuda?
-No creo que le vaya a ayudar mucho en realidad po’ señor.
-Ya, perfecto. Mande no más, no hay problema.
-Va carabineros en camino al lugar.

***

Cuando la policía llegó a la casa, Manuel Rebolledo aguardaba sentado en el antejardín. Tenía estacionada una camioneta en la entrada y una Hummer en el patio. Estaba amaneciendo y les abrió la puerta de la reja con una asombrosa cordialidad.

-Señorita, por favor pase, la niña está arriba, encima de la cama, parece que se murió –le dijo a la carabinera.

Entraron al primer piso y encontraron una bolsa con 2,3 gramos de cocaína y una botella de whisky. Fanny estaba en la primera pieza subiendo la escalera, tirada sobre la cama, con su cuerpo semirígido y sus piernas cruzadas. Manuel contó su versión, mientras los policías inspeccionaban la escena: que la había conocido el día anterior y que la había invitado a consumir drogas. Rebolledo quedó detenido. Los peritos fotografiaron las habitaciones y el cadáver, y luego el cuerpo de Fanny fue retirado al mediodía por el Servicio Médico Legal. Como no portaba identificación fue catalogada como NN, pero esa misma tarde un examen de sus huellas dio con su nombre. Con esos datos llegaron a sus antecedentes judiciales. El Sistema de Apoyo a los Fiscales arrojó que la joven tenía 25 años y que estaba vinculada a diversas causas en calidad de imputada, víctima, y testigo. También aparecía la dirección de su casa y un teléfono fijo.

Cocaína-El-revólver-Taurus-con-que-Manuel-Rebolledo-le-disparó-a-Fanny
El revólver Taurus con que Manuel Rebolledo le disparó a Fanny.

A Elízabeth, sin embargo, nadie le avisó que a su hija la habían asesinado. Durante todo el día siguiente a su desaparición buscó desesperadamente seguir algún rastro, había ido incluso a Carabineros, pero allá le habían dicho que era muy pronto para interponer una denuncia. Al día siguiente, los diarios traían los detalles del homicidio. En ninguna parte aparecía el nombre de la víctima. La Cuarta presentó el caso sin ninguna sensibilidad: “Se la echaron en la ruleta rusa”, decía el titular de la portada.

Elízabeth continuó su búsqueda durante toda la semana. Con los días se sumaron las amigas de Fanny, las mismas con las que había ido a bailar salsa dos días antes. Recorrieron los cerros que bordean la comuna y varias poblaciones del sector. A la semana siguiente, los patrullajes para dar con la joven se redujeron a un par de horas al día. Su madre había regresado al trabajo y parecía que a su hija se la había tragado la tierra. Le angustiaba pensar que tal vez podía estar muerta, pero se tranquilizó cuando el 27 de febrero, a once días de haber desaparecido, un tío fue a preguntar por ella al Servicio Médico Legal, y allá le dijeron que no estaba. La respuesta dio falsas esperanzas a la familia. Tres días después llegó la mala noticia.

-Encontramos a su hija. Estaba en la morgue –le dijo un sargento por teléfono.

Las palabras del policía dejaron en shock a Elízabeth. El llamado la pilló en medio del Paseo Puente, en Santiago Centro, y si no es por un pilar en el que encontró apoyo, se desmaya allí mismo.

-No me salía la voz. Quedé muda. Me hablaban, pero no podía contestar –recuerda ella.

Esa misma tarde partió a reconocer el cuerpo. En la fiscalía le dijeron que a su hija la había matado una persona que había conocido la noche del 16 de febrero y que todo había ocurrido mientras jugaban a la ruleta rusa, luego de haber consumido drogas y alcohol en una casa en Puente Alto. Elízabeth creyó que le estaban tomando el pelo. Pensó por unos minutos que tal vez esto se trataba de un cuento del tío. La Fanny que ella buscaba jamás podría haber ido a Puente Alto a consumir drogas y menos se habría prestado para entregarle la vida a un revólver. Mientras caminaba por los pasillos de la morgue, estaba segura que los funcionarios estaban equivocados. Lo primero que dijo cuando detrás del mostrador apareció el cuerpo de una mujer, con un agujero de un centímetro en su cara, fue que esa no era su hija. Luego fue repasando algunas partes del cadáver. En los detalles apareció Fanny.

-Tenía la cara asustada, la nariz deformada, los labios entrados. Reconocí sus cejas, las orejas, la frente, un lunar que tenía en el costado, los tatuajes, Borjan, mi nieto.

Fanny pesaba 49 kilos y medía un metro sesenta de estatura. Su autopsia había arrojado que la causa de muerte había sido un traumatismo encéfalo craneano causado por una bala. Antes de ponerla en el cajón, Elízabeth le pintó su rostro, le echó perfume, se sacó sus aros y se los puso a ella. Luego la vistió con su ropa favorita: jeans y la camiseta de la Universidad de Chile, la fosforescente. Pidió expresamente que el cajón quedara cerrado. No quería que nadie la viera así, irreconocible. Sus amigas mandaron a imprimir un pendón con una foto de ella y una dedicatoria: “Amiga, te quedarás en nuestros recuerdos como el último día que te vimos. Siempre te vamos a llevar en nuestros pensamientos y nuestros corazones. Vuela alto a los brazos del Señor”.

En menos de ocho meses, Elízabeth había perdido dos hijos. Pasaron varios días después del funeral hasta que ella pudo saber con más certeza qué había ocurrido con su hija. Fue luego que el abogado que la representa en el caso le mostrara la carpeta de la investigación judicial. La hojeó sin leer lo que allí decía y se detuvo en el apartado que contenía las fotos que los peritos de la PDI tomaron ese día en la escena del crimen. Fue una a una repasando las imágenes, imaginando escenas: un plano general de la casa, la sala de estar con el televisor sobre los dos pisos, la tabla donde estaba la cocaína, el saco de dormir que utilizaba como cortina, Jesucristo en la pared, la escalera del segundo piso, la pieza donde había muerto su hija, su cuerpo: un primerísimo primer plano de su rostro ensangrentado. Allí, también, estaba la explicación que el homicida había dado a la policía y la llamada de emergencia. Evidencias que aún esperan fecha para un juicio. Nada de lo que hay allí la convence.

-Lo de la ruleta rusa no me lo trago. Él le disparó. Yo creo que se llevó a mi hija amenazada y después trató de abusar, pero ella no se dejó. Por eso la mató. La Fanny no era de irse con personas que no conocía.