LOS-REDENTORES

¿Cómo logran los Chang, los Jadue y los Garay, robar, engañar y huir en un país que se enorgullece de desconfiar de todos y de todo? ¿Cómo en medio de esta fiebre de transparencia y corrección política -donde los santones más perpetuos de la Iglesia, la elite empresarial, política e intelectual quedan desnudos y avergonzados delante del paredón- estos evidentes pillos se llevan en maletines y calcetines dólares y más dólares? ¿Cómo en un país donde las redes sociales y las antisociales exigen más sangre, culpa y explicaciones, estos señores sin una lágrima, sin una frase de más o menos dejan que sus madres, sus novias y sus amigos pasen por la cárcel, la vergüenza y el escarnio sin que a ellos se le mueva un solo músculo de la cara?

Por lo mismo. Todas esas preguntas por diversas que parezcan tienen una sola y misma respuesta. El país dejó de confiar en los empresarios, pero eso no impide que creamos, quizás como nunca antes, en ese perfecto hermano enemigo del empresario que es el especulador. El especulador que no nos engaña escondiendo sus cartas sino distrayéndonos mostrando las cartas de los demás. Desnudando justamente el discurso del emprendedor magnánimo, el discurso de los Matte o los Von Mühlenbrock: “Los empresarios viejos hablan de esfuerzo, de constancia, de 24/7 pero son como yo o como tú, simples apostadores que usan sus apellidos y su estampa para alejarte de la tierra prometida de los negocios rápidos, de los negocios fáciles, de las copas Américas”. Los Jadue, los Chang, los Garay, simplemente se atreven. Dejan en claro que para entrar al Vip, para ser parte de la elite nacional o mundial, lo único que se necesita es mirar a los porteros de la entrada con indiferencia para sentarse como si nada en el lobby del hotel. “Mírame, mírame, si me siento con ellos, si hablo de igual a igual con los más ricos, con los más informados, con los más poderosos, si no pido disculpas, si no pido perdón, nadie me va a poder echar”. Los estafados de Chang, Garay y Jadue, no pagaban para ver sus ahorros, o sus títulos multiplicarse en los porcentajes completamente improbables que les ofrecían sus victimarios, sino que pagaban una entrada para ver ese espectáculo. El loco, el niño, el kamikaze, el inmigrante, el huérfano, el abandonado, sentado con los grandes lanzando al aire dos o tres conceptos vagos, un inglés de pacotilla, una corbata sombría, un excell sobrecargado de nombres.

Los estafadores no estafaban a nadie, sino que cobraban por algo que no tiene precio: el deseo en medio de la sala de directorio. La imaginación en pleno power point. El espectáculo perpetuo e innegable del tragafuego que se enciende entero cada vez que escupe fuego, de domador que es su propia fierra, una película que empieza en Ñuñoa o Concepción o La Calera, y que puede terminar en lugares tan improbables como la isla de Malta, Rumania, o el programa de testigo (el mismo de las películas de Scorsese) en Miami. Los estafadores en el fondo nos proveen, por unas miserables chauchas, la ocasión de viajar a esos parajes imposibles, pasando por ese otro no lugar que es su cabeza, su ausencia de escrúpulo o de miedo, su necesidad infinita de ser desenmascarado, de vivir otra vida dentro de su vida, de morir en directo, y después de resucitar. ¿No es esa su magia principal, haber estafado no sólo a Iván Núñez o al fútbol chileno sino a la muerte misma, haber sobrevivido a la pérdida total de todo sin que esto les haga ni mella?

Su descaro se perdona porque es personal. Porque es solitario, porque es carnal. Los chilenos no creen en casi ninguna institución porque han dejado de creer en nadie que no tenga razones o sin razones personales para hablar. Cualquier abstracción les parece mentira. Cualquier ficción, una pérdida de tiempo. Antes que en la Iglesia o la política, los chilenos han dejado de creer en las ideas. Es completamente imposible que dos chilenos debatan más de dos minutos sobre conceptos, sin que uno de los dos le lance al otro su auto, su traje, su apellido, su esposa o sus hijos. Las ideas en Chile no sobreviven ni cinco segundos sin ser encarnado al por personas de carne y huesos. Quizás la única abstracción que ha sobrevivido a esa hecatombe conceptual es justamente la idea del dinero. La idea, completamente absurda si se lo piensa, que el dinero tiene algo que ver con el éxito. Los estafadores son el hijo bastardo, deforme y adulterino de esa pareja. Son la apoteosis de esa fe y su desmentido más continuo. La felicidad, la inteligencia, el progreso, el odio, el amor, la salvación, se la han llevado, durante los últimos treinta años, midiéndose en índices económicos. Chang, Jadue y Garay, separan de manera perfecta la idea de que el dinero tiene algo que ver con el mérito. O más bien ejemplifican qué mérito pide el dinero, qué esfuerzo, qué ganas y qué riesgo piden los millonarios.

De alguna forma Sebastián Piñera, de una manera más linajuda, viene a ser otro ejemplo de lo mismo. Nadie duda de su ambigua relación con la verdad, pero está en el primer lugar en las encuestas justamente porque ofrece la única ficción verdadera. La idea de que la velocidad, la oportunidad, el momento, el brillo implacable del segundo es lo único que importa. Los políticos de antes se desviven hablando de futuro, ignorando que el futuro es el primero que la clase media hipotecó (a treinta y veinticinco años) para sobrevivir. No hay más que presente, un presente perpetuo y permanente de fugitivos que pagan con una tarjeta la deuda de otra, y con promesas de más tarjetas, la de más allá. ¿Podemos darnos el lujos los que vivimos mes a mes por encima de nuestros ingresos de despreciar al señor que se inventó un cáncer para irse lo más lejos que pudo? ¿Podemos no solidarizar con el señor que abandona a su mamá y sus amigos a su suerte para salvarse él y sólo él de las deudas y los deudos. En medio de familias y reuniones de apoderados, somos ese náufrago solo en medio de gente que no habla su idioma, un certificado de soltería a la mano y la capacidad envidiable, infinita de ser siempre inocente, de tener siempre una explicación inexplicable con que atravesar una frontera nueva, con que salvarse y salvarnos de todo mal.