EL-HORROR-ALEMÁN-EN-CHILE

Lo que desde afuera algunos en su momento miraban con admiración —el orden, la fría y legendaria eficiencia alemana, el rubio cabello de sus colonos, tan distinguido y extranjero—, no era más que la cara visible de una utopía negativa, de una secta en que la ley emanaba de la voluntad del líder supremo, Paul Schäfer, y un puñado de jerarcas que servían en la corte del “tío”; un campo de trabajos forzados en el que los colonos no recibían un céntimo por su labor. “Silencio es fortaleza”, rezaba uno de los carteles que había en la Colonia, haciendo eco de la conocida y espeluznante frase esculpida en hierro que daba la bienvenida al campo de concentración de Auschwitz, “El trabajo libera”. Y como si el control no fuera suficiente, a los “raros” y a los “problemáticos” se los reencauzaba en la Colonia a golpes de electroshock; y como si no bastara, allí también se torturó a presos políticos. ¿Cabe alguna duda de que Colonia Dignidad fue una de las máximas formas en que el horror se ha manifestado en nuestro país?

En “Sprinters”, la narradora, alter ego de la propia autora, Lola Larra, por razones que ella misma no puede explicar, intenta escribir el guión de una película sobre la Colonia. Parte a Parral, toma contacto con una de las colonas que logró evadirse del encierro forzado, revisa la prensa de la época, las investigaciones periodísticas y los archivos desclasificados. Toda esa información, en la que confluyen registros ficticios con declaraciones juradas, le sirve a Larra para armar una novela en la cual la pregunta sobre cómo narrar los hechos reales fundamenta y organiza la estructura.

La novela se ocupa de poner en escena cuatro voces: la de la propia autora que, muy al modo de este tipo de novelas de investigación, se pregunta repetidamente por qué se ha enredado con este asunto; la de Lutgarda, una colona alemana que todavía vive en la Colonia, ahora llamada Villa Baviera; un guión, contado en viñetas, al modo de un cómic o novela gráfica, especie de gran arco de la historia de Colonia Dignidad desde la perspectiva del despertar sexual de dos jóvenes; y, por último, los testimonios y registros de archivo reales, obtenidos en juzgados y en la prensa. A pesar de los riesgos que entraña trabajar con tantos materiales, el montaje que realiza Larra es excepcional. La novela corre ininterrumpida, y el único momento en que el relato encuentra su momento de pausa es deliberado: se trata de una larga enumeración del arsenal que se hallaba escondido en los túneles y otros lugares de la Colonia. Siete páginas de burocracia para intentar explicar 30 años de violencia.

El guión-comic se ocupa del más macabro de los asuntos de la Colonia: los “sprinters” o “velocistas” o conejillos de india, vale decir los niños condenados a ser esclavos sexuales de Paul Schäfer. Allí Larra cuenta, y muestra, como el tío Paul hacía pasar a los niños a su habitación y los obligaba a desvestirse. Si se negaban, echaba mano de un revólver que guardaba bajo su almohada.

Narrar los hechos reales cuando ciertos episodios de la historia han sido olvidados o hay fuerzas sociales que apresuran el olvido, es una de las obligaciones ineludibles de los escritores. Larra, con “Sprinters”, cumple su labor de ser guardián de la memoria histórica de este país sin caer en cursilerías y desfilar como pavo al horno sucio de la sensiblería barata.


Sprinters. Los niños de Colonia Dignidad
Lola Larra
Hueders, 2016, 270 páginas