Se suponía que los chantas eran argentinos, y si no lo eran, lo parecían. El término, en cualquier caso, les pertenece. En las historietas de Condorito el chanta se llamaba Pepe Cortisona y usaba un pañuelo que lo sofisticaba a niveles inaceptables para un chileno. Acá, ser vanidoso era una siutiquería y aparentar, lisa y llanamente, una vulgaridad. Hasta hace unas pocas décadas, todavía imperaba en Chile una mentalidad agraria, donde el prestigio social estaba más dado por la antigüedad en la tenencia de la tierra que por la habilidad para ganar plata. El patrón de fundo no necesitaba mostrar nada: se le reconocía por lo que era, y en cierto modo, esa dignidad de clase, en un mundo “naturalmente” estratificado, llegaba incluso hasta los obreros. La izquierda no pretendía que los pobres fueran ricos, es más, el pobre que soñaba con serlo no era de izquierda. Se suponía que los ricos no robaban –ellos explotaban- y que los pobres lo hacían para sobrevivir, pero no para dejar de ser pobres.
No existía lo elegante, lo que existía era la “tenida formal”. Hasta avanzada la dictadura de Pinochet, la clase alta no vivía en la opulencia. Las familias que lo hacían se contaban con los dedos de una mano. Los argentinos llegaban de vacaciones a Chile y las mujeres caían rendidas ante su cancha y su verso. Engrupían como los dioses. Acá vivíamos tan lejos y encerrados, que hasta la sinvergüenzura era discreta. El Chanta, en cambio, tenía un desplante admirable. Conseguía siempre volar sobre la media, así tuviera que zurcir sus chalecos y calcetines. Era el “agrandado” al lado del “apocado”. Pero de pronto, producto de la revolución neoliberal que llevaron a cabo los Chicago Boys, Chile comenzó a monetizarse, a soñar con la rentabilidad y el crecimiento como no lo había hecho nunca antes. Aparecieron los “Cuesco Cabrera(s)” orgullosos de sus éxitos comerciales, tipos que hablaban de una manera desconocida, con “una papa en la boca”, y se jactaban de las marcas de ropa extranjera con que se vestían. Fue fundada La Cutufa, a cargo de Patricio Castro, y un montón de milicos y otros patanes de la dictadura alucinaron con la idea de millones recibidos sin hacer nada. Algunos dejaron de sentirse menos (,) para comenzar a sentirse más. Muchos negocios se volvieron internacionales. Las ganancias ya no se calcularon en pesos, sino en dólares, es decir, a otro nivel. Ser un chanta, en cierta medida, pasó a ser requisito de éxito, algo así como la fuerza que empuja a superarse y dejar atrás la mediocridad de la modestia. En los años noventa comenzó a fluir la plata, en algunos barrios por caudales torrentosos y en otros como pequeñas vertientes en medio del desierto. Amigos pintores, que hasta meses antes dormían sobre colchones abandonados en talleres al borde del derrumbe, viajaban a Nueva York y volvían cargados de lámparas. La plata asumió un valor desconocido hasta entonces, y la clase, lo heredado, felizmente fue perdiendo su valor: de la tiranía de la sangre azul pasábamos a la de los billetes verdes. Ganar dinero en cantidades estratosféricas se transformó en una demostración de inteligencia. Más todavía, en una prueba de modernidad. Ser austero pasó de considerarse un atributo de distinción a merecer el calificativo de demodé o cartucho. El “red set” se encargó de predicar a punta de garbo que el gusto por el lujo no tenía por qué ser privativo de la derecha. Ellos habían aprendido el valor de la elegancia en el exilio. Allá abandonaron el provincianismo monocromo y la estética sindical. Para entonces, el libre mercado había conquistado incluso el espíritu de los socialistas. La gente libre debía reconocer y mostrar su ambición. Por esos años, Juan Pablo II, un polaco que por razones biográficas confundió la libertad con el capitalismo, descabezó la Teología de la Liberación. Ya ni los curas querían a los pobres. La moral pasó de lo social a lo sexual. Si antes era más difícil que un rico entrara al reino de los cielos a que un camello pasara por el ojo de una aguja, ahora el espíritu calvinista se apoderaba del cristianismo, y las agujas pasaron a picanear a las almas contemplativas para que salieran de su estúpida modorra. Mientras tanto, unos Pepe Cortisona en versión criolla se compraban autos deportivos, BMW, Mercedes, Audis, y más tarde, hoy mismo, Maseratis, Porsches, Ferraris. Se fue perfeccionando un mercado ajeno a la sobriedad –el hoy glorioso mercado del lujo- donde la riqueza daba algo invaluable: exquisitas modelos de pasarela a hombres horribles, admiración a tipos vulgares, sensación de poder a comerciantes iletrados, conquista del “gran mundo” a unos pocos hijos de población y una arrogancia indecible al que hallaba una veta millonaria, así fuera vendiendo el corazón de su madre.
La religión también entró en la lógica del arribismo. Ser del Opus Dei o de los Legionarios fue tanto o más importante que veranear en Zapallar. Era pertenecer a la Iglesia de los ricos. Y todos querían ser ricos. Para entonces, el chanta ya no era un extranjero, sino todo lo contrario. Dado que ahora el admirable no era el honesto sino el que ganaba más, cundieron los vivarachos de cuello y corbata. Ya teníamos nuestro Juan Pablo Dávila (cegado por el brillo del cobre), nuestro Mauricio Israel (arruinado por sostener una apariencia que no tenía), nuestro Jadue (un gato de campo que al verse en medio de la carnicería soñó convertirse en un jaguar), nuestro Garay y nuestro Chang. Estos dos últimos –Garay y Chang- le robaron a los mismos que se encargaron de obnubilar con promesas de fortunas rápidas. “Dame tu plata que yo te haré rico”, le dijeron a otros tan sedientos de fortuna como ellos, tan encandilados con el fin, que también se olvidaron de atender a los medios.
Eso en la farándula, porque más acá teníamos a los empresarios coludidos en las farmacias, los pollos, el papel higiénico, los pañales, y vaya uno a saber en cuantos negocios más, en los que se pudiera, porque lo más importante de todo era ganar plata. La diferencia entre el éxito y el fracaso habitaba en un número.
Hasta los aristócratas de antes se convirtieron en nuevos ricos. Ahora el que ganaba más era mejor. Y si la trampa funcionaba, no problem, el verdadero problema era que fuera descubierta. Que la mentira saliera a la luz, porque eso es el chanta: un tramposo al que pillaron. Uno que oculta su fragilidad tras pañuelos vistosos, que se muestra más bueno de lo que es, el que se jacta de dar trabajo cuando está pensando en aumentar sus ganancias, el cura que habla con voz de vieja para pasar por bondadoso, el tuitero que se indigna para que lo crean consciente, el político que promete lo que su interlocutor quiere oír, uno que juega con las ilusiones más vanas, y que para vergüenza de una comunidad confundida, sólo recibe condenas cuando lo sorprenden, porque hasta minutos antes saca aplausos. “No es grave cuando se pierde siendo uno mismo” -me dijo en Cuba la señora Ruth, “lo verdaderamente grave es cuando para ganar, hay que dejar de serlo”.