Esto fue el año 2010 en Coñaripe. Para los que no lo conocen, es la misma weá que Pucón, pero sin cuicos. Hueón, es baratísimo, súper lindo, con tremenda conectividad a lugares pulentos, lago al lado, termas, ríos, y al no tener comercio caro, los cuicos culiaos no van, NO VAN. Con cuea bajan a Licanray (que es como Provi), pero a Coñaripe, no.

Bueno, la cosa es que yo andaba con una pareja de amigos y la que en ese entonces era mi polola (que un día antes le dieron los cinco minutos, agarró sus weás, se fue a Santiago y me dejo solo. Y más encima, se fue emputecida y yo sin saber de qué chucha). Ese día en la noche lloré, me sentía culpable sin saber (hasta el día de hoy) de que mierda, así que tuve que perder el conocimiento tomando vodka.

Al día siguiente quedamos de ir al lago, nosotros (la pareja de amigos y yo), más mi hermano menor, su pareja (que se quedaron con nosotros en la cabaña, luego de rogarle a la pieza de granito de mi polola, [dudando que tuviera algo que bombeara sangre en su interior] si ellos se podían quedar con nosotros, porque llovía mucho, y como andaban en carpa, andaban pa´ la corneta. Accedió, pero le dio más color que la mierda) y otros amigos, que por coincidencia andaban allá mismo. Es decir, su piño de hueones.

El borde del lago estaba repleto (raro, los otros días no había pasado), así que nos tuvimos que ubicar un poco más lejos de donde habitualmente nos poníamos. Estábamos con unas latas de cerveza, salieron sus pitos (yo no fumo) y todo piola. De hecho, igual raro, pero nadie más, al menos cerca, estaba tomando copete. Un día perfecto, de hecho, ya ni me acordaba de la hueona de mi polola (ese nivel). Yo, como que “técnicamente” (comillas del porte de un edificio) estaba soltero, pero la verdad, es que estaba en un limbo culiao de no saber porque mierda estaba solo, (si había llegado con polola po’ hueón). En fin. Día bacán, hasta que quedó la patá´.

Estábamos jugando cartas, cuando miro que a lo lejos (unos 100 metros) venían unos “ratis” con perros. Miré para otra lado, volví a mirar, y (clásico) ya estaban al lado. Mal. Mi algoritmo mental fue: Santiago > Plaza Ñuñoa > Loquito que estacionaba autos > “Guatona con moño” (bolsita chica de cocaína) >Billetera> Bus> Coñaripe >Coca en un papelillo> Billetera >¡ME QUEDABA UN POCO DE COCA EN LA BILLETERA, HUEÓN! Pal pico. Y como éramos los únicos hueones con unas latas de pilsen, fue como hacer un faro de caca, subirse, y llamarlos.

Lo primero que se me vino a la mente fue tirarme al lago con ropa, pero estos hueones hubiesen sospechado al toque. Después pensé en sacarme la billetera piola, y enterrarla en la arena (a riesgo de no encontrar la weá nunca más), pero ya tenía a los detectives con un labrador al lado, así que solo quedaba resignarse. Revisaron los bolsos y billeteras de todos —y los perros aguja—, onda cacharon que el morral de una amiga tenía olor a marihuana (y la mina no fumaba po´hueón) de un carrete hace como de 3 semanas atrás. Brígido los perros. Ahí dije: cagué.

Al último que revisaron fue a mi. Me paré, me amarré el pelo, y ul-tra-a-hue-o-na-da-men-te, les dije:

. —¿Les cuento? Ando con un poco de coca en la billetera —recordaba que era tan poca, que pensé que eso, más la valentía de autodelatarme, terminaría por exculparme y me ayudaría en un posible juicio televisado.

Weá. Esa weá pa estos hueones —que eran ratis de campo—, fue como decirle a los pacos que viste un mapuche comprando parafina. Se volvieron locos. Si imagínate que la coca se la deben haber pasado en clases (con cuea), fotos a lo más, un “cuenta la leyenda”, lejos, una weá que de seguro no habían visto en su vida (menos allá). Se pelearon el papelillo los hueones. Agarraron el walkie talkie, llamaron al rati-móvil, me dieron un código, me pidieron el carnet, y mientras pasaba esto, ¡ESTABA TODA LA PLAYA MIRANDO!, obvio.

.—¿Nos puedes acompañar al cuartel?—dijo uno de ellos.

Y te preguntan esa weá, como si uno tuviera mil opciones más.

.—Encantado— les dije.

En el camino, —y esto debe ser parte del adiestramiento de ellos—, me preguntaron hasta el cansancio las mismas cosas una y otra vez: dirección, teléfono, dónde trabajaba, edad, rut, dónde me estaba quedando, etc. La idea es –supongo— que si te equivocas, estas mintiendo, y ellos quedan de bacanes. Yo de puro pesao´ les decía el teléfono digito por digito (nueve-nueve-uno-seis-cero…) y luego se los repetía como número completo (noventa y nueve millones, ciento sesenta mil…), ¡quedaban locos porque pensaban que eran weás distintas! Íbamos en eso, (hagan la imagen mental: yo caminando con 3 ratis y dos perros detectores de droga, como un delincuente, en un pueblo chico y piola), cuando uno de ellos me dice:

.— A ver a ver…yo cacho dónde vives. Yo estuve unos años en el cuartel que está en Los Alerces con Macul. Tu vivís en la Santa Julia —“tenemos tanto en común”, me dieron ganas de decirle.

.—Efectivamente, mi coronel. Ahí mismo vivo —le dije (el rango fue por webiarlo no más, sinceramente, no me sé los rangos de Investigaciones).

.—Ahí se mueve harta droga —acusó con autoridad. “Sí, y de hecho mataron 2 ratis por andar sapeando”, me dieron ganas de decirle, pero me abstuve.

Y seguía el rosario: rut, nombre, dirección, etc. Así, hasta que llegamos a la camioneta donde nos esperaba, ya ansioso, el loco que de verdad “la llevaba”: se cachaba al tiro porque era mucho mayor que los pendejos que me llevaban en custodia (menores que yo de hecho).
.—Mi Comodoro —pico los rangos, es pa’ webiar— encontramos a este sujeto durante un control de rutina en la playa, portando una dosis de clorhidrato de cocaína.

El Inspector agarro el papelillo, me miró, desdobló el papelillo, lo abrió, lo miró, miró a los hueones, y les dijo:

.—¿Por esta cagá de droga lo trajeron?— “un hueón consciente”, dije al toque.

Luego me miró y me dijo:

.—Chucha amigo, mire, le explico: portar cocaína es delito —abrí la boca para defenderme—, sé que es poco, déjame terminar, como llegamos a esta instancia, debo, lamentablemente, seguir el procedimiento. Así que vamos a ir a tu casa — y ahí salto un hueón, “no es de acá, Mi Coronel, es de la Santa Julia, una población reconocida por el narcotráfico a gran esca…” (sapo el culiao)— Ok, entonces te vamos a llevar donde te estés quedando, y a aprovechar de revisar si tienes más droga.

Ahí, recordé que poco antes de bajar al lago, mi amigo había dejado en un tubo de rollo de cámara fotográfica: marihuana. Pánico.

.—Vamos a tener que ir a la casa entonces—dijo el capitán—pero ojo— (¿se han dado cuenta de que cuando alguien te dice “ojo”, es porque la weá va a subir de nivel? Y continuó —, debe ser bajo tu autorización, de lo contrario vamos y votamos la puerta —ni se inmutó pa decir esa weá—. Nos da igual—coercitivo el hueón.

.—No tengo las llaves de la casa. –les dije. Claro, con el susto se me debe haber quedado hasta el alma en la arena— las tiene mi hermano o uno de mis amigos, que están en el lago.

Tuve que llamar a mi hermano por teléfono. Y a todo esto, los huenocitos en la playa pasándolo la raja en vez de acompañarme. Ni ahí con uno. Les dije (encarecidamente) que se fueran pa´ la casa porque los ratis la iban a revisar a ver si pillaban más droga. Supe después, que iban con cagadera ya que también se acordaron del tubo con marihuana.

.—Te pregunto de nuevo, ¿tienes más droga en la casa?

.—No— le dije, sin mover un solo músculo de la cara, pero con el hoyo desmenuzado.

Si hubiese tenido un detector de mentiras, se quema.

.—Ya, vamos entonces –dijo, haciéndoles un gesto de con el mentón a la tropa, para subir a la camioneta.

El Brigadier al volante, un conscripto al lado (recuerden que los rangos valen callampa para el contexto de la historia), atrás yo, con un cabo a cada lado, y los perros atrás en el pickup.

Encendieron la baliza, y NO SUFICIENTE CON ESO, la sirena con ese ruido de mierda a todo chancho (en mala). Y partimos con el medio show por la calle principal del pueblo (pueblo chico y piola po’ hueón). Claramente la gente miraba que onda estaba pasando. Yo creo, que debe haber sido la weá más importante que le pasaba al pueblo desde que hizo erupción el volcán Villarrica.

Cuando estábamos por doblar por el pasaje pensaba, “puta, ojalá que estos hueones apaguen la sirena y la baliza”. Weá. Llegamos con escándalo al pasaje. Y la mina que nos arrendaba la casa salió asustada a cachar que pasaba. Se bajó el Reichsführer , los 3 sherpas y al final yo. Cuando la dueña de la cabaña que arrendábamos salió al pasaje, y les preguntó que pasaba, el Almirante les dijo con mucho tino:
.—Estábamos en un control de rutina a orillas del lago, y hemos sorprendido a este joven bebiendo cerveza en compañía de sus amigos, así que hemos procedido a detenerlo y hacer una pequeña revisión en el lugar donde aloja, para asegurarnos que esté todo en orden. No es nada grave. No hay de qué preocuparse— bien ahí el hueón.

En la casa que arrendábamos, había un perro chico, que era como un aborto de ewok, pero choro como él solo. Malo el hueón. Cuándo los spetsnaz intentaron bajar los labradores del pickup, el perro chico se puso brígido y no los dejó bajar. Tuvimos que amarrar a nuestro critter, para que los perros pudieron bajar. Bajaron, pero bajaron en pálida, con tragedia. Eso demuestra que un hueón choro puede hacer la diferencia.

¿Y qué pasaba con los hueoncitos, se preguntaran ustedes? Ahí venían con las llaves. A la chucha, y más despacio que la mierda (como si al final de los tiempos Dios solo fuese a salvar a los huenoes que caminan más lento). Yo al menos los veía cuadro por cuadro a la distancia.
Mientras tanto, el procedimiento seguía su curso normal. Empezaron a llenar una ficha con mis datos. Todo iba bien hasta que me dijeron “¿Su alias?”. Hueón, sinceramente, ¿qué mierda respondes si te dicen esa weá? Como uno no es delincuente, ni ha estado preso, deberían haber dejado esa estupidez en blanco. Pero no, había que completar la weá, porque eso dictaba el procedimiento (según el hueón de la guardia suiza que estaba llenando la ficha). Así que no se me ocurrió nada mejor que decir “Ricky Tricky” (cacha la weá enferma que dije). Cuándo estás bloqueado se te ocurren puras weás, la sinapsis está al mínimo. Y para peor tuve que deletrear mi nuevo y flameante alias, para que –como era una chapa para la posteridad— por último estuviera bien escrita. Obvio. No debe haber nada peor que llegar a la cárcel y que tu alias esté mal escrito. Debí haber dicho una weá más intimidante, con esa weá que dije me violan altiro en la peni.
.—Usted va a quedar citado al juzgado de policía local de Panguipulli para este próximo jueves.

.—Pero yo vivo en Santiago —le dije.

.—No sé na’ yo.

Ahí saltó nuevamente la sabiduría y tino del Almirante, y le dijo al grumete:

.—Cítelo a un juzgado de policía que le quede cerca de la casa, pues hombre –dijo.
Casi lo aplaudo.

Justo poco antes de terminar de llenar el formulario de detención, llegaron los hueoncitos con las llaves de la casa. Cruzamos un par de miradas en las cuales nos sentimos cómplices de la estupidez y el mal rato que estábamos viviendo por culpa de mi adicción. Posterior a ello, abrí la puerta, para que pasara Lord Comandante secundado de sus esbirros con los perros. Y el perro chico vuelto loco afuera, ladrando como un demonio. Smaug está basado en él. Poseso.

.—Un perro acá en el living y el otro en el segundo piso –ordenó en Subprefecto. Y luego mirándome, agregó— acompáñalos al segundo piso para que revisen como corresponde.

La primera weá que hizo el perro fue irse directo a unas pastillas para dormir que el bloque de hielo humano de mi ex había dejado tiradas en el suelo (justo al lado de mi corazón y de mi respeto por ella).

.—¿Qué es esto?

.—¿Pregunta retórica? –le dije. Obviamente eran pastillas, pero como caché que tampoco sabía lo que era retórico, le indiqué— son pastillas para dormir. Pero no son mías —me apuré en decir—, descartándome al toque, como un ninja.

Revisaron todo: mochilas, camas, el catre, cajoneras, baño, bananos, etc., ¡hasta la ropa sucia! Luego, el mismo nivel de prolijidad en el primer piso.

La puerta de la casa y la de la calle estaban abiertas. “¿Y si corremos al terminal?” les decía telepáticamente a los hueoncitos. Pero claramente no resultó. Aunque de haber recibido el mensaje telepático me hubiesen dicho “¿Y si no hay pasajes?”. Buen punto.

Mientras el tubo con marihuana nos miraba desde la mesa de la cocina americana, ambos labradores pasaban por el lado, y nosotros con cagadera. Al rato, nos dimos cuenta que los perros no eran tan pillos como pensábamos y dejamos de transpirar sangre, para pasar a un estado de relativa calma. No pillaron absolutamente nada, menos mal, así que posterior a confirmar algunos datos, y asegurarse que no éramos drogadictos, se marcharon satisfechos de haber cumplido con su misión, pero quizás, algo defraudados de no haber podido desbaratar a una peligrosa banda de narcotraficantes.

Volvimos a Santiago, y dos días después fue el terremoto (2010). Yo lo único que quería en ese momento era que, ojalá, Panguipullí y Coñaripe quedaran totalmente destruidos, y que después explotara el volcán para que la lava se llevara el nanogramo de cocaína que me inculpaba. Pero no. Ni sintieron la weá de temblor (solo pensaba en cómo debe ladrado esa cagá de perro chico), en fin.

Pasó la semana, los robos de plasmas y LCD (país penca, hueón), las promesas de reconstrucción (que ahora entiendo que eran “reconstrucciones morales”, ya que las reconstrucciones reales jamás llegaron) y pasaron también los recuerdos de aquel mal rato en el sur. Estaba casi olvidando el tema, pensando en que quizás olvidaron mi caso, cuando: tragedia.

Llegó a mi casa del trabajo un día, y mi papá apenas me saluda (raro), y mi mamá estaba llorando (más raro, aún). Era como ver un accidente antes de que te lo cuenten; había ido un paco a dejar la notificación (en un sobre cerrado. ¡En un sobre cerrado, hueón!) a la casa, el cual abrió, y leyó a viva voz frente a mis padres. ¿Cómo hace esa weá, hermano? El hueón maldito. ¿Cómo abre un sobre cerrado? Aún no debe saber cuánto daño hizo. Por eso, rezo a diario, para que algún día el paco vaya a Coñaripe, arriende la misma cabaña que nosotros, llegue la noche, y el perro chico se lo coma cuando esté durmiendo.

Horas de explicaciones en vano, y promesas de abandonar el vicio.

A tus papás, les puedes explicar tranquilamente que te fumaste un pito, incluso, te pueden perdonar un bazaso asumiendo que estai´muy cagao, o en mi caso, una soplá de neo, porque me habían pateado recién. Pero que sepan que te pegaste unas rayas, que la PDI te llevó detenido (porque te pillaron con la weá en la billetera) y que más encima estas citado a declarar al juzgado, no tienes como explicarlo de manera que puedan, ni medianamente, entender como llego a pasar. Pasas de ser el primogénito que va a sacar la cara por la familia, a ser el hijo que se droga. El “angurri”. Y de ahí, a Colina 1, es solo cosa de sentarse a esperar que suceda. Un pastabasero es más digno, insisto.

Finalmente, y para mi sorpresa, me llegó una notificación (esta vez al mail) de que no era necesario que fuera a declarar, ya que era tan poca droga (recuerden que era un nanogramo) que el asunto fue sobreseído, pero eso sí, el “incidente” quedaría registrado PARA SIEMPRE, en caso de que me lleven detenido nuevamente (¡la weá!), y que no podía hacer abandono del país por 6 meses (ni ahora que puedo me alcanza pa salir, y me voy a fugar al extranjero po´hueón).

En definitiva cabros, como moraleja: no anden con droga en la billetera. Vivitos. Y si ven una autoridad policial, boten la weá. La dura.

PD1: Los tubos de rollo fotográfico son indetectables.

PD2: El día antes de terremoto, íbamos a ir a Dichato. Ahí sí que la historia hubiese tenido de todo. DE TODO.

PD3: Quiero aclarar que ya no soy drogodependiente, no conozco ningún “dealer” de cocaína, ni tampoco la consumo.