Caminar por las calles de Siria es caminar con un miedo constante en el cuerpo. Se está todo el día atento a los sonidos de los aviones que pasan por encima de uno y las distintas explosiones del lugar. Se camina bajo un sol insoportable y se duerme con un frío tremendo. El pensamiento que siempre te rodea la mente es conseguir alimento y un poco de agua, ya sea para uno o para la gente refugiada en algún campo. Las semanas son angustiosas, pero después de tantos días, años en el caso de los sirios, se convierte en una costumbre y la impresión que me daba es que ya nadie tenía pena, pero la verdad es que no les quedaban lágrimas para botar.

Hay dos realidades que chocan en Siria. Por un lado están los lugares protegidos por el gobierno en que la gente toma sol tranquilamente en la playa, en que incluso se les hace propaganda por el ministerio de turismo, y por otro las enormes filas de personas para conseguir agua o comida en las zonas de guerra. Ahí ya no hay nada. Si se logra pasar por contrabando o haces algún trato por aquí o por allá puedes tener algo. Incluso, muchas veces, las personas se toman el agua con barro o como la pillen, hasta estancada en la calle, algo casi surrealista. Es verdad que los aviones o camiones dejan agua y comida, pero no dan abasto. Recuerdo que las sopas eran terribles, muy malas, llegaban en un tarro enorme, pero lamentablemente para la gente es lo único que tienen.

Estos últimos meses no he podido ir a Siria, ya no dejan entrar mucho a los reporteros, pero no creo que los paisajes hayan cambiado. En los campos de refugiados la gente se amontona por todos lados y se trafica de todo. Algunos venden cigarros, que esos los venden de a uno y se lo fuman como entre diez, otras personas venden pan que hacen con harina que se consiguen de algún lado, hasta almuerzos que los preparan con distintas cosas que pillan, porque el que dan es pésimo. La verdad es que todo se vende, cualquier cosa. Es gente que perdió todo y sólo quiere un poco de plata para su familia.

Recuerdo que los rostros más felices que vi eran los de los niños, aunque suene ilógico. Ellos ya tienen interiorizada la guerra en su cabeza y prácticamente no conocen otra realidad. Para ellos es normal manipular armas, ver bombas y escuchar explosiones por todas partes. A muchos les faltan las piernas, un brazo o tienen casi toda la piel quemada por algún químico. Son jóvenes que nunca han ido a un colegio y a los 16 ya comienzan a formar, casi por obligación, grupos armados con armas reales. Los más chicos apuntan con sus pistolas de aguas como si fueran de verdad, porque es lo único que conocen.

Algunos padres venden a sus hijas de doce años a pakistaníes casi de 25 por 1500 dólares, esperando que logren salir del país para, al menos, tener un futuro digno. Seguramente se casan con ellos y se van a vivir a otro lado, pero era por una desesperación total me contaban.

Tengo varios recuerdos terribles de mis años de reporteo, pero uno que no podré olvidar es cuando bombardearon un centro de refugiados sirio en el que estuve. Cuando fui a verlo ya no quedaba nada. Murieron 35 niños con los que había compartido tardes, jugado y tomado fotos. Otras 69 personas murieron por un coche bomba. Es una pena tremenda. Pensar que los niños de mi cámara ya no estaban, me estuvo dando vuelta como una semana sin dejarme dormir. Yo sentí esas sonrisas tan amables de parte de ellos, porque los niños nunca sienten la guerra como uno: ellos siguen viviendo felices.

*Reportero chileno que ha cubierto medio oriente por más de cinco años.