Seguramente, como dice Martín Caparrós, el Real Madrid ganará la liga española pues -igualado con el Barcelona- tiene un accesible partido pendiente que le bastaría para volver a tener tres puntos de diferencia cuando en disputa quedan sólo 15. Pero eso no es lo importante. No para clubes que tienen una vitrina llena de trofeos y que están acostumbrados a ganar. Lo importante es la imagen que Lionel Messi le clavó anoche a la afición del Santiago Bernabéu en sus propias fauces.

El duelo estaba igualado y venía precedido de una semana en que los merengues se instalaron en semis de la Champions y los catalanes quedaron en el camino, con todo lo que ello implica para una rivalidad histórica, acaso la más grande de la que se tenga registro en el planeta fútbol. Entonces fue que Messi, jugándose ya los descuentos, anotó el 3-2 para los visitantes y para conmemorarlo se paró en la línea, sacó su camiseta y la mostró a las gradas donde, según Gerard Piqué, habitan las personas que deciden los destinos de la península.

“Leo Messi y nada más que Messi, en todas sus versiones, ganó el partido en el Bernabéu”, escribe al respecto en el País de, España Manuel Jaboins, para quien, al igual que otros, lo de ayer quedará registrado para siempre.

“Messi rodando por los suelos, Messi corriendo con la pelota, Messi cabizbajo y pensativo, envuelto en nostalgias fúnebres. Messi no fue la mejor noticia del Barça sino la única, y el Barça fue la peor noticia del Madrid: se lo encontró débil, cansado y aburrido, y vio como le levantaba el partido en las narices en el territorio que más le gusta el Madrid, el descuento: precisamente cuando el Madrid soñaba con remontar el partido con diez. Pero ahí estaba Ter Stegen y ahí estaba Messi. Messi por los suelos y Messi por los aires. Messi por todas partes y Messi hasta el final, acabando el partido con un disparo. Dentro de diez años, cuando el Barça mire atrás, se preguntará qué hizo mal para no ganar ocho Copas de Europa con semejante cosa en su plantilla”.

Martín Caparrós escribe en The New York Times que lo de ayer “fue un momento solemne, casi religioso: se paró detrás de su camiseta, los brazos extendidos y la mostró a cuatrocientos millones de personas. En ese momento en que cualquiera salta, grita, gesticula, Leo Messi, que acababa de volver de una derrota tan cantada, se paró frente al mundo y mostró su camiseta: este soy yo, miren y callen”.

“El partido acababa de acabarse: el Barcelona, una vez más, había explicado por qué el fútbol. Esta vez, con la ayuda inestimable del Madrid. Entre los dos habían armado un reto lleno de vaivenes, violencia, incertidumbre, lujos, emociones; entre los dos habían jugado con un cuero inflado y con la excitación de esos millones”, agrega.

“Es probable que la Liga termine siendo del Madrid: sólo con ganarle al Celta recupera sus tres puntos de ventaja y quedan cinco partidos. Pero el partido fue —otra vez— un gran partido. Y esa foto de Messi quieto, mudo, casi místico, mostrándose a sí mismo, será una imagen para siempre”, cierra el argentino.