Cuando retrocedo por los recuerdos de mis primeros 17 años de vida entre periodistas, editores, fotógrafos e innumerables personajes del círculo de amistades de mi familia, y de mi padre en especial, tengo vagas imágenes de Agustín Edwards y de lo que representaría para nosotros como familia y, a lo largo de las décadas venideras, para Chile y su historia reciente.

No apareció en mi “registro” de los cercanos a la familia, hasta finales de los ‘60 cuando mi padre cambió súbitamente la dirección de La Tercera para tomar el mando de un diario poco influyente, La Segunda. Estábamos entrando en lo que serían unos turbulentos años ‘70, se avecinaban vientos de borrasca. Desde mi platea, con visión de 360 grados, enfrentaba mis primeras elecciones presidenciales, en medio de una precampaña muy violenta, donde todo Chile se jugaba su existencia ante los posibles resultados. El país se volvía loco, la gente gritaba en las calles, en los periódicos flameaban consignas terminales que hablaban del fin de los tiempos, pero desde el fondo de mi ingenuidad las elecciones presidenciales tenían el mismo nivel de incertidumbre que saber quién iba a ganar el Festival de Viña.

Pero de la modorra placentaria desperté rápido. Y, por primera vez en mi vida, me vi escapando de mi casa con mi familia, recostados en el piso de un auto con rumbo desconocido, ya que venía la policía a allanar nuestra casa. Mientras, mi papá se desvanecía en la ciudad arrancando de la Ley de Seguridad Interior del Estado. Así, de una patada en el trasero y, todavía acostándome a las ocho de la noche, me estaba arrastrando el largo brazo de la Guerra Fría. Fue en esos momentos cuando empezó a sonar más el nombre de Agustín Edwards, el dueño de El Mercurio, en mi casa. Sonaba en las conversaciones de mis padres y parientes cercanos, en las llamadas telefónicas que por esos días parecían ser el soundtrack de una película oscura, filmada en el interior de habitaciones con mantas cubriendo las ventanas. Y, en mi subconsciente, su nombre empezaba a sonar a guerra de desgaste, a batallas contra gobiernos, a insubordinación al orden establecido desde La Moneda.

Supongo que esos fueron los años en que se cimentó una estrategia que sería con el tiempo un clásico en los duros años de Salvador Allende. El Mercurio oficiaba la seria voz de la derecha tradicional y La Segunda era el arma que siempre estaba humeante. En los años de la Unidad Popular, el nombre de Agustín Edwards iba y venía en las conversaciones políticas y de contingencia de la casa. Mi padre, ya por entonces, pasaba más tiempo yendo y viniendo de los tribunales que a su oficina. Sin el paraguas protector de el dueño de El Mercurio, seguramente hubiéramos terminados vendiendo todo para sacar a mi padre de las decenas de líos legales en los que se veía metido casi a diario.

A mediados del ‘72, vi por primera vez en persona a Agustín Edwards y fue en una de esas reuniones que se hacían en mi casa, con la plana mayor de El Mercurio, políticos y gente a la que no conocía. Ese día estaba en mi habitación y lo vi cruzar el jardín con su chofer o guardaespaldas y saludar a mis padres que habían salido a recibirlo. No me pareció nada extraordinario, salvo que era el Boss, el jefe de jefes, y alguien que a esas alturas ya me parecía que solo Dios o el Presidente de la República, podían estar por encima de él.

Agustín Edwards no iba mucho en esas largas reuniones en mi casa pero cuando lo hacía, coincidía con los peores momentos del acontecer diario y donde el pesimismo del momento parecía llegar hasta mi habitación, empapelada de posters de rockeros y con un indisimulable olor a marihuana. El Golpe parecía madurar, entre otros lugares, en el living de mi casa y hoy me parece bizarro que el ruido de sables, que se gestaba ahí, coincidiera con los agudos sonidos de la guitarra de Jimi Hendrix que emanaban de mi habitación.

A don Agustín no lo volví a ver hasta principios del 76. Un supuesto “atentado” del MIR con una bomba artesanal con cariñosa fabricación dirigido a mi padre, le había estallado en su oficina y eso movilizó a todo el staff de El Mercurio en su apoyo. A Agustín Edwards lo vi aquel día muy desacomodado, intentando ordenar la oficina de mi padre, que estaba patas arriba por la explosión. Se acercó a mí, me saludó con un apretón de manos y me dijo que mi viejo había sobrevivido por poco. Lo que no me dijo fue que el atentado olía a Pinochet y no al ya casi extinguido MIR.

Luego lo empecé a ver en los días posteriores en casa, mientras mi padre guardaba reposo. En una de aquellas ocasiones, lo acompañé a la calle a dejarlo a su auto y charlamos durante algunos minutos. Era la primera vez que se dirigía a mí de forma directa y explícita. Era lo que me había imaginado siempre: un hombre poderoso, muy conocedor de mi persona, de mis intereses artísticos y mis gustos musicales.

Me preguntó si me interesaba una carrera periodística como la de mi padre. Le aseguré que quería partir al extranjero para estudiar pintura y que lo más cercano al periodismo que tenía era mi corta carrera de publicista recién terminada. Estaba claro que era otro intento de mi viejo para convertirme al periodismo y no dejarme ir al extranjero. Al parecer sospechaban los dos, mi padre y Agustín Edwards, que mi salida de Chile era un camino inevitable que me llevaría de mi estado de extrema insurgencia contestaría a algo casi peor, el socialismo. Buen intento, pero sus temores quedaban cortos: me convertí en un jodido ácrata punk.

Hoy, un puñado de años después, me seducen para escribir unas líneas sobre el hombre que manejó al país a su antojo, basado en su filosofía etiquetada en los salones de la oligarquía nacional, y en la tremenda influencia que tiene el capital por sobre las ideas. No me extendí en las apreciaciones políticas porque creo que mucha tinta ha corrido desenmascarando su papel en los últimos 40 años de nuestro país. Sería repetir lo mismo que pensamos casi todos. Solo dibujar en un fresco, ya decolorado por el tiempo y los excesos, de un hombre que influenció enormemente el devenir de mi padre y de mi familia, y que en mi imaginario subconsciente siempre fue un nombre, una posición, un poder invisible, pero real.

Aunque la historia sea una “perra” que se acuesta con cualquiera, y hoy su recuerdo sea un reglón oscuro en nuestro pasado inmediato, a la espera de codearse con O’Higgins y Portales, Agustín Edwards se fue riendo de todos, con una sonrisa en los labios, sabiendo que El Mercurio es el diario más influyente y el compañero de fin de semana de millones de chilenos. Y creyendo hasta el último momento que el tiempo le dará la razón. Y, que al fin y al cabo, el país sigue funcionando a su imagen y semejanza. Nada ha cambiado desde que ayudó a instaurar los principios del pinochetismo más salvaje.