El sitio Vice.com recogió el testimonio de Leo (43), quien es dueño de un burdel en Alemania, donde el medio asegura que ofrecer y pagar por sexo es legal, así como también tener este tipo de lugares. Eso sí, se precisa que la prostitución de menores o el forzar a realizar esta pega están prohibidas.

Pues bien, dicho personaje se sometió a una serie de preguntas en las que contesta todas las interrogantes que alguna vez le quisiste hacer a un dueño de burdel.

Antes de todo, este hombre se apura en precisar que “ser el dueño de un burdel me convierte en propietario, no en un proxeneta”. En este sentido sostuvo que en su recinto les arrienda las piezas a distintas mujeres, a un precio que ambas partes salen favorecidas.

En ese sentido recalca que “lo que hagan las mujeres, con quien y cada cuando es su problema”.

En otros pasajes, explicó que se metió en esta pega porque al principio en su vida “me capacitaron para ser mecánico, pero me di cuenta de que me ensuciaba las manos y nunca ganaría lo que quería. También estudié administración de negocios, aunque eso fue hace 20 años. Mis amigos y yo decidimos abrir un burdel cuando escuchamos que te dejaba mucho dinero por poco trabajo”.

Añadió que “eso no era precisamente cierto, tener un coche lujoso e ir al gimnasio no te hace el dueño de un burdel. Mis dos amigos abandonaron la aventura, pero yo sigo aquí. Ahora sé que un burdel es un negocio como cualquier otro y necesita administrarse de manera profesional. Empecé a vivir bien después de cinco años en el negocio. Ya llevo 15 años y aún me gusta”.

A renglón seguido, Leo admitió que sus padres están enterados de su pega, sin embargo, no tiene idea si están de acuerdo o aceptan su trabajo.

“No hablamos del tema ni me dice nada. De todas formas eso no funcionaria conmigo. Desde que tenía 14 he hecho lo que quiero y lo que me parece correcto”, afirmó, al mismo tiempo que señaló que si la policía ingresara a su burdel no encontraría nada ilegal, sólo “condones usados, las facturas de las chicas, edredones recién lavados y probablemente un par de toallas sucias, hay veces que los hombres eyaculan más rápido y más veces de lo que una lavadora puede aguantar”.

En otros pasajes de la entrevista a Vice, Leo jura que nunca se ha metido ni se metería con las arrendatarias, ya que “la mejor evidencia que tengo de por qué a las mujeres les gusta trabajar conmigo es porque están hartas de trabajar en otros lugares donde las tratan mal o les piden que se acuesten con ellos después de trabajar. Yo separo el trabajo de mi vida privada. A mis amigos no les hago descuento. No trabajo casi toda la noche para que ellos puedan coger por menos dinero. Normalmente, la gente sale en las noches y como no encuentra nada y Tinder no les funciona, vienen aquí a media noche. Si mis amigos no han cogido en mucho tiempo, me pueden hablar y preguntar si alguna de mis inquilinas está disponible. Pero pagan 50 euros por media hora como todos los demás”.

“Tenemos dos tipos de clientes”, reconoce, al mismo tiempo que detalla que “el primer grupo son los que vienen a hacer lo que sus esposas no pueden o no están dispuestas a hacer. En su casa cogen de misionero y bajo las sábanas, pero aquí tienen más opciones, como que les hagan orales o hacerlo de perrito. Los tipos que vienen no se complican la vida y muchas veces piden que no los besen. Eso lo pueden hacer con sus esposas. Les gustan mis inquilinas porque son amables y están rasuradas y se bañan antes y después del sexo. Y luego está el segundo grupo, la mayoría son alemanes, que han visto YouPorn desde que tenían 14 y quieren hacer cosas que han visto ahí. Algunas mujeres se sorprenden de que un chavo de 18 años sepa cosas de las que ellas no tenían idea”.

Al ser consultado por cómo se asegura de que nadie viola o maltrata a las mujeres de su burdel, soltó que “todas las mujeres que trabajan conmigo sólo hacen lo que quieren hacer. ‘No’ significa ‘no’ y punto. Lo peor son los hombres que piensan que por tener dinero pueden conseguir más de las trabajadoras sexuales. Si alguno de los clientes no está de acuerdo con alguna de las chicas, puede hablar con la señora que se encarga de ellas para que ella se asegure de hacerlo entender. Si ninguna de las chicas lo acepta, entonces tiene muy mala suerte. Eso pasa cuando algún cliente llega borracho, o cuando huelen mal. A nadie le gustan los apestosos”.