Con el Movimiento Estudiantil del año 2011, la política chilena salió del enclaustramiento en que había permanecido durante las últimas dos décadas. Una generación nacida el mismo año en que terminó la dictadura irrumpía para exigirle nuevos bríos al esfuerzo democrático. Esas primeras marchas parecían carnavales. Reclamaban festejando. Un día marcharon cerca de 100.000 estudiantes con sus familias –porque ellas también iban- bailando y disfrazados con paraguas bajo la lluvia. Desde lejos se veía como un solo gran techo y había que acercarse para vivir la fiesta que avanzaba debajo. Creí percibir que una parte de la comunidad perdida salía a buscarse. Al menos eso fue lo que pensé entonces. Hoy no estoy tan seguro. Lo que emanó de ahí no fue un proyecto colectivo. No, al menos, de la amplitud que prometía. Con el tiempo esas marchas se asfixiaron en las asambleas. Los discursos que encantaban por sobre todo a quienes los pronunciaban se adueñaron de la situación. Los sacerdotes tomaron el control de la algarabía. No nació un proyecto con penetración social, pero sí un movimiento político. Todo indica que, hasta aquí, no es la frescura de los primeros tiempos la que se impuso: el tono condenatorio acomplejó al entusiasmo, el credo a la curiosidad y la cita “bíblica” al extravío joven, que experimenta sin culpa ni cálculos. En lugar de salir a buscar respuestas nuevas para un mundo que ha cambiado tanto, el Frente Amplio se refugió en una épica inverosímil, donde la complacencia heroica fascina más que el conocimiento y la comprensión del otro. No todos, porque nunca son todos (lo que al FA le cuesta entender), pero muchos decidieron que eran mejores que los demás, porque estaban más limpios y realzaron el valor de la pureza con esa candidez de los antiabortistas cuando se refieren a un feto. Volvieron a lo público, es cierto, más que toda la generación que los antecedió –la mía-, y lo hicieron deseando una sociedad mejor, sin mezquindad, pero con demasiada grandeza. Excomulgaron a Javiera Parada porque la pillaron manejando con unos tragos encima, lo que obliga a suponer que ellos nunca lo han hecho ni nunca lo harán. En uno de sus cónclaves, cuando debatían si Yerko Ljubetic era digno de representarlos en el parlamento, un cardenal pidió la palabra para establecer que quien había participado de la Concertación, antes de hacerlo debía pedir perdón. Es decir, limpiarse del pecado de haberlos parido, porque a ratos pareciera que se creen ángeles y que este mundo, el de los vivos, sólo los contentara si es a su imagen y semejanza, o, mejor dicho, a la que tienen de ellos mismos. Remecieron el conformismo y trizaron los cimientos de la burocratizada Nueva Mayoría con sus cuestionamientos, pero creen que son los únicos verdaderamente de izquierda – los más viejos, apenas lo serían en la medida de lo posible- porque desean más, aunque no sepan qué. Algunos no parecen enamorados de un pueblo, que es lo propio de la izquierda, sino de sí mismos. Los embelesa más juzgar que entender y condenar más que dejarse seducir. Abundan los que desprecian el “mal menor”, porque se creen dueños del “bien mejor”, y ponerlo en duda es cosa de traidores. Estaban llamados a ser los pulmones de un aire fresco, pero eligieron la cerrazón de los conventos. Hoy no es deseo y goce comunitarios lo que emana de esa generación que debía terminar con el enclaustramiento de la política de las últimas décadas, sino soberbia. Perdieron el sentido del humor. No se ríen de sí mismos. Creen saber demasiado más de lo que ignoran. ¡Ojalá vuelva a dudar! Y renazca esa fiesta bajo los paraguas, cuando en medio de la lluvia, nadie sobraba. Yo quisiera militar ahí.