En mi barrio habita un perro al que llamamos Hotzi, nombre que le pusieron los alemanes, dueños de la cervecería-restaurante Hotzenplotz, que está en la esquina de mi casa. Ahí se aguachó y se dedicó a acompañar a todos los gringos que aparecían por el cerro Bellavista; distingue con absoluta claridad los rasgos étnicos que para él implican afecto y comida, que es lo que le dan los turistas europeos. Le dicen también el perro guía. Su radio de acción es amplio, siempre me lo topo en el plan a la siga de los rubicundos de turno que su instinto eligió.

Yo logré hacerme amigo de él, después de que le di unos huesos carnudos que me sobraron de un almuerzo. Hotzi reconoce como amo al cocinero inglés del restaurante alemán y lo acompaña a su casa, que está a la vuelta, en el mirador Espíritu Santo, después de su turno, y duerme en su puerta.

El otro bicho con que tengo un estrecho contacto es con una gata que merodea por mi casa con la que trabé amistad. Todos los días llega a verme, después que vuelvo de yoga, al mediodía. Suele sorprenderme cuando trabajo en el jardín vertical que estoy tramando en el frontis de mi casa. Y me exige atención con un maullido muy certero. Es una cazadora eximia de ratones y también la he visto asediar a las palomas, ojalá diera cuenta de todas esas ratas aéreas que me parecen siniestras, sobre todo por ese gorjeo aterrador.

Es común que nos juntemos en el Hotzenplotz con los cabros del barrio a compartir una cerveza y, por cierto, a conversar sobre los destinos de nuestra ciudad y de nuestros proyectos. Van mis amigos suecos, mis amigotes artistas del vecindario y algunas chiquillas y chiquillos del barrio. A veces cuando llego tarde es irremediable encontrarme con la Cornelia y el Johanes, los alemanes, en las puertas del local, fumándose un pucho y no puedo evitar compartir con ellos una cerveza de esas que les hace especialmente un coterráneo de Limache. A ellos les encanta compartir historias de la ciudad, salpicadas de humor negro, relatos que para uno es todo un placer compartir. En fin, se trata de acontecimientos que me parecen viables y razonablemente comunitarios.

Recuerdo que en alguna oportunidad llevamos a unos candidatos a unas primarias de alcaldes a la cervecería de los alemanes. De hecho, el actual alcalde estuvo ahí debatiendo cuando era candidato y no era muy verosímil que fuera electo. La política pretendía pasar por el barrio y no era un negocio país, como ahora que arrecia el mercado electoral presidencial y el parlamentario.

Me pregunto si el tema electoral, hoy día, interesa a alguien fuera de los que están involucrados a nivel de pega e intereses políticos particulares. Es decir, fuera de la pauta noticiosa, que muy poca población toma en cuenta, a pesar de la presión mediática de las encuestas. Al menos en mi barrio casi no hablamos de eso. Con el Walter, el de la botillería, sólo hablamos de fútbol y cuestiones generales del barrio (la basura y esas cosas) y con don Sergio, el de los colectivos, sólo tratamos asuntos del condominio, aunque alguna vez tratamos el tema municipal, ahora que recuerdo.

Y mientras traslado de maceteros los lúcumos que he logrado hacer crecer (estoy orgulloso de eso), pienso que el efecto Sharp puede reeditarse a nivel nacional, dada la debacle del sistema partidístico, más con la cagadita, predecible por lo demás, que generó lo de la inversión del patrimonio del PS. El Frente Amplio, a pesar de su estrechez política, puede ser beneficiado y llegar a la segunda vuelta. Ese tablado, para no decirle escenario, debe ponernos muy nerviosos, porque vienen de una raíz común y están obsesionados por ajustar cuentas con esa paternidad irresponsable.

Reflexiono sobre la cosa política y me le relaja el esfínter crítico. Me da lo mismo quien gane o pierda en las elecciones presidenciales. Insisto, más importante que gobernar, es fiscalizar, el campo de maniobra de un gobierno es reducido. Es probable que todo se reduzca a optar entre la perpetua extorsión empresarial (más la reedición de un nuevo pinochetismo) y el voluntarismo pendejístico maximalista que habla en jerga academicoide o en parámetros Unesco.

El Frente Amplio, por el cual me siento obligado a votar por un tema de clase, pretende capitalizar del efecto Sharp, reiterando la impostura de atender el deseo ciudadano que irremediablemente es arrasado por el hegemonismo partidístico que quiere reproducir la tribu estudiantina, con su ansiedad por insertarse en la cosa pública. El discurso universitario, ya está dicho, puede ser tan arrogante y pretencioso, como el clasismo empresarial y oligarca.

Ambas arrogancias tendrán que responsabilizarse de la continuidad de la República, que es lo único que importa. Yo creo que en vez de candidaturas sobredimensionadas, hay que armar comisiones, no necesariamente parlamentarias, que se encarguen de acordar los grandes temas (educación, pensiones, proyectos de inversión, etc). Barrio, ciudadanía y sustentabilidad económico política, y calidad de la gestión, lo demás es mariconeo bataclánico discursivo de huevonaje sobre educado y con ganas de abusar (persuadir, seducir) al otro, con las reminiscencias fálicas del ejercicio del poder.