Aunque suene grotesco y desproporcionado, seguramente nadie tendría idea de la existencia de Chris Parker de no haber acontecido la tragedia de Manchester. Pero Chris Carter está ahí, ayudando a la gente. No sabe bien qué pasa. Pero asiste a las personas que gritan, que corren desesperadas sin saber que lo que está sucediendo es un atentado. Un atentado terrorista.

Carter vive en la calle, tiene 33 años, y no duda un instante en auxiliar a esas personas, esas personas que luego se sabrá, todos lo sabremos, son víctimas de un ataque que se atribuye el Estado Islámico.

“Todo el mundo estaba contento. Cuando la gente salía por las puertas de cristal, escuché un ruido y, en cuestión de un segundo, vi humo. Entonces escuché gritos. Me tiré al suelo y luego me levanté. En lugar de huir, mi instinto me dijo que intentara ayudar”, dice Cartes horas después de que pasa todo, de que el mundo entero vive una especie de luto porque ahí morirán menores de edad, como esa niña de 8 y esa joven de 16. Las primeras víctimas identificadas.

Parker abraza a una niña y además, en ese momento, en que no entiende nada, sostiene a una mujer de 60 años, quien muere en sus brazos.

“No he parado de llorar”, confiesa Carter sin pudor, sin tener noción de que con el paso de las horas se comenzará a hablar de él como un héroe. Como el héroe indigente de la tragedia.

“No he parado de llorar”, repite Carter. “Lo más chocante fue ver que era un concierto con muchos niños”, dice y recuerda que encontró “a una chica muy jovencita… le faltaban las piernas. La envolví en una de esas remeras que se venden como souvenir y le pregunté dónde estaba su madre. Me dijo ‘papá está en el trabajo y mamá está ahí adentro”.

La historia de Carter se conoce gracias a lo que recogen, entre otros medios, The Telegraph.

Su voluntad ha sido tan comentada que ya hay una página, GoFundMe, donde un usuario creó una campaña para recaudar dinero y recompensarlo por su “ayuda desinteresada y su coraje”.