“¿Viste Tango y Cash? ¿El policía moreno y el policía rubio?”, pregunta Juan Pablo.

Inspirado en una escena de la película, intenta explicar lo que sintió cuando el tuerto quiso pasarse de listo: “Hay una parte en que a Stallone y Kurt Russell les hacen una encerrona en la cárcel. Eran como cien y ellos dos solos… Esa vez nos pasó lo mismo con Fabrizzio”, describe.

Fue el 30 de noviembre del año pasado. Juan Pablo Dupré y Fabrizzio Ruiz de Gamboa estaban esperando que los trasladaran a control de detención, en el Centro de Justicia, cuando sintieron las mismas miradas filosas sobre los rostros imperturbables de Tango y Cash. La tarde anterior habían sido detenidos por usurpación de funciones y estaban en la misma fila que varios reos comunes de la peni.

Un tuerto parecido a “Caracortada”, que Fabrizzio detuvo un día antes, le contó a los otros presos que la dupla se hacía pasar por ratis y que el grandote, el rubio, lo había apresado después de robar un celular en una micro.

-Ese hueón me hizo la cana- remató.

Todos clavaron sus miradas en los tipos de terno. Si el juez decidía dejarlos en la cárcel, “Tony Montana” iría tras ellos. No era cartel para un “vivo”, pensaban, ser detenido por falsos policías. El círculo empezó a estrecharse, el aire se puso denso, igual que en la cinta protagonizada por las dos estrellas de Hollywood. “Cuando se ven acorralados, Tango le dice a Cash: tú vas por esos 50 y yo por los otros”, agrega Juan Pablo.

Pasarse películas era algo habitual, pero acordarse justo en ese instante, cuando un piño de presos cargados con navajas, fierros y bates de béisbol, rodean a Stallone y Russell en las calderas de la prisión, no era una señal muy alentadora. “En cualquier momento nos masacraban”, recuerda Fabrizzio.

Los gendarmes, expertos en predecir emboscadas, decidieron trasladarlos a una celda apartada del resto de la población penal. Cuando cruzaron el pasillo, alguien asomó la cabeza entre los barrotes y preguntó: ¿Y éstos?

Un gordo tatuado en el cuello, que había escuchado la versión del tuerto, resumió la historia: “Usaban pistolas y atrapaban gente como nosotros. Se creían ratis. Tenían hasta placas los culiaos”, contó.

-Son entero hueones, pa eso mejor asaltan un banco”- soltó otro preso escupiendo el suelo.

A diferencia de Tango y Cash, que recibieron una descomunal paliza en la famosa escena, Fabrizzio y Juan Pablo quedaron en libertad un par de horas más tarde.

La realidad, aquella vez, no superó a la ficción.

***

-Yo iba con un chaleco táctico, unos jeans, botas tipo cobra y una pistola de airsfot. Fabrizzio exactamente igual. Teníamos pinta de policías gringos- describe Juan Pablo.

Como era noche de Halloween, el 31 de noviembre de 2015, quisieron ponerle un toque sangriento a sus disfraces. Juan Pablo se dibujó una calavera en el pecho, imitando a “El Castigador”, uno de los héroes de Marvel, y Fabrizzio se maquilló en el rostro la sonrisa demente del Guasón. Ambos se pintaron cicatrices e impactos de bala. Querían parecer policías zombis. Al menos lo intentaron: “Era como si recién nos hubieran sacado la chucha o habíamos sobrevivido a un tiroteo”.

Antes de comenzar la fiesta, deciden ir por una botella de Jack Daniels Honey, el trago preferido de ambos, a una botillería cercana a la casa de Fabrizzio. De regreso escuchan gritos. Un hombre arrastraba a otro en medio de la calle. Parecía una pelea de borrachos, hasta que observan una silla de ruedas tirada en el pavimento.

¡Cáspitas!: Un hombre inválido estaba pidiendo auxilio.

Los policías zombis corren detrás del ladrón que huye con el bolso. “Cuando llegué a la esquina veo que se esconde detrás de un auto y que de repente se da vuelta para enfrentarme. Antes que me dijera cualquier cosa, lo apunto con la pistola”, cuenta Fabrizzio.

-¡Al suelo, policía!- gritó Juan Pablo desenfundando su Beretta 92.

La oscuridad de las calles de Recoleta impidió, probablemente, que el asaltante distinguiera a sus captores. Fue el mismo lanza, incluso, el que entregó el cordón de su polerón para que le amarraran las manos. Se escucharon aplausos. Una señora pasó caminando al lado de ellos y dio gracias a Dios que había policías cerca. “Ángeles”, los llamó el minusválido.

Caminaron tres cuadras hasta una comisaría, con la víctima en silla de ruedas y el hampón con las manos maniatadas. Los carabineros, cuando los vieron, no entendían nada. Parecían un escuadrón policial sacado de Walking Dead. Ahí mismo les explicaron que las pistolas eran de airsoft y que estaban vestidos así porque iban a una fiesta de disfraces.

El ladrón mostró unas antiguas lesiones en el abdomen y los acusó de agredirlo. Tuvieron que esperar dos horas hasta convencer al fiscal que todo se trataba de una simple detención ciudadana. A las tres de la madrugada recién pudieron regresar a la fiesta. Ya casi no había invitados. Se tomaron un par de cortos de whisky.

-Si no hubiéramos estado vestidos de policías, el hueón no se tira al suelo- pensó Juan Pablo en voz alta.

El disfraz, en el fondo, había infundido respeto. Esa fue la conclusión a la que llegaron. Habían encontrado, sin proponérselos, sus propios trajes de superhéroes.

-Nos estamos puro perdiendo- remató Fabrizzio.

***

Mucho antes que la prensa los bautizara como “Los Vengadores”, Fabrizzio Ruiz de Gamboa y Juan Pablo Dupré, eran compañeros de curso en el colegio Rafael Sanhueza, en el barrio Patronato.

Coincidieron ahí en octavo básico. Nunca tuvieron mucho “feeling”, admiten, ni tampoco amigos en común. Fabrizzio recuerda que Juan Pablo era desordenado, llegaba con pañuelos en la cabeza y los compañeros lo molestaban porque se parecía a Rambo.

Juan Pablo cuenta que Fabrizzio era el típico niño alto, entradito en carnes y quitado de bulla, que se sentaba en los puestos de atrás para no tapar la pizarra a los más chicos. Alcanzaron a estar juntos sólo ese año. Juan Pablo se mantuvo en el colegio y Fabrizzio se tuvo que cambiar.

Tenían 15 años y los cambios típicos de la adolescencia comenzaron a afectarlos. Juan Pablo se pegó un estirón y terminó pesando 58 kilos. “Estaba más flaco que la chucha, me empecé a acomplejar. Pesaba menos que un paquete de cabritas. Me miraba al espejo y me achacaba”, recuerda. Poco tiempo después comenzó a practicar jiu jitsu y boxeo.

En el nuevo colegio, un liceo politécnico, Fabrizzio también tuvo que reinventarse. “Me hacían bulliyng, como era medio gordito y tenía el pelo rubio, empezaron a discriminarme. Para que no me pasaran a llevar, tuve que sacar personalidad y ocupar mi porte”, dice. Al igual que Juan Pablo empezó a entrenar artes marciales: karate, taekwondo y kung-fu.

Pese a que no se vieron durante toda la enseñanza media, ambos compartían una afición común: las películas de acción. Juan Pablo pasaba tardes enteras con su abuelo viendo los grandes clásicos del género. Duro de Matar, Arma mortal, Rocky y Terminator. A su abuelo le gustaban las cintas de Steven Seagal y al nieto las de Stallone.

-Mi tata se tomaba su piscola y se fumaba un cigarro. Yo sentía que él quería ser como los tipos de las películas. Me enseñaba como defenderme, al estilo de la vieja escuela, a combo limpio, como Nico Toscani- recuerda Juan Pablo.

Fabrizzio veía películas con su hermano que arrendaban en un video club cerca de su casa. La primera cinta que lo marcó, reconoce, fue un Detective Suelto en Hollywood, luego todas las Locademia de Policías y también Robocop. Como era rubio y maceteado, terminó por identificarse con Arnold Schwarzenegger. Su película favorita era “Regalo Prometido”, donde el excampeón mundial de fisicoculturismo se hacía pasar por un detective.

El destino volvió a juntarlos, hace cuatro años, mientras rendían la PSU en el liceo Valentín Letelier de Recoleta. Fue en diciembre del año 2013. Nunca más se separaron. Empezaron a ir juntos al gimnasio y descubrieron que tenían la misma vocación.

-Quiero entrar a la PDI- le dijo Fabrizzio.

Juan Pablo le respondió con una mirada cómplice y agregó: “Yo también quiero ser detective”.

***

Bastó un simple cambio de luces, a través del espejo retrovisor, para entender lo que el chofer quería transmitirles: acababan de asaltar a una mujer y los policías (ellos) debían hacer algo. Así lo entendieron los pasajeros y el mismo conductor abrió una de las puertas del bus para que persiguieran al ladrón.

No lo dudaron ni un segundo y se bajaron corriendo del autobús. Fabrizzio llevaba la delantera hasta que Juan Pablo lo sobrepasó y empujó al malhechor contra una reja. El policía rubio lo apuntó con una Glock 18 y el moreno lo redujo en un dos por tres. Ahí practicaron una escena que habían visto en la película Bad Boys: la vieja treta del policía bueno y el policía malo.

– Te voy a disparar sino me dices la verdad ¿Dónde está el celular? – preguntó Fabrizzio con vozarrón intimidante.

Juan Pablo, absorbido en su personaje, intentó calmar a su compañero. “No te metai en problemas, la otra vez dejaste la mansa cagá”, le decía.

-Siempre hacíamos esa rutina. Uno era el policía embalado, medio loco, y el otro el que ponía los paños fríos. Igual ayudábamos a la gente y al mismo tiempo era divertido. Era como si estuviéramos adentro de una película- explica Juan Pablo.

El asalto, entendieron después, no había alcanzado a consumarse. El tipo había huido sin el celular y decidieron abortar la misión. Regresaron al bus. La gente comenzó a aplaudirlos. “¿Ustedes son carabineros o detectives?”, les preguntó una dulce abuelita al final del pasillo.

-Detectives- respondieron los dos sin dudarlo un momento.

***

Aquella fue la segunda detención que hicieron, luego de salvarle el pellejo al minusválido en la noche de Halloween. En ninguna de las dos oportunidades se habían propuesto intervenir. Las cosas se dieron y tuvieron que actuar. Así sucedía siempre.

Pese a todo el empeño –esas ganas locas de querer ser policías- no pudieron ingresar aquel año a la PDI. A Fabrizzio no le fue bien en la prueba de selección y Juan Pablo decidió probar como soldado profesional del Ejército. Tenían todo un año para prepararse y volver a intentarlo el siguiente.

No perdieron el tiempo. Comenzaron a ir al gimnasio. A Fabrizzio le recomendaron adelgazar y a Juan Pablo comer proteínas y carbohidratos. A los seis meses empezaron a notar los cambios. “Ahí descubrimos otro mundo. La gente empieza a decirte que te ves bien y eso te sube la autoestima. Salíamos a carretear y no llegábamos con las manos vacías”, asegura Juan Pablo.

Los chicos tímidos, compañeros en la básica, empezaron a sentirse más seguros de sí mismos. Si nuevamente les iba mal en la prueba de admisión, pensaban, postularían como profesionales a la PDI. Juan Pablo se retiró a los seis meses del Ejército y se puso a estudiar Educación Física. Fabrizzio ingresó a la carrera de traducción en una universidad privada.

Los fines de semana aprovechaban de ir a entrenar a los cerros que están detrás del Mall Plaza Norte. Allí aprovechaban de probar sus nuevos implementos de airsoft, deporte que practicaban en edificios abandonados en equipos que simulaban un enfrentamiento militar.

La nueva indumentaria empezó a ganarle terreno a la ropa habitual. Mezclaban los pantalones tácticos con poleras ajustadas de piqué. A veces usaban ternos y otras andaban de sport. Con cualquiera de las pintas parecían ratis. El pelo siempre corto y el cuello desvellado con navaja.

-¿Dime si no tirábamos pinta?- le pregunta Juan Pablo a Fabrizzio.

La prueba de fuego la tuvieron en el barrio Meiggs, en Estación Central. Lentes oscuros, poleras con el logo de la PDI, chalecos tácticos. Fue una de las primeras veces que se atrevieron probar si pasaban piola en la calle. Fabrizzio cargaba su arma al cinto y Juan Pablo su Beretta 92.

-Nos topamos con unas minas que estaban fumando yerba. Cuando nos cacharon escondieron los pitos. Fabrizzio quería ir a quitárselos. Yo le dije que caminara no más. Las minas quedaron locas y empezaron a tirarnos el churro- recuerda Juan Pablo.

En una esquina cercana se encontraron de frente con dos carabineros en moto. “Uno le pega un codazo al otro, que estaba pajareando, para que nos mirara. Nos veíamos súper tácticos”, agrega Juan Pablo.

“Nos veíamos como todos los PDI se deberían ver”, corrige Fabrizzio. Luego agrega, remarcando cada sílaba: “IN-TI-MI-DAN-TES”.

***

La primera vez que decidieron salir a patrullar en el “bólido”, un viejo Wolkswagen Golf del año ‘94, fue cuando un motochorro le arrebató la cartera a la mamá de Juan Pablo con la recaudación del día de su local, una pastelería ubicada en la calle México.

No era la primera vez. Pocos meses antes le habían robado un auto nuevo que ni siquiera alcanzó a asegurar. Juan Pablo sintió impotencia. “Todos los días ves en televisión que arrastran a una chica después de un portonazo, le sacan la chucha, le roban la cartera y la gente mira. Todos tienen miedo, pero alguien tiene que actuar”.

Juan Pablo estaba convencido que los tipos “rondaban” por el barrio. Llamó a Fabrizzio. “Empezamos a dar vueltas. Hacíamos reconocimiento y después nos ganábamos en un punto fijo. Siempre en lugares diferentes”, cuenta.

Decidieron, desde entonces, andar con los equipos en el auto. No tenían horario fijo. A cualquier hora, si les daba la gana, salían a patrullar. La vida de policías terminó por atraparlos. Una suerte de vicio que los obligaba siempre a perfeccionarse. Pasar de una pistola a otra. Comprarse el mejor chaleco táctico. O como Fabrizzio, adquirir en Mercado Libre una piocha original de la PDI que usaba cuando se vestía de terno.

También enchularon el “bólido”, que consideraban como uno más del equipo. “Mi papá lo tenía tirado en la casa, empecé arreglarlo de a poco. Es nuestro Batimóvil. Nos apañó en todas. Tiene más historias que los dos juntos”, cuenta Juan Pablo.

La pinta, sin embargo, no era todo. No sólo había que parecer ratis, sino actuar como ellos. Aprendieron a saludar a los policías en la calle (“una leve reverencia con la cabeza”) y a descifrar el alfabeto radiofónico (“Alfa, Bravo, Charly, Delta”).

El resto del tiempo lo invertían en espiar el Facebook de la Policía. “Ahí publican caleta de evidencia. Había unos tipos que falsificaban credenciales. Algunas estaban bien, pero los hueones salían con buzos. Nosotros nos sacamos una foto con traje y compramos la cartuchera con el collar en una armería”, recuerda Juan Pablo.

Otras veces escribían en youtube “policías frustran asalto” y se ponían a analizar los procedimientos. “Ahí te dabas cuenta que no todos los policías tenían contacto entre sí. Algunos se confiaban del puro uniforme. Nosotros veíamos esos errores y entrenábamos para que no nos pasara a nosotros”, asegura Fabrizzio.

Cuando iban al cerro se esforzaban por pulir las técnicas de contención, sistemas de defensa personal y manejo de armas. También aprovechaban de practicar en al auto. “Aprendimos a derrapar en los peladeros. Si viene un auto en tu dirección y tení que cambiar de velocidad rápidamente, la única opción que te queda es el derrape”, explica Juan Pablo.

Ya no había vuelta atrás. Y lo peor, ni siquiera se dieron cuenta hasta donde habían llegado. Para sus nuevas amistades eran detectives. Una de las fotos de perfil de wattsapp se la tomaron con terno arriba de un auto de la PDI, el día del Patrimonio, durante una visita a la Escuela de Investigaciones. Hasta se atrevían a ir jugar pool armados en locales de mala muerte.

– Siempre manteníamos el estilo, con la pistola al cinto, en las fiestas, los carretes, las discos o en el salón de pool. Si se armaba una pelea, separábamos. Si alguien molestaba a una chica, nos metíamos. Nunca le pasábamos el arma a nadie. Vivíamos como policías, pero sin serlo. Nos salía natural- asegura Fabrizzio.

Cuando los amigos les pedían que les contaran anécdotas, hablaban sobre las detenciones que habían realizado. Varios, incluso, soñaban con ser policías igual que ellos. “Cuando seamos detectives, queremos ser como ustedes”, les decían.

-Éramos los policías perfectos. Ese policía que todos quieren ser. El verdadero policía de Hollywood. Por eso nos creímos tanto el cuento- agrega Fabrizzio.

***

-Yo vivo por aquí, si te vuelvo a pillar la historia va a ser otra. Mira bien esta bala- lo increpó Fabrizzio.

-Sí, la veo, la veo, jefe- tartamudeó el ladrón.

En algunas detenciones, cuando pillaban al delincuente desprevenido, sacaban el cargador y luego pasaban bala, simulando que el arma estaba lista para percutar. La frase, pronunciada a continuación, era la parte que más les gustaba del libreto.

-Esta bala es tuya, así que mejor que no vuelvas por estos lados ¿me oíste?- soltó aquella vez Fabrizzio.

La escena, otra más del repertorio, sucedió a la salida de una disco en Las Condes. Fabrizzio andaba en una camioneta Dodge polarizada de color negro -al más puro estilo Swat, dice- que era del dueño de un local nocturno del barrio alto. Apenas llevaban un par de cuadras, cuando observa a la distancia un piño sospechoso. Esa vez andaba sin Juan Pablo.

-Eran dos mujeres y un hombre que estaban asaltando a un chico. Lo habían tirado al suelo y lo estaban pateando. Cuando me ven bajar de la camioneta se dispersan- recuerda Fabrizzio.

El policía rubio, admirador de Schwarzenegger, cuenta que persiguió a los tipos, agarró a uno del cuello y le hizo una barrida. Luego desenfundó su arma, una Beretta PX4, la versión moderna que ocupan los policías, explica, y apuntó a los otros maleantes con un láser.

-Tenía a los cuatro arrodillados en el suelo. Ahí prendí la linterna, comencé a revisar el lugar y encontré el celular tirado en el pasto. Los huevié un rato hasta que uno reconoció que había sido él. A ese lo esposé y dejé ir a los otros – cuenta.

Para entonces, Fabrizzio y Juan Pablo llevaban dos años actuando como falsos policías y habían intervenido, calculan, en alrededor de 30 detenciones. No todas las veces entregaban a los malhechores a la policía. Su ética era la más elemental del mundo. “Si ocupamos nuestras destrezas para el mal, está mal; si las ocupamos para el bien, está bien”, pensaban sin darle mayor vuelta al asunto.

La cuerda les duró hasta el 29 de noviembre del año pasado. Fabrizzio venía de la casa de su polola, en Pedro Aguirre Cerda, cuando un lanza sale disparado del bus en que viajaba. El falso detective vestía de traje y llevaba incrustada en la solapa una piocha de la PDI.

-El chofer me abrió la puerta, igual que esa vez que veníamos de entrenar con Juan Pablo, y salí corriendo detrás del tipo. La gente en la calle me indicaba por donde se había arrancado. A las tres cuadras le di alcance- asegura.

Fabrizzio recuerda que tenía en el rostro una cicatriz tipo Scarface. Pablo Sánchez Valiente (26), el ladrón, acumulaba condenas por hurto simple, consumo de drogas, lesiones leves, robo con sorpresa, violación de morada, porte de armas y robo con intimidación.

La víctima, después de recuperar el celular, le pidió que el ladrón pasara al menos una noche en la cárcel. “Cómo se las va a llevar pelá”, le dijo. “Te voy a acompañar hasta que alguien llegue, no te preocupes”, le respondió Fabrizzio sin medir las consecuencias.

-Al otro día, cuando vi las noticias, quedé impactada. No podía creer que se trataba de un cabro que se creía rati. Igual le agradezco harto lo que hizo, porque todos se quedaron mirando, y él apareció de la nada y me ayudó”, recuerda Carla Bustos, la joven estudiante de derecho que fue asaltada.

Al poco rato llegó un furgón de Carabineros. Fabrizzio se identificó como funcionario de la PDI y les pidió a los policías que se hicieran cargo del procedimiento. “Me dijeron que no podían hacer nada y que tenía que esperar a que llegaran los detectives”, recuerda.

Guardó su identificación en un bolsillo de la camisa y se puso a esperar el arribo de los oficiales. “Que se vaya el tipo encerrado primero y después veré lo que hago”, pensaba.

Al rato se bajan dos tipos de traje de un Hyundai Accent. Al subcomisario Patricio Contreras no le generó mayores sospechas al principio. El procedimiento, asegura, se había ajustado a las normas.

-El tipo usaba el pelo corto, tenía estampa de policía y portaba una piocha de la institución. La persona detenida tenía puesta las esposas. No tuvimos reparos policiales en lo que había hecho- recuerda.

Lo único que les pareció extraño es que al momento de consultarle por la unidad donde se desempeñaba, el colega les respondiera, sin entrar en detalles, que lo hacía en el cuartel General. Fabrizzio les contó que tenía que dar un examen en la universidad. Los detectives tomaron sus datos y lo acercaron ellos mismos a Providencia.

-Después del examen me presento en el cuartel- les prometió.

***

Luego de rendir la prueba y cargar el celular, Fabrizzio llamó a Juan Pablo para contarle lo que había pasado esa misma tarde. A medida que avanzaba en el relato, percibía la angustia de su compañero al otro lado de la línea.

-Estamos hasta el loly, perrito, vente pa la casa – le dijo Juan Pablo y colgó.

En ningún momento dudaron en entregarse. Estaban convencidos, asegura Juan Pablo, que los detectives entenderían el trasfondo de su historia. “Pensábamos que nos iban a decir que habíamos actuado bien, que nos felicitarían, y que ellos se harían cargo del asunto. En ningún momento le tomamos el peso a la situación”, agrega.

Se vistieron con sus mejores pintas, cargaron el bólido con todos sus equipos, y partieron a comprar unas nuevas porta credenciales a la Corporación de Ayuda a la Familia PDI, Corafam, ubicada en la calle Brown Norte. “Si nos entregábamos, teníamos que hacerlo con todo el estilo”, asegura Juan Pablo.

El local estaba cerrado. Cuando venían de vuelta en el auto, en dirección al cuartel, el comisario Ángel Barros llamó al celular de Fabrizzio. “Tenemos problemas con el control de tu unidad, necesito que me expliques qué es lo que pasa”, inquirió el detective.

-Le voy a explicar todo cuando llegue- le respondió Fabrizzio.

Alrededor de las seis de la tarde ingresaron a las dependencias del cuartel Borgoño y subieron al piso de la Bicrim Santiago. Allí los esperaba el subcomisario Barros. El detective, sin preámbulos, le dijo a Fabrizzio que no se encontraba en los registros de la institución.

-La verdad, no soy policía. Mi abuelo fue funcionario y yo admiro mucho a la institución. Nunca he cometido un delito- le respondió Fabrizzio con la credencial falsa colgada en el cuello.

El detective le pidió la identificación, la observó como si se tratara de un billete adulterado, y se retiró de la oficina sin hacer comentarios. Al instante regresó y le dijo: “Estás detenido por usurpación de funciones, te tengo que esposar”.

Después de revisar el vehículo, los detectives subieron a la brigada y desparramaron en una mesa todo el equipamiento que encontraron. Juan Pablo, que había acompañado a los oficiales al vehículo, regresó con las manos esposadas.

-Nuestros equipos tácticos son certificados, son para ir al choque. Los chalecos suyos son llamativos, todo lo que quieran, pero no los resguardaban de las balas o algún tipo de corte. Para qué hablar de las pistolas- les recriminó el subcomisario Barros.

En ese instante, asegura el detective, se “les cayó la capa de superhéroes”. “Ahí asumen que no se trataba de un juego de niños, entienden que la usurpación de funciones era un delito y se les empieza a desarmar su actitud temeraria. Tenían lágrimas en los ojos”, agrega.

Después de constatar lesiones en el traumatológico, los trasladaron al calabozo del cuartel. Mientras caminaban en dirección a la celda, se toparon de frente con “Caracortada”. Fabrizzio le pidió a uno de los detectives que no los dejaran en la misma celda porque lo había detenido esa misma tarde. “El tipo nos miraba feo y no entendía por qué cresta estábamos ahí”, recuerda.

Pasaron la noche en el calabozo y, al otro día temprano, los trasladaron a una oficina para tomarles fotos. Ahí estaban cuando vieron aparecer a un par de detectives. “Estaban impecables, como nos gustaba andar a nosotros, con chaquetita, bien peinados, zapatos lustrados y las pistolas relucientes”, describe Juan Pablo.

-A ver tú, ponte acá- le dijo uno a Fabrizzio.

-Y tú a este lado- le sugirió el otro a Juan Pablo.

Los muchachos no entendían las razones del estricto protocolo. Al rato una mujer se asoma por una puerta y les indica a los oficiales que es el momento de salir. Las cámaras de televisión se abalanzan sobre ellos.

-¿Es cierto que se hacían llamar Los Vengadores?- les pregunta una periodista.

Juan Pablo y Fabrizzio se miran extrañados.

No era una de sus películas favoritas.

Agradecimientos: Double Bell y Airsoft