#Test

Las paredes están rayadas. «Zurdos culiaos» a un lado, «liberación
mapache» al otro. Con corrector, un «Lily te amo»
sobrevive a medio descascarar, casi invisible sobre el blanco
de la puerta del w.c. Quizás a Lily ya no la aman, o soy muy
pesimista porque mi amor dura lo que sobrevive intacto un
mensaje en la pared. Me bajo el calzón. Afuera me espera la
Nacha Díaz. No somos tan amigas, pero es la única mamá
de nuestra generación mechona, así que supongo que sabe
de estas cosas. Cuando le dije que en volá estoy embarazada,
me preguntó si tenía las tetas duras y me las tocó debajo del
peto. Cuando me las vio, se asomó con personalidad ese pelo
negro revoltoso que aparece casi al lado del pezón. Se rio.
—Aunque hayan pasado pocos días, si una está embarazada
el test te saldrá positivo altiro —me dijo.
Fuimos a comprar dos pruebas de embarazo cerca de la
facultad y nos encerramos en el baño.
Si es niñita le pondría Luciana.
Para mí era obvio que estaba preñada porque no me
cuidé y, además, porque siempre las cosas malas me pasan a
mí: un pelotazo en la enseñanza media me dejó tirada en el
patio delante del compañero que me gustaba; un andante

me dejó plantada en plaza Italia y, cuando lo llamé para
saber si llegaba, me dijo que «juntarnos el viernes a las cinco»
había sido un decir; me robaron un celular donde tenía
fotos cochinas mías y estuve tres años revisando portales
porno por si me pillaba; fui vestida de huasa al colegio el
día equivocado; entré a un cumpleaños ajeno a los once y
me di cuenta solo cuando cantaron cumpleaños feliz a una
señora de cincuenta y cinco; fui al colegio un día que no
había clases y tuve que jugar en inspectoría con lápices a
pasta hasta las cinco de la tarde; me quebré la nariz haciendo
carreras de nado con los ojos cerrados estrellándome
contra el otro extremo de la piscina… Podría seguir, pero
la suma de todas esas minicosas, parte de mis vergüenzas
ocultas, no superaban el quedar embarazada de una persona
que no recordaba si se llamaba Eduardo o Edgardo.
Si es hombre le pondría Lautaro, o algún otro nombre
indígena.
Googlié nombres alacalufes a la una de la noche, pero
eran difíciles de pronunciar, así que me incliné por los diaguitas
y mapuche. Postularía a todas las becas y bonos del
Estado, trabajaría de empaque y haría menos ramos en la
universidad. La Nacha Díaz me decía lo maravilloso que
era ser mamá con unas ojeras de cinco metros.
Me da risa cuando los antiaborto dicen «¿Y si ese niño
hubiera sido Einstein?», y, puta, podría haber sido el Cizarro
también…, sobre todo viniendo de mí. Yo soy muy
inmadura, inestable, caliente y postadolescente para cuidar
a otro ser.
Si sale mujer no le pondría aros siendo guagua porque
atentaría contra su decisión e individualidad y le enseñaría
a masturbarse. Si sale hombre, me jotearía a sus amigos

cuando fuera mayor de edad. Si quiere ser de derecha lo
llevaría a mi villa natal, donde las horas del trabajo asalariado
y el sueldo remunerado no alcanzan para gozar. Si
sale delincuente creo que sería mi karma por las nutellas
que el Jumbo me ha regalado. Y si sale misógino lo daría
por adoptado.
No, no puedo ser mamá.
Supe de una excompañera de la media a la que le llegó
la regla hasta el tercer mes de embarazo. O sea que ni
menstruando me puedo sentir segura. En este país ya no se
respeta nada. También vi en el cable a una señora gorda con
retorcijones que fue a hacer caca y le salieron dos guaguas.
El programa se llama No sabía que estaba embarazada, por
eso ya no lo veo. Ese docureallity me da más pesadillas que
la autopsia extraterrestre.
La Nacha Díaz, afuera de la puerta del baño, me dijo
que cuando estaba culiando supo altiro el momento en que
se embarazó. Yo no supe nada, el único momento épico de
esa peligrosa cacha, fue cuando antes de entrar a su casa nos
afirmamos en un auto estacionado. El resto fue misionero
puro y duro. Si fuera a quedar embarazada, por lo menos
lo hubiera dado todo, así mi descendiente se llamaría «Paja
Rusa», «Por ahí no, bueno, ya sí», «Más fuerte», «Conchetumadre,
me voy a ir».
—¿Te fuiste adentro?
—No, no sé.
—¿Y el condón?
—Se salió hace un rato.
—Puta la hueá.
Me fui a lavar y se me olvidó el tema hasta dos semanas
después. Parecía que el espíritu del posible cigoto me

andaba penando porque en la micro se sentaban todas las
embarazadas a mi lado.
Comencé a mear unos chorritos sobre el test; otros chorritos
sobre el papel higiénico flotante de la taza de tres turnos
anteriores. Hay que esperar un momento. Me chorrié
un poco la mano. En quince minutos más tengo entrega
de taller. Hice el trabajo sola porque mi compañera dejó la
carrera a la tercera semana y, en vez de avisarme, me dijo
que estaba enferma y que de todas maneras ella haría su
parte. Se venía mi segundo rojo consecutivo en el mismo
ramo. En segundo medio me pusieron un 4.5 en Lenguaje
porque no entendí el libro Demian y me puse a llorar. Ahora,
en la U, llevo rojo en todos los ramos. No brillo, pero
me como a todos mis compañeros. De ser invisible a popular
te cambian las prioridades para mal. Soy la mechona
Kardashian, paso demasiado tiempo preocupada del cómo
me verán. A veces, incluso, cuando estoy sola y lloro, parto
corriendo al baño, me paro frente al espejo y sigo llorando
en mi mejor ángulo.
Pasaron los minutos. Le pasé por debajo de la puerta el
test a la Nacha Díaz. Yo seguía innecesariamente a potopelao
sentada en el trono. Me subí la panty y el pantalón. Estaba
ansiosa. No había entrado gente al baño hasta ahora.
Una persona de Converse rojas rotas —vi en el espacio que
queda debajo— me preguntó si me faltaba mucho porque
el w.c. de al lado estaba tapado. Me lo imaginé tapado por
un feto. Salí y Nacha me miró con decepción. Negativo.
Mis horas googleando síntomas a las cuatro am me parecieron
desperdiciadas. De repente, un poquito embarazada no
estaba tan mal, sobre todo si mi crío o cría iría a ese colegio
artístico-libertario que no sabía si existía.

—Igual, hueona, no sabís si te pegaste otra hueá del
hueón y la hueá, ¿cachái? —agregó la Nacha, para alargar
mi paqueo mental.
Así que esa semana me sentí sidosa, hepatítica, sifilosa,
clamidiosa, ladillosa, cistítica y gonorreosa. Pero pasé mis
ramos, pasé las ITS sicológicas y seguí abriendo las patas
con forrito hasta que, en otra ebriedad cualquiera, me volví
a descuidar… Y les contaría la vez que me hice el test en un
aeropuerto, pero la historia termina igual.

Confesiones de una soltera
Paola Molina
134 Pág.
Plaza Janés