Secciones

The Clinic Newsletters

Más en The Clinic

The Clinic Newsletters
cerrar
Cerrar publicidad
Cerrar publicidad

Cosecha Propia

7 de febrero de 2022

Adelanto del libro «Hacer la noche», de Constanza Michelson

Hacer la noche, de Constanza Michelson

La psicoanalista y escritora Constanza Michelson publicará en marzo su quinto libro, "Hacer la noche" (Paidós). Un conjunto de ensayos que nos recuerdan, por ejemplo, que dormir es una proeza cotidiana, que requiere de una soledad distinta. Una nueva forma de habitar el tiempo. Aquí un adelanto exclusivo de uno de sus capítulos, sobre lo sexy y lo latero.

Por

LATEROS Y SEXYS: EL ARTE DE LA INFLUENCIA, LA SEDUCCIÓN ¿Y EL AMOR?

Protégeme de lo que quiero.

Jenny Holzer

Una amiga, quien pasó por una mala época, dice que se imaginaba a sí misma como una vieja que arrastraba latas. Latera, de andar ruidoso, enmarañada en cada paso.

Incómodos en su propia piel, los lateros se encomiendan a contrariar a otros. Haciendo chirriar sus tarros para que su desazón no pase inadvertida: si no se puede ser feliz, más vale que nadie lo sea. La estela de su malestar no siempre es estruendosa, ni de queja evidente. Puede tener la forma del silencio que obliga; ley del hielo le dicen a esa demanda. Cara de culo también.

Latero se confunde con depresión. La verdad hoy casi todo se confunde con depresión. Pero ahí donde el depresivo genuino no quiere nada, el cara de culo, en el fondo, lo quiere todo. Lo que pasa es que lo busca de maneras intrincadas. Exigiendo siempre. Desde la pataleta ruidosa, hasta su reverso que no es sino lo mismo: hablar bien despacito, para asegurase de que le están poniendo toda la atención del mundo. En ambos casos se trata de intentar robar el alma del otro por los oídos.

Incómodos en su propia piel, los lateros se encomiendan a contrariar a otros. Haciendo chirriar sus tarros para que su desazón no pase inadvertida: si no se puede ser feliz, más vale que nadie lo sea.

Pero que no se confunda la hostilidad del latero con falta de amor. Su dilema es que –parafraseando a La Rochefoucauld– si es difícil amar lo que no se estima, es aún más difícil amar lo que se estima más que a uno mismo. La pasión maldita del cara de culo es que ama hasta la envidia. Se habla mucho de los celos en el campo del amor, pero poco de la envidia. Quizá porque deja en evidencia el odio al que puede conducir amar. Catulo veía en el amor una enfermedad mortal y le imploraba a los dioses: libradme de esta peste.

Lo que puede ser tan latero como desesperante de un amor fascinado es ver que el otro es dueño de lo deseable.

Luego, lo que le queda a latero es intentar ser amado siendo poco amable, porque no encuentra nada que dar de sí; más bien sueña con que lo descubran, espera que le den el beso mágico para dejar de ser un sapo.

A veces el latero busca ayuda. Entra al consultorio con sus latas y se queja, pide amor propio. La misma desidia del especialista que ve depresiones en todas partes, le recomienda centrarse en sí mismo (que parece ser la receta a todo mal). Latero: tú eres el centro del universo, focalízate. Empujándolo a seguir engordando la prisión en la que reside su cabeza. Pero su problema es, lo sepa o no, que es un creyente: cree con demasiado rigor que es el otro (deseado), quien tiene todo lo que él necesita; pero en realidad, es él mismo quien le otorga una consistencia imposible al otro: le atribuye a la vez todo el mal que le cae encima y toda la potencia del bien que le reclama.

Latero no necesita amor propio, puesto que ama, de algún modo, su carencia respecto del otro. No sabe que quizá le bastaría con amar un poco, ubicarse cerca, así podría verificar que su dios maldito es apenas un ser hecho de barro. Luego verificar si es capaz de amarle tanto como afirma cuando se victimiza. Latero: si bien a veces la vida está en otra parte, no está en otra fiesta a la que no te sientes invitado. Siempre es posible hacer de anfitrión e invitar a otro.

A veces el latero busca ayuda. Entra al consultorio con sus latas y se queja, pide amor propio. La misma desidia del especialista que ve depresiones en todas partes, le recomienda centrarse en sí mismo (que parece ser la receta a todo mal). Latero: tú eres el centro del universo, focalízate. Empujándolo a seguir engordando la prisión en la que reside su cabeza.

Sobre lo sexy no estoy segura, pero podría decir que el gorro de baño no es sexy (es más bien como una pequeña tragedia), unas botas son sexy, un libro también, una impresora no. El baby doll me confunde, si yo fuera un hombre heterosexual nacido antes de 1990 seguramente estaría obligado a encontrarlo sexy, pienso entonces: no es sexy. Puede ser una lata camuflada, como un colaless: algo incrustado en el culo.

Creo que las cosas y las personas orgullosas nos parecen sexys. Porque no piden nada. O bien, aparentan no pedir nada, luego nos parece que lo sexy tiene el secreto, la verdad, el anhelado pasto verde. Es como si las personas y las cosas sexys dijeran: yo soy la fiesta.

Sexy roba con disimulo. Aquello que a latero le sale mal, sexy hace una operación magistral: hacer que eso que yo quiero lo quiera el otro y que, además, me lo pida. Es una especie de búsqueda activa haciéndose pasar por pasivo; quiero decir, es un deseo bien oculto en un “no deseo”. Un arte de la influencia y la seducción.

Hay una diferencia de grados, puesto que latero también puede intentar como estrategia un orgullo, decir “no quiero más”, y se pone duro, pero no alcanza a ocultar que incluso su dureza es algo que yergue suscitado por el otro. Puede entonces volverse sexy de manera estereotipada, poco creíble. Como una escena en La mujer justa de Sándor Márai: ella, insegura del amor del marido, una noche se arregla como nunca, capta al fin su mirada. Esa misma escena, que ella lee como un triunfo, para él es precisamente lo que no le permite desearla: “ella hace mucho esfuerzo”.

Sexy roba con disimulo. Aquello que a latero le sale mal, sexy hace una operación magistral: hacer que eso que yo quiero lo quiera el otro y que, además, me lo pida.

A veces se confunde sexy con un cliché, con adecuarse a una fantasía trillada y actuar acorde a ella, pero bajo esa seducción de pacotilla, puede haber un latero. Guiones formateados de seducción, disfraces y objetos diseñados para este fin, pero que, sin embargo, están lejos de garantizar la operación maestra de lo sexy. De ahí que haya algo triste en la silicona, los músculos, los mohicanos o un pantalón de cuero, cuando no ocultan más que una demanda ansiosa.

Pero sexy también puede quedar atrapado: ser siempre la fiesta implica una promesa imposible. Cuando sexy no es un traje, sino que aspira a que sea su piel, se sacrifica. Como escribe Florencia Abadi, antes que amor propio, Narciso pierde la vida como ofrenda a su imagen. Sexy, encantador, fascinando con fascinar: su acto fallido suele ser el ridículo. O el mal.

En Roma, fascinus es la palabra para falo (phallós). La fascinación es lo erecto; lo que, por supuesto, no coincide con un hombre, aunque la virilidad ha sido una historia problemática con la potencia. La fascinación fálica puede volver a alguien –de cualquier anatomía – paranoide, ante lo cual siempre es posible buscar compensaciones: la dureza, lo voluptuoso, el saber, los peinados, los gestos orgullosos, los tacos, los bototos, la forma de caminar, también de hablar. Quignard relaciona a fascinus con la fascia, los sostenes de las mujeres en Roma y, con fascis, palabra que nombra a un haz de varas atadas con un martillo al medio que portaba los emblemas de autoridad, palabra que es la raíz de fascismo. De algún modo, fascismo, como lo que fascina, aprieta, agarra de un modo que erige algo como poder. O, dicho de otra forma: el poder aprieta porque así se constituye. Lo fascinante, incluido el fascismo, tiene el rasgo de lo inflamado. Y apretado. Sexy pierde liviandad y la libertad de mariposear sin orgullo.

Lo sexy fascina porque juega a la completud. Susan Sontag ve los restos de fascismo en la estética. El sadomasoquismo se volvió pop, también su estética. Nunca antes –dice– se estetizó con tanta facilidad la relación entre amos y esclavos –ni Sade, quien tuvo que inventar los decorados–: “el color es el negro, la seducción es la belleza, la justificación es la sinceridad, la meta es el éxtasis, la fantasía es la muerte”.

Pero sexy también puede quedar atrapado: ser siempre la fiesta implica una promesa imposible. Cuando sexy no es un traje, sino que aspira a que sea su piel, se sacrifica.

Quignard escribe sobre otra forma más que toma lo fálico en Roma: como amuleto. Collares para proteger a los niños, patas de mesa, lámparas, campanillas en las puertas con forma fálica. Había que protegerse del mal de ojo, de la invidia: la mirada envidiosa y destructiva que puede llevar a la impotencia. El amuleto, el signo fálico, tiene la función de desviar la mirada para evitar la destrucción. Para evitar que le quiten. Por eso, a veces sexy está atrapado, no se puede entregar; teme la vergüenza de su impotencia. También una sociedad paranoica se llena de amuletos fálicos y niega la muerte (o la utiliza para sus fines discursivos); normaliza el odio, y es proclive a llenarse de psicópatas, no sé si sexys, pero que de algún modo llegan al poder. No es nada raro que cada tanto se descubra a tramposos, mentirosos y sádicos en campos de poder, en las finanzas, en la política, incluso, como decía Pasolini, entre los supuestos antifascistas.

Latero y sexy hacen mala pareja, aunque suelen hacer pareja. Digo en una relación romántica, en una relación política, o incluso, son pareja dentro de una misma persona: una relación de amor y odio. Mientras sexy menos da, latero más se desespera y pide a quien cada vez ve más grande, a la vez que sexy se vuelve más paranoico de que le quiten algo; sexy, a fin de cuentas, es también un latero.

La versión de Penélope y Ulises de Suely Rolnik es de algún modo la pareja latero y sexy. Penélope, quien teje siempre el mismo amor por Ulises, queda presa de una inmovilidad malhumorada. La ausencia de Ulises es su dolor, y supone que solo su presencia es lo que la calmaría y la haría otra vez “mujer”. Las Penélopes no viajan, esperan. Ulises por su parte, no puede sino viajar, no teje nada, sino que se mueve de manera compulsiva, no hace territorio. Si Penélope dice “me destruyes con tu ausencia”, Ulises dice “me destruye tu carencia y tu demanda”. Ulises solo puede ser si le falta a Penélope. Entre la simbiosis y la distancia, ambos son un espejo, se necesitan de manera inversamente proporcional para ser. Hasta que Ulises, dice Rolnik, se vuelca al viaje sin esperar que alguien lo espere. Se desterritorializa como una máquina célibe, es decir, deriva en un fluir que no se anuda en nada y en ningún lazo. Sale del espejo a la indiferencia total. Ni sexy ni latero, solo.

Latero y sexy hacen mala pareja, aunque suelen hacer pareja. Digo en una relación romántica, en una relación política, o incluso, son pareja dentro de una misma persona: una relación de amor y odio.

Todos somos algo de Penélope, de Ulises, de célibes, lateros y sexys. Todos nombres de la dificultad de vivir con otros: de la soledad y su susto; de la necesidad de ser amados y de amar sin perderse, o perderse un poco; el deseo de perderse enteros a veces; también de la soledad que falta cuando no hay distancia psicológica y hay voracidad o fascismo, formas de vida invasiva.

¿Hay alguna distancia justa para vivir solos juntos? Podría ser lo que Alexandra Kohan escribe sobre una soledad amorosa, una soledad compartida, estar junto a alguien pensando en otra cosa: “amar es dejar al otro solo. Efectivamente solo y aún así, amarlo”. No se puede soñar de a dos, hay una distancia intratable, pese a ello, es posible dormir juntos y, a veces, como dice Rolnik, desavisados, emerge una nueva suavidad.

Hacer la noche, de Constanza Michelson

FICHA TÉCNICA DEL LIBRO. Título : «Hacer la noche» / Autora: Constanza Michelson / Sello: Paidós / Páginas: 256.

Lee también: Socióloga Carolina Stefoni y la crisis migratoria del norte: “El desastre que está dejando este gobierno no es fácil de resolver”


Notas relacionadas

Deja tu comentario