Llevas muchos años tratando de construir una izquierda que no sea pura retórica, y que realmente pueda plantear un proyecto alternativo de sociedad. ¿Dirías que Beatriz Sánchez es la encarnación de ese proyecto?
–Creo que ella es una de las mejores encarnaciones posibles en la etapa actual, y no te estoy dando una respuesta de buena educación. Al Frente Amplio [en adelante, FA] le faltan muchas fases de construcción. Todavía no ha terminado de apropiarse, ni política ni intelectualmente, de un presente profundamente mutado, y ante el cual yo suelo criticar las recetas conservadoras dentro de la izquierda, algo que es bastante difícil. Y en ese proceso creo que la Bea Sánchez entra muy bien. Incluso, inesperadamente para mí –porque reconozco que no me lo me esperaba–, ella ha entrado a apurar ese proceso.

¿En qué sentido?
–Aquí existía una visión muy cándida de que ya habíamos terminado de constituirnos como actores políticos, y que por lo tanto ahora necesitábamos gente que nos ayude a sumar adherentes de otras fuerzas políticas, y que para eso podía servir la Bea Sánchez. Pero la verdad es que el FA todavía es más una coalición electoral que una fuerza política con proyecto, y sus déficits programáticos y de idearios siguen siendo muy grandes. Repensar a fondo la izquierda del siglo XX para poder construir la del siglo XXI es una tarea que recién estamos abordando. Y de repente, por la premura electoral, eso empieza a olvidarse. Y aquí es donde los actores han sido sorprendidos por la propia candidata que, sobre todo después de las primarias, ha empezado a presionar por un proceso de definiciones y no solamente de réditos electorales de corto plazo. En buena hora.

¿Te refieres a sus intervenciones públicas o en el frente interno?
–A las discusiones que hoy están cruzando al FA.

¿En la prensa?
–No, adentro.

Ella está presionando adentro.
–Sí, por definiciones que no están. Porque ahora los ataques van a empezar a ser más duros.

¿Y a ella le complica seguir haciendo propuestas que quizás no pueda sustentar?
–Bueno, esa pregunta toca discusiones muy relevantes que hay dentro del FA. ¿Vamos a seguir a remitiendo la “sustentabilidad” de nuestro proyecto a la concepción de Estado de Jaime Guzmán, que tiene constreñida a la política, para aprobar el examen de responsabilidad que nos hacen los monetaristas? La cultura política de los últimos 25 años naturalizó que el desarrollo no se puede pensar sino bajo los preceptos de ellos. Y algunos creemos que si el FA quiere desbordar esos moldes, mal puede partir por hacerlos suyos. No sacamos nada con protestar por derechos universales si lo único “sustentable” es la viabilidad presupuestaria de un gasto social focalizado.

¿Entonces al FA no le importa el déficit fiscal?
–Por supuesto que sí le importa, pero la regla monetarista no es la única forma de evitarlo. ¿Pero cómo la sociedad va a discutir eso, si el Banco Central no está subordinado a ella? Mayol aparecía con un tremendo radicalismo en televisión, era la supuesta posición de izquierda contra la Bea Sánchez. Pero le preguntan, “¿usted tocaría la autonomía del Banco Central?”. “No”. ¡Rayos! Ahí toda la radicalidad se te cae al suelo. Cualquier posibilidad de discutir los criterios monetaristas a los que hoy se tiene que circunscribir la concepción de Estado, pasa por intervenir esa torre. Y hoy esa torre no tienes cómo intervenirla.

Pero cuando el FA y Beatriz Sánchez plantean que la cuestión de fondo es cambiar la matriz productiva, no parece haber un proyecto muy claro detrás.
–Es que un proyecto de esa dimensión no depende de cuatro iluminados que se pongan a dar recetas, sino de la capacidad de diálogo político que tenga un país para arribar a eso. Si ni siquiera se ha habilitado ese diálogo, ¿de qué te sirven las recetas? Te pueden servir en Alemania, donde no te aguantan el nivel de fanatismo monetarista que hay acá. Pero nosotros tenemos la economía más concentrada de la OCDE y aún así no es posible discutir que existen otras formas de crecer. Transformar la matriz productiva no es una idea del FA, ya el gobierno de Frei Ruiz-Tagle prometió el paso a la segunda fase exportadora, con mayor valor agregado, pero la discusión sigue bloqueada. Lo que me preocupa, entonces, es que el FA tiene que salir de la idea que tienen algunos de ser una imitación mejor intencionada de la tecnocracia de la Concertación. No sacamos nada con coleccionar expertos recién doctorados en universidades extranjeras que vienen a diseñar el gasto social bajo las mismas reglas, para naturalizarlas aún más, eso es absurdo. Como tampoco vamos a ganar elecciones sencillamente porque mejoremos nuestros videos y las comunicaciones en redes. Y creo que ese es el panorama que empieza a sacudir la Beatriz Sánchez.

¿Para poner el énfasis en qué?
–En nuestro desafío central, que es reconstruir, con un trabajo de bases, de militancia, de ciudadanía, los puentes entre la política y la sociedad. En Chile ya no existen mayorías políticas, la Concertación y la derecha se están disputando a un tercio de los posibles votantes. Y sin mayorías políticas, transformar el modelo de desarrollo nunca va a ser sustentable. Si el FA se restringe a disputar a los descontentos de la Concertación, esta desidentificación con la política también lo va a afectar. El mundo NO+AFP no se integró plenamente al FA precisamente porque sentía esa carencia de identificación cultural. Ahí hay que poner el oído.

Y pensando en eso, ¿no los estará limitando el discurso de reemplazar a “los mismos de siempre” por gente honesta?
–Creo que esa es una caricatura que nos han querido endosar desde afuera. Y ahí quiero dejar algo muy claro: el FA no son los hijos descarriados de la Concertación. Esa me pareció una frase muy maldita de Bachelet. El FA no nació de allá adentro, yo mismo nunca estuve allá adentro ni fui alimentado allá adentro. Esa reducción tremenda, al final, lo que pretende es limitar la crisis de la política a la corrupción. Es mucho más y empezó mucho antes de que estallara la corrupción. ¿Cómo vamos a ser hijos de los mismos que creían posible firmar una Constitución sin consultar a la sociedad? El FA nace de una ruptura con esa política, pactada en su momento por necesidades que podrán ser objeto de un juicio histórico, pero que hoy ya nadie puede esgrimir.

HOUSE OF CARDS

Últimamente en el FA repiten mucho que no van a caer en el “todos contra la derecha” en la segunda vuelta.
–Sí, ese también fue un chantaje eterno de los años 90.

¿Por qué se le llama chantaje a una condición natural de la democracia, como es tener que elegir lo menos malo si tu propuesta no llegó a segunda vuelta?
–Bueno, en la teoría política está muy estudiado que estandarizar una política de segunda vuelta anula la proyección de nuevas fuerzas, como ocurre en Estados Unidos. Por lo mismo, un gran desafío del FA va a ser la bancada parlamentaria.

¿Eso importa más que pasar a segunda vuelta?
–No son excluyentes. Pasar a segunda vuelta aceleraría mucho más la crisis de la Concertación.

¿Y ese es el verdadero objetivo de ustedes en esta elección presidencial?
–No, pero creo que no vamos a entrar en un nuevo ciclo histórico si no se terminan de deteriorar las fuerzas retardarias. Recuerdo una discusión tremenda a la salida del primer 21 de mayo de Piñera, porque la Concertación se quejaba de que estaba copiando sus políticas. Ahí tú dices, ¿quién es la copia y quién el original? El gasto social focalizado lo construye Miguel Kast en Odeplan el 75, para conquistar a los “verdaderos pobres” y quitarles derechos a los gremios de clase media y obrera que según ellos acaparaban el gasto estatal, lo cual era un poco cierto. Aníbal Pinto decía que el gasto social tenía cintura de gallina, porque se quedaba en los sectores medios. Ahí surge la tesis del pinochetismo de que el Estado sólo atienda a los más necesitados, lo cual le puso la lápida a la universalidad de los derechos sociales. Eso nunca se discutió en la transición, y la paradoja más grande es que el gasto social focalizado hoy día lo administran comunistas, en Mideplan. ¡Esto hubiera hecho palidecer a toda la Cepal!

Concedamos que cada quien administra el panorama que le toca heredar…
–Bueno, pero que después no te pasen cuentas ni te hagan gárgaras de purismo de izquierda. Me acuerdo que en 2013, con Gabriel [Boric], publicamos una carta en El Mercurio abriendo la posibilidad de apoyar a Bachelet en segunda vuelta, pero que explicara a qué se refería con “gratuidad en la educación”: si a más vouchers para sostenedores privados o a la reconstrucción de la educación pública. No respondieron nunca. ¿Y a qué terminaron apostando? A más vouchers. En el gobierno dominaron los intereses contrarios a la educación pública a todo nivel.

Ahí también hubo gente del FA.
–Sí… esa es una discusión que tienen que resolver ellos.

Con ustedes, me imagino, si son parte de la coalición.
–Bueno, esas son las discusiones que no se dan en la coalición.

¿Por miedo a las diferencias?
–En parte, sí. Pero también porque ahí es donde prima –y por eso me molesta– acelerar el electoralismo en detrimento de los tiempos de constitución de una coalición política.

Concretamente, ¿qué te ha molestado de ese electoralismo?
–Que ahí se naturalizan las carreras individuales como el sentido mismo de la política. O sea, la lógica que nos entrega en su fase más decadente la Concertación, ¿no? El House of Cards de las peleas… Y reproducir la decadencia de la Concertación en versión boy scouts es lo más triste que podríamos hacer.

“A la guagua todavía no le sacan los pañales y ya está repartiendo cargos”, dijiste en La Tercera hace un mes.
–Sí, todavía no tenemos torta y ya nos estamos repartiendo los pedazos. A ver, el FA también es expresión de la sociedad chilena de la cual emergió, ¿no? Y piensa en lo siguiente: la Concertación tuvo seis o siete años para constituirse como proyecto histórico antes de participar en una elección y distribuir cupos. Pero el FA, desde que sale del huevo, en tres meses ya está distribuyendo cupos, en un momento en que el individualismo en la política es tal que ya nadie dice “el díscolo”, porque la política entera es díscola. Si esa va a ser la cultura de la época, el país va a estar perdido, porque no va a haber espacio para ningún tipo de proyecto.

En ese sentido, ¿al FA le juega en contra estar liderado por una generación que sólo ha conocido este tipo de política?
–Yo creo que abrirse a un diálogo mucho más intergeneracional, con proveniencias mucho más variadas, está en el centro de las posibilidades del FA de constituirse en proyecto político. Si se cierran en la distribución de cupos y apoyos electorales, vamos para atrás. Acá todavía falta mucha gente que no se ha sentido escuchada, y no sobra nadie. De ahí que Beatriz Sánchez, te reitero, al conocer el FA, empezó a dar una pelea por ensanchar sus horizontes que me parece muy interesante.

Aunque del otro lado, tú sabes que en algunos sectores del FA te ven como un intelectual que quisiera estar eternamente formando masa crítica universitaria y postergando la disputa del poder real.
–A ver… Yo creo que las fuerzas políticas se construyen en caliente, no en frío. Son procesos, pero ocurren en la sociedad. Por lo tanto, la verdad es que me sentiría incómodo con que me atribuyan la idea de que esto se va a resolver encerrados en las universidades. No, no, yo me he opuesto a eso radicalmente. Y creo que fui de los impulsores, hace muchos años, de que las fuerzas sociales que se venían construyendo avanzaran a la disputa de los sistemas de representación, cuando dentro de esas fuerzas la mayoría remaba en contra. Así que no podría aceptar esa crítica. Y por eso insisto en que si el FA no logra revertir esta escisión entre política y sociedad, no vamos a tener capacidad real de ser gobierno.

LA VERDADERA LIBERTAD

¿Y qué pasa si llegan al gobierno ahora?
–Yo creo que sería una gran oportunidad de acelerar los tiempos. Pero es evidente que la sociedad chilena se está asomando a un cambio de ciclo que va a ser largo, y que va a tener vaivenes. Una cosa es que la cultura de la transición haya cristalizado una política de Montescos y Capuletos que no escuchan lo que ocurre afuera. Pero eso no significa –y esto mismo pasó en los años 20– que la sociedad que está empujando desde afuera ya sea capaz de definir las claves del próximo ciclo histórico. Por eso a mí, algo que sí me molestó bastante del PC, fue cuando se apuraron mucho en decir “el nuevo ciclo histórico ya empezó, porque ganamos con Bachelet”. Porque ellos se habían incorporado, empiezan a decretar las cosas… Es la misma molestia que ellos tenían en los 90 con Tironi. No, esto está en gestación. Pero se ha ido avanzando, eso es innegable.

¿En qué se notan esos avances?
–Una sociedad que reclama derechos, y que se resiste a un bono porque diferencia entre un bono y un derecho, ya está siendo un salto tremendo.

¿La sociedad chilena se resiste a un bono?
–Tienes razón… sí y no, hay sectores y sectores. Pero sí creo que ya se resiste al nivel de mercantilización en que han sido situadas sus condiciones de vida. En ese millón de personas que marcha diciendo “No + AFP” hay de todo, decir que son de izquierda sería una locura. Y la verdad es que a la mayoría le da lo mismo recibir el cheque del Estado o del mercado, pero esa es otra consecuencia de esta mercantilización: la distinción Estado/mercado no le hace sentido al chileno actual. “Más Estado” ya no significa “más igualdad”. El gasto social creció cuatro o cinco veces y la desigualdad nunca nos dejó de porfiar. Entonces, creo que la reivindicación del FA no es pedir mecánicamente más Estado, sino la democratización del Estado chileno, que tiene una de las proporciones más altas de instituciones no electivas. En noviembre vamos a elegir autoridades que no podrán intervenir sobre ciertas esferas estatales.

Lo que terminó haciendo el kirchnerismo en Argentina, partiendo de argumentos parecidos, no ayuda mucho a impulsar ese debate.
–Porque lo que hubo ahí fue un gasto social clientelar, y esa es otra forma de no democratizar el Estado. El copamiento del Estado también es una forma de autoritarismo.

¿Crees que el FA entiende lo que significó para la sociedad chilena el progreso material de los últimos 30 años?
–Si me estás preguntando por los más chicos, obviamente no, porque lo naturalizan. Para ellos es natural viajar como se viaja, que vengan todos los grupos a tocar a Chile, etc. Y la pobreza que conocieron no es la del pobre a pata pelá…

Que fue la historia de Chile…
–Correcto, toda la historia, y que todavía queda si uno sale a darse una vuelta a otros lados. Es indudable que el crecimiento ayudó a superar mucho de esa pobreza, pero ya en el famoso informe del PNUD del 98, los sectores medios decían “mis ingresos crecen menos de lo que crece el país”. Ergo, “en alguna parte hay una fiesta a la cual no estoy siendo convidado”. Así empezó a incubarse esta situación, y esa es la realidad de la que parten los más jóvenes. Pero de nuevo: el FA no es eso nomás. De hecho, hoy tiene una candidata que sabe perfectamente, por su propia vida, que Chile no toda la vida ha sido así; que estudió en otra época y por lo mismo empieza a presionar por otras discusiones. Yo preferiría responder tu pregunta en términos de si el FA va a terminar sabiendo esto –y soy de los que va a bregar por eso– o va a terminar ignorándolo. Pero ya que planteas el debate generacional, despejemos otra caricatura. Se dijo con cierta maldad que la Bea Sánchez es la tía de un grupo de niños ABC1, y que su base electoral estaba ahí. Bueno, en Las Condes sacó tres mil votos. Su base fundamental estuvo en Santiago Centro y Maipú, seguidos de Ñuñoa y La Florida. Eso es porque estamos planeando problemas reales. Ahora, yo reconozco que en el FA todavía hay un problema serio de prioridades. O sea, el cuidado animal no puede estar en el mismo nivel que los derechos humanos…

Otra crítica es que el FA subestima el progreso reciente porque no entiende que sus demandas son el resultado de ese mismo progreso.
–Sí. Es la vieja interpretación post Mayo del 68, de una juventud saciada que demanda, desde la satisfacción, nuevas satisfacciones. El propio Longueira enarboló esta teoría. Es evidente que, con el crecimiento, las demandas evolucionan, pero reducir a eso toda esta crisis de la política me parece de una irresponsabilidad gigantesca, porque en el fondo es apostar a seguir fragmentando la sociedad. Y aquí se me va a salir el sociólogo. En toda la sociología de principios del siglo XX, desde Durkheim, pasando por Weber y hasta las primeras generaciones de Frankfurt, el susto es precisamente la desestructuración de la sociedad, porque ahí está la semilla del autoritarismo y el fascismo que vendrán después.

El debate actual es si la política institucional sigue siendo el espacio llamado a sostener el vínculo social. ¿Podría ser que no?

–Yo creo que la libertad real de una sociedad es su posibilidad de construirse a sí misma de forma legítima, con la razón por delante. Y el espacio que conocemos para eso, desde los griegos en adelante, es la política, el diálogo de la polis, no la libertad mercantil. Por eso te digo que, a estas alturas, seguir abriendo la brecha entre una política de conciliábulos y una sociedad que ya no la tolera es empezar a incubar el riesgo autoritario. Y aquí estoy siguiendo al mejor liberalismo político europeo, al que nos ha costado leer desde la izquierda. La Hannah Arendt analizó mucho el autoritarismo como crisis, sobre todo, de la Ilustración, de las promesas incumplidas de la modernidad. Yo creo que en la izquierda deberíamos retomar las banderas de la modernidad, no escabullirlas.

¿Para llegar a qué?
–A volver a poner el foco en una de las promesas básicas de la modernidad: la libertad. Tenemos que volver a las raíces, si tú quieres kantianas, de la libertad concebida como la posibilidad de la autodeterminación racional. Porque nuestra sociedad fue privatizada en nombre de la libertad, pero eso ha terminado generando una pérdida de soberanía del individuo sobre sus propias condiciones de vida. Ahí la libertad es una bandera a recuperar, y ahí sí puede coincidir ese millón de personas que perdió la soberanía sobre qué rayos va a pasar con su vejez.

Y si la democracia representativa no está posibilitando esa autodeterminación, ¿qué queda entremedio? ¿Un asambleísmo tipo Salazar?
–Nooo…

¿Crear nuevos mecanismos institucionales?
–Por lo menos, que los mecanismos institucionales sean el reflejo de una sociedad que exige participar. Es decir, que promuevan la agrupación de intereses para poder construir un pacto social efectivo. No llegan los individuos solos, como espermatozoides, a construir pactos sociales. Darle expresión a sujetos colectivos, sólo empezar a hacerlo, ya cambiaría la política. ¿Te imaginas si los presidentes o los ministros de Hacienda, en vez de ir todos los años a Icare a hablarles a los empresarios, fueran a hablarles a los trabajadores? ¡Sería un cambio cultural pero tremendo! Ni siquiera nos preguntamos por qué no van al otro lado.

Pero tú mismo has planteado que el mundo del trabajo perdió esa capacidad de articular sujetos colectivos, y que la izquierda se demoró mucho en darse cuenta.
–Claro, pretender que las nuevas formas del trabajo van a reproducir el viejo sindicalismo es una locura. Hoy trabajas el domingo, trabajas contestando un celular, y si obligamos a esa gente a armar sindicatos tradicionales y entrar a la CUT, sencillamente no se va agrupar jamás. Creo que fue el compañero Longueira el que dijo algo bastante lúcido: “estalló el conflicto en educación y nos sacaron tarjeta amarilla, pero si explota el trabajo, nos sacan la roja”. El problema es que ese nuevo malestar laboral todavía no tiene formas de representación, y hay que abrirse a pensar eso. ¿Pero qué hace la izquierda? Se enclaustra en la CUT, donde los que quedan son básicamente los empleados públicos.

El conflicto para la izquierda es que ese nuevo trabajo desarma el esquema de clases.
–El de las clases tradicionales. Porque la vieja clase obrera –y esto ya lo gritábamos en los tiempos de la SurDA– no desapareció sólo a manos de la represión, como lo quiso leer cierta izquierda: que al acabarse la represión, esa clase obrera iba a volver como caballo alado desde la cordillera a sustentar el proceso político. En su lugar, como dije por ahí, llegaron Los Tres, Lagos Weber y el Liguria, y entonces nadie te compró el ticket pa entrar a la peña. Porque lo que sepultó a ese obrero industrial –al que algunos en la izquierda siguen buscando con arqueólogos– fue la transformación capitalista. Y con ese nuevo trabajador no supimos comunicarnos, porque él tampoco busca una organización social para marchar contra las AFP, marcha como individuo. Así que mal podría protagonizar las asambleas que predica Salazar… esa resiliencia que va a llegar desde abajo según vengo escuchando hace más de 25 años.

Y aunque pudieran rebelarse, no está muy claro contra quién tendrían que hacerlo.
–Exactamente. Antes tú te rebelabas contra un patrón, pero ahora el patrón de tu patrón es un capital que acaba de moverse en la bolsa de Frankfurt. El capital se ha vuelto anónimo, como decía Habermas, y con eso ha empezado a desaparecer la vieja dialéctica hegeliana del amo y el esclavo. Pero nada de esto quita que la vida privada siga vinculada a formas de explotación ancladas en las fuentes de trabajo. Y aquí vuelve la pregunta sobre cómo la humanidad va a resolver la cuestión de la libertad. La vida privada existe y eso lo tenemos que entender, esto no se trata de cerrar los malls. Pero esa sociedad fragmentada que compite uno contra uno por la supervivencia, y de una manera disciplinada para asegurar la gobernabilidad, ¿es compatible con la libertad? Lo único que yo pido –y creo que en eso estamos hoy– es que esa pregunta la pueda volver a responder la sociedad, a través de la política.

CULTOS ENVASADOS

De lo que quisieron ser los socialismos del siglo XXI, ¿queda algo para copiar?
–Refundar constitucionalmente la posibilidad de discutir con la inversión extranjera, como lo hizo el propio Cardoso en Brasil, a mí me parece muy bien. Pero dicho eso, creo que los regímenes nacional-populares no tienen opción de volver en América Latina, las sociedades ya son muy distintas. Hasta en Bolivia se dieron cuenta. Creyeron que iban a poder refundar el viejo movimiento obrero y al final sus bases reales son los pequeños propietarios cocaleros, una suerte de clase media agraria. Ahora estoy terminando un libro sobre el agotamiento del viejo progresismo, sus mitos, cuáles fueron realmente las transformaciones de los modelos de desarrollo… Tenemos que desprendernos de ciertos cultos envasados. Estos amasijos tipo Cristina Kirchner, que tiene una foto de Evita, otra de Maradona y otra del Che, no sirven para nada. Duran tanto como la plata del Estado para alimentar a quienes aplauden con cara de locos mientras les esté llegando el cheque.

Renunciar a esas estéticas va a ser un trabajo duro…
–Pero al FA le urge construir su apropiación de la historia mucho más allá de la crítica a la Concertación. Si no, se da eso que he llamado la “omnipotencia 2011”: pensar que todo empezó el 2011 y para atrás lo único que se hace es una especie de exégesis escolástica, de rendir los cultos a Raúl Ampuero o al mismo Allende como si fueran Arturo Prat, ¿no? El culto acrítico de esa historia no nos está sirviendo de mucho. Hay que ver qué le pasó a la izquierda desde los años 20, el ascenso y la crisis de la generación de los 60, etc. Por eso en algún momento me rebelé contra ese repliegue defensivo de Mayol hacia el discurso de izquierda más clásico y conservador. Incluso tuve una discusión con él, cuando él decía “socialicemos la propiedad de las cosas”. A ver, ¿qué es socializar las cosas? La especie humana todavía no tiene idea. Una de las cosas más complejas que hay es socializar el poder, y el socialismo del siglo XX, que socializaba cualquier cosa menos el poder, le hizo poco honor a su nombre. Por eso digo siempre que hay que revisar las bases del socialismo, salir de la peña y el poncho. Pero me dicen que es una falta de respeto decir eso.

Mayol les contestaba que ustedes no iban más allá de plantear un proyecto socialdemócrata.

–Pero entendamos desde dónde estamos partiendo. La socialdemocracia es un cadáver no reconocido de la caída del Muro de Berlín. “Mi mayor obra es Blair”, dijo la Thatcher. Y cuando la Concertación apela a la socialdemocracia para legitimarse, incurre en un oportunismo gigantesco, al cual le debemos una confusión intelectual en la que mucha gente quedó atrapada. Un socialdemócrata no privatiza, no concesiona. O sea, un ministro socialdemócrata en la Concertación hubiera sido expulsado por talibán. Entonces, asumamos que estamos repensando los idearios de izquierda desde esas ruinas. No venimos de derrotas circunstanciales, venimos de fracasos.

Suena difícil meter en debates de esa profundidad a una izquierda que hoy celebra como triunfo político que Boric se cagó a un facho en Twitter o que Mayol le ganó un round a Villegas.
–Me estoy haciendo cargo de todas las enfermedades de la izquierda aquí… Bueno, todos sabemos que Internet genera una discusión muy evanescente, ya da lata intelectualizar la cuestión. La “modernidad líquida” de Bauman se ha llevado a extremos teóricos que agotan…

¿Pero crees que Boric o Jackson son conscientes de esa evanescencia o están sobreestimando su poder?
–No, yo me resisto a centrar el FA solamente en los rasgos de estos dos personajes. Y me preocupa, porque podemos caer en una especie de lectura tipo “Caras” y “Cosas”, muy elitista, para hablar de fenómenos sociales que son mucho más extendidos. Pero sobre las redes, mi mayor temor es construir una izquierda de encierro. Porque las redes han creado un espacio público tremendo, pero tan segmentado que tú terminas hablando con gente que piensa igual que tú y no tienes idea de lo que está pasando en otros circuitos. Eso está deteriorando a la sociedad completa. Y nosotros tenemos que recuperar esa vocación de mayoría de la izquierda chilena, que hasta 1973 siempre fue de masas.