“¿Por qué fui así en la sala de clases? ¿Qué situaciones me conformaron como bully? ¿Había maldad detrás de mis acciones?”.

Estas fueron algunas de las preguntas que hace algunas semanas un periodista de la revista “Sábado” del diario El Mercurio se realizó cuando se ofreció para ser el protagonista de un reportaje sobre un autor de bullying adolescente que quisiera encontrar el perdón de sus víctimas.

¿Conoces algún periodista que haya hecho bullying en el colegio y quiera disculparse de sus víctimas? le pregunta su editor durante una reunión en un café.

Sin medir consecuencias ni efectos, el reportero contesta sin titubear: “yo”.

Tras finalizar esa junta, llegaron a su cabeza todos esos tristes recuerdos juveniles cuando se burló sin filtro de las supuestas debilidades o defectos de sus compañeros de colegio. También llegó el temor de imaginar cómo sería ese momento cuando viera las caras de sus compañeros a los que lamentablemente quizás hirió.

A Claudio siempre lo molestó por el tamaño de su cabeza, por su forma de vestir, su poco talento para jugar al fútbol (su pasión), por cómo saltaba o corría. Un episodio que marcó su bullying a Claudio fue cuando junto a otros alumnos lo eligieron como presidente de curso sólo para causarle vergüenza. La idea, afirma, era hacerlo enojar por todo.

Otra víctima de sus “bromas” fue Isabel, a quien molestaba por su peso y estatura a través de caricaturas e indirectas que no cesaban con el paso del tiempo.

También estaba Mario: “Alto, los ojos soñolientos, aunque quizá, con Mario, la cosa es distinta; de vez en cuando, distraído de algún trabajo, tarde a la noche, visito su perfil de Facebook, tratando de averiguar cómo va su vida, a la que, por supuesto, no tengo acceso, ya que nunca me ha agregado como amigo y yo tampoco”, sostiene el protagonista de esta historia.

Añade que “hablo por mí, tengo vergüenza. Desde que pisó la sala de clases, en tercero básico, me burlé de Mario por cada cosa que hizo. Por su forma para hablar, su timidez para disertar, sus dificultades para tocar la flauta y también la guitarra. Vergüenza de haberlo insultado. De haberlo denigaado ya de grande, sin ninguna intención más clara que intentar herirlo”.

En medio de la elaboración de este reportaje, el periodista acude a la psicóloga clínica y especialista en psicoterapia reparatoria y derechos humanos, Guila Sosman, para entender y dar con las respuestas que explicaran este cruel comportamiento.

En la sesión se llega al foco del bullying. “Brotan recuerdos. Son los años 90. Mi niñez mimada y sobre protegida. El rechazo de las mujeres. Los almuerzos familiares y el listado de discursos violentos justificando la dictadura. El talento de mi tío para hacer ruidos de chimpancé cuando un jugador colombiano o ecuatoriano tocaba la pelota. Los chistes sobre cualquier tipo de minoría. El menosprecio a mapuches, gays. El miedo a los primos que me perseguían para pellizcarme las tetas y burlarse de mi sobrepeso”, reconoce el autor.

A renglón seguido continúa relatando que “las amenazas de mi padres de enviarme a un internado si una vez más me citaban al apoderado en el colegio. Las burlas de mi mejor amigo cuando me caí de espalda en la ducha del baño y quedé semiinconsciente. Y ese llanto manipulador frente a la profesora jefe cada vez que me pedía la libreta, con su risa manchada en nicotina. Las risas del curso. Los retos. Las advertencias. El castigo en casa que nunca llegaba”.

Durante la sesión y en medio de anotaciones en su libro de notas, la especialista Sosman le dice al periodista que “el bullying fue tu estrategia. Tu única estrategia para sentirte bien, seguro, con cierto poder. Era tu atractivo. Tu gracia. No te iba muy bien en los estudios, no te sentías el niño lindo y entonces, claro, tu autoestima y tu autoimagen se basaban en la habilidad de ver los defectos del resto y hacer bromas con eso”.

Precisó que “tenías que ser así para sobrevivir. Porque de lo contrario, y lo sabías, se iban a burlar de ti…era falta de empatía. Tampoco había alguien que te guiara en empatizar con el otro y sensibilizarte un poquito, porque la empatía se enseña. En tu familia estaba esa cultura, mezclada con poca efectividad en la disciplina. No te ponían límites. Además, al día siguiente se estaban riendo del gay de la cuadra o del inmigrante, o qué sé yo. Los niños no son bulleros porque sí. Tú no naciste bullero”.

Pues bien, tras varios días de intentos por fin había llegado el momento que tanto esperó: Reunirse con Claudio (33) para ofrecerle disculpas por todo el daño que le había causado. El escenario para esto fue una schopería ubicada cerca de Plaza de Armas.

Cuando lo ve llegan a su mente horribles recuerdos de cuando le cortó con una tijera los tirantes de la mochila de Claudio, o cuando a veces en el curso le gritaban “cabezón cazuela” o “cabezón caca”.

Lo primero que le aclara Claudio de entrada es que “no creo que ustedes me hicieron bullying. Yo nunca me tomé tan a pecho las cosas que ustedes me decían”.

Al ser consultado por sus razones para nunca responder al brutal bullying, contestó que “nunca me gustó hacer daño… desde chico fui así. Me enseñaron así. Yo a veces intentaba sumarme cuando ustedes la agarraban con alguien, pero era algo que no me gustaba. Para mí, no era válido lograr la aceptación haciendo reír al resto. Menos de ese modo”.

“Es extraño pedir disculpas por haber hecho algo en otro estado de madurez, de todas formas, es necesario que me disculpe contigo”, le responde el auto de este reportaje.

“Dale, está bien. Por ahí yo no necesito perdonar a nadie, pero si las personas que me hicieron daño sienten la necesidad, las recibo”, recibe. En ese momento los vasos de cerveza ya están vacíos y un estrechón de manos cierra esa reunión.

El segundo encuentro fue con Isabel, quien vive hace 10 años en Peralillo, mismo lugar donde también se desempeña como profesora en una escuera rural.

En ese lugar y cara a cara Isabel le cuenta que siempre tuvo buenos recuerdos de él hasta quinto básico. Ese año afirma que ocurrió un hecho que derrumbó todo. En esa época ella y unas amigas se robaron una prueba y él no dudó en acusarlas. Más que eso, lo que le molestó a Isabel fue que el protagonista de este reportaje mintiera diciendo que ella le había pagado por su silencio.

A renglón seguido detalló que de eso en adelante “en más de alguna oportunidad me dolieron las cosas que me decías. Te reías de mi lunar, porque antes me salía un pelo que como puedes ver ya no tengo. Te reías de mí. Pasabas por el lado diciento ‘cómo a las viejas a las que les salen los lunares con pelo’. No lo decías dirigiéndote a mí, pero era evidente. En realidad nunca te burlabas directamente”.

“Estoy deshecho. He borrado de mi cabeza los episodios que Isabel relata, pero no hay manera que sean falsos”, admite el autor, al mismo tiempo que le señala a su ex compañera de colegio que “quiero disculparme y por eso estoy acá”.

Su respuesta fue clara: Tú crees que me hiciste daño, pero es un daño que la verdad no considero. Para mí no fuiste importante. Si un amigo cercano me hubiera molestado, me habría dolido mucho más”.

Camino a casa, el protagonista recibe una notificación de amistad en Facebook de Isabel.

Quedaba, quizás, la reunión más difícil de todas: Mario. “Es el eslabón más duro de esta cadena de abusos y de miedo a ser abusado. Hago la lista: la vez que lo expulsé de la banda. Mi falta de diplomacia, enrostrándole su falta de talento con la guitarra y detalles de lo que a mi juicio componían su personalidad.

Lo primero fue tratar de agregarlo como amigo a Facebook y enviarle un saludo que nunca tuvo respuesta.

Tras hablarle por WhatsApp, jamás recibió comentario alguno y de hecho después fue bloqueado de dicha red social.

“Incómodo, tratando de conseguir un correo para transmitirle mis arrepentimientos, me comuniqué con otro de sus mejores compañeros del colegio. Al día siguiente me avisa que Mario le respondió. Fue un mensaje escueto. La única manifestación suya sobre mis intenciones de contactarlo”, reconoce el autor.

“¿Después de 16 años quiere hablar conmigo? No me interesa”, cerró Mario.