Cuenta la historia que así como tantos, así como quienes dicen que el baño es el último fortín filosófico que queda en los hogares de la vida moderna, el Che Guevara se encerraba en este lugar desde muy temprana edad para comenzar a cimentar un hábito que no abandonaría jamás: su pasión por la lectura.

Desde niño, y gracias a su madre, el médico argentino había aprendido a leer y se había volcado con fervor a la rutina de devorar libros. Julio Verne y Emilio Salgari eran los primeros autores en los que el Che ocupaba su tiempo antes siquiera de pensar en convertirse en aquel personaje que recorrió América Latina.

Con estos autores de novelas de aventuras “ya mostraban cierto espíritu de salir a la búsqueda”, dice Emiliano Ruiz Díaz, uno de los investigadores que han organizado la exposición Che lector de la Biblioteca Nacional argentina, cita El País.

A Verne y Salgari, Ernesto sumaría los 23 tomos de la enciclopedia de Historia universal que estaban en la biblioteca familiar, además de biografías, libros de filosofía y psicoanálisis.

Ya mayor, en sus viajes por la región, el “Che” incluiría a autores del resto de América Latina junto con textos sobre marxismo y teoría económica.

Dice El País que en la muestra hay tres vitrinas donde hay libros que fueron fundamentales en la vida del revolucionario: El capital, de Karl Marx; el Manual de Economía política, de la Academia de Ciencias de la URSS; y el Tratado de economía marxista, de Ernest Mandel.

“En La Habana, los jueves, a eso de las 2, 3 de la madrugada, se reunían con un profesor español que se había formado en la URSS para leer y debatir sobre estos libros”, cuenta Santiago Allende, otro de los investigadores detrás de la muestra.

“A veces también estaba Fidel (Castro) y se daban discusiones muy fuertes. El Che después tuvo sus desacuerdos con el modelo soviético, desacuerdos que lo llevaban a continuar leyendo, a profundizar en su búsqueda”, repasa.

Alguna vez el Che Guevara diría… “mis dos debilidades fundamentales: el tabaco y la lectura”.