Meses atrás, mi socio Pablo Dittborn me informó que The Clinic estaba con números rojos. Acostumbrado a vivir con la lógica del almacenero –gastando cuando hay y no haciéndolo si falta- me costó entender esta situación. Nuestra revista había nacido como un panfleto sin otra sede que mi computador personal, quienes participamos en un comienzo lo hicimos por amor al arte y desprecio al dictador: jamás vimos en el pasquín un camino para ganar dinero, pero tampoco para perderlo. Ahora teníamos oficina, bares, profesionales contratados y millones de lectores, pero para colmo de las paradojas, por primera vez nos preocupaba la pobreza. Al menos eso pensé en el momento del shock. “Esto se acabó”, dije dramatizando. “Fue lindo mientras duró”.
Comencé a reunirme con gente que entendía de empresas, y mientras escuchaba sus consejos y experiencias -todo lo cual me llevó a restar intensidad a mis lamentos- concluí que efectivamente ese The Clinic que había nacido para combatir a Pinochet, para recordar sus atrocidades y destartalar la pacatería hipócrita de finales de los 90, estaba llegando a su fin. Nos la estábamos viendo con esa dificultad que está viviendo toda la industria de las comunicaciones en el mundo, sólo que nosotros nunca nos habíamos considerado parte de ella, sino un bicho raro, un modo de ser más que una institución, un encantamiento que se convirtió en emprendimiento.Como si fuera poco, nos habíamos autoimpuesto la condena de una juventud eterna, libre de ataduras pero bien conectada con las fuerzas emergentes.
Desde que sacamos ese primer número en blanco y negro hace casi veinte años, hasta ahora, no sólo irrumpió una nueva generación nacida después de la dictadura, se expandió la internet, aparecieron los smartphones, se multiplicaron los lenguajes y herramientas tecnológicas que tenían un valor prohibitivo ya se hallan al alcance de cualquiera, sino que además los enemigos de la democracia se filtraron por todas partes, y lo que ayer resultaba nítido terminó por enturbiarse. Cuesta en las actuales circunstancias encontrar una trinchera para un medio como éste (es más fácil vislumbrar muchas), que disfruta cuestionando santones y lugares comunes. De momento, como alguna vez soñó el poeta Maquieira, estamos subiendo el faro al barco para sacarlo a navegar. El próximo proyecto político y cultural que nos convoque está por construirse, y esperamos aportar a él desde nuestro extravío.
Queremos explorar sin complejos todos los formatos disponibles, experimentar, jugar con ellos como alguna vez hicimos con un pliego de papel sobre una mesa de diseño, buscar complicidades más allá de nuestras fronteras –ya nos aliamos con Vice.com y pronto serán muchos más- y participar activamente de los retos de un mundo que se mueve a la velocidad del rayo.
Para emprender este nuevo desafío salimos a buscar dinero y gestión. No era fácil encontrar alguien que compartiera nuestro entusiasmo ácrata, nuestra vocación de independencia, nuestro ánimo transgresor, o que, sin compartirlo, entendiera que allí radicaba el alma de este cuento y que sin eso moríamos de un modo harto más doloroso que cualquier desangre financiero. Pero apareció: se llama Jorge Ergas, tiene 48 años, es fan de The Clinic desde sus inicios y si lo suyo no es el periodismo ni nada parecido, parece divertirse imaginando con nosotros este nuevo capítulo que pretendemos escribir. Estamos orgullosos de lo conseguido hasta acá, pero más todavía nos excita eso que vemos por delante.
Pensé que era importante contar esto, no sólo por transparencia, sino también porque a veces los tropiezos iluminan, y allí donde parecía abrirse una tumba, asoma una ventana repleta de sol.