Días atrás escribí un artículo para The New York Times donde postulaba que Sebastián Piñera, en caso de ganar la elección presidencial, tendría “la posibilidad de inaugurar un nuevo ciclo político, equivalente al conducido por la Concertación”, esta vez con el eje en la derecha. “Una derecha que se deje permear y sea atenta a los valores democráticos y liberales – ni plutocrática ni aristocrática- dispuesta a abandonar esa larga memoria de clasismo y menosprecio”. Me apuré en explicar que veía como muy improbable la realización de dicho proceso de apertura y transformación cultural, porque aunque ha nacido y muerto mucha gente desde el fin de la dictadura, esa derecha cavernaria que apoyó la proyección de Pinochet tras 17 años de abusos, aunque minoritaria, conserva mucho poder. Según han dicho sus representantes más sinceros, ellos tienen el corazón con José Antonio Kast y la cabeza fría con Piñera, y para alcanzar La Moneda sería mejor seguir los consejos de la razón que los de la emoción. Otra cosa, asegura Jacqueline van Rysselberghe, deviene a la hora de gobernar: “Si Piñera se va a un eje liberal necesita votos y los votos de la UDI no los va a tener”, declaró.

A algunos, supongo que por flojera mental, barrabravismo o fidelidad a la tradición, les resulta más cómodo atribuir al adversario todos los vicios de los que ellos se consideran libres, en lugar de desearles el máximo de virtudes para engrandecer sus triunfos. La derecha chilena carga con una historia reciente francamente vergonzante. Aunque les cueste reconocerlo, es verdad que la centro izquierda ha podido enrostrarles una clara superioridad moral: defendió los derechos humanos y la democracia, mientras todos ellos (las excepciones se cuentan con los dedos de una mano) avalaron la brutalidad y el autoritarismo de Pinochet, a fin de cuentas su capataz. Pero de Soquimich en adelante, la centro izquierda perdió ese privilegio.

Ha pasado mucha agua bajo el puente, la sociedad chilena sufrió una transformación profunda, las grandes riquezas ya no son de origen aristocrático, la información y el consumo no son privativos de la alta burguesía, la marginalidad cuenta con atributos nuevos y el inconformismo que hasta ayer se reunía bajo el paraguas de la Revolución, ha estallado en multitud de causas que no consiguen aunarse.

Ojalá la derecha, mientras la izquierda se reconstruye para volver a ofertar un horizonte creíble y deseable, hiciera suyo el reto democratizador. Obligaría al progresismo a pensarse con nuevas exigencias, ya no como una alternativa a la opresión y la miseria, sino con una propuesta de convivencia y desarrollo en la que el poder se halle mejor distribuido, donde la lucha por generar más riquezas no desatienda el medioambiente humano y cultural, y toda la población festeje por igual el crecimiento económico, devolviéndole a Chile ese cada vez más difuso concepto de comunidad. Una derecha admirable no puede ser vista como un fracaso de la izquierda, sino muy por el contrario.

Pero todo esto es un sueño todavía. Para que así fuera, el magnate Sebastián Piñera tendría que cortar con varios de sus socios comerciales, dar la espalda a sus fuerzas ultramontanas, en una palabra, traicionarlas. Con ellas ahí, no es posible. Y si bien todo el país lo agradecería y él se ganaría unas páginas en los libros de Historia, incluso en su entorno cercano dudan que tenga los cojones. Hay quienes desde la vereda de enfrente quisieran que esto fuera así, para ratificar sus convicciones. Desde esa misma vereda yo preferiría que no, para poner las mías en juego.