«Antes pensarlo, después lanzarse» Goethe

El factor clave al momento de enfrentar un desastre natural es, sin duda, la mente. La percepción humana sobre la fragilidad de la vida estimula la búsqueda de amenazas a su existencia.

El investigador chileno Hernán Goldstein, director del Centro Ricerca Linguaggio e Comportamento (Italia), afirma: “Frente a situaciones de desastre, entre el 10 y 15 por ciento de las personas mantienen la calma, logran elaborar pensamientos coherentes y eventualmente tienen la habilidad para guiar a otras personas. Alrededor del 70 por ciento de las personas pierden el control de sí mismas, algo que redunda en comportamientos irracionales. El restante 10 a 15 por ciento no solo pierde el control sino que también se paraliza y empeora la situación”.

¿Cómo se explica que en el momento crítico solo una minoría reaccione rápido y con una lógica efectiva de sobrevivencia? ¿Qué le sucede al grueso de los individuos que en el momento de peligro se desconectan de los mecanismos instintivos y de los protocolos de seguridad establecidos para defender la vida?

El cerebro evalúa tres opciones básicas, conocidas en inglés como las «tres F»: fight, flight o freeze (enfrentar, huir o paralizarse). Es recurrente la imagen de una multitud que huye despavorida ante el peligro. Ello ocurre, pero la respuesta de la mayoría no es la histeria sino que un sorprendente estado de inactividad. Ante un peligro inminente hay una descarga de adrenalina, los músculos se tensan y la tendencia es a la inmovilidad. Algo similar a lo que hacen varios animales que apuestan por el camuflaje. Si corren serán detectados por sus cazadores.

Trances con una presión extrema, que exigen respuestas eficaces, se dan no solo ante desastres naturales mayores, ocurren también en situaciones de intensa vulnerabilidad y riesgo, como las que nos hacen «temblar el piso» ante la pérdida de un ser querido, un diagnóstico infausto o la devastación que vive una persona que se siente traicionada o abandonada. Los procesos neurológicos que entran en juego frente al peligro, de cualquier índole, son similares.

Es frecuente que en las emergencias o frente a un desastre, los hechos se precipiten a tal velocidad que el cerebro reaccione con cierto aturdimiento o lentitud. A menudo es difícil tener una visión de la gravedad de las circunstancias si se desconoce el cuadro general. Por eso son muy útiles los ejercicios y simulacros de desastres.

La práctica permite reaccionar rápido con respuestas automáticas definidas con anterioridad. Es indispensable tener conciencia situacional, es decir, haber establecido previamente dónde están las salidas de emergencia y cuál es el trayecto para llegar a ellas.

EL SUEÑO

Además del miedo hay otros dos fenómenos a los cuales muchos pueden verse expuestos en caso de desastres. Son el sueño y el hambre. Ambos gravitan de manera decisiva en el estado psicológico, la disposición de ánimo y la percepción del peligro que se enfrenta.

La ausencia de sueño —o uno poco reparador a causa de la ansiedad o porque hay interrupciones frecuentes— repercute en todo el quehacer. Más aún en condiciones adversas. Esto deriva en un estado de ánimo letárgico y malhumorado, actitudes irracionales, mayor vulnerabilidad a enfermedades y depresión, junto a una mayor proclividad a sufrir accidentes.

Las ramas militares de todo el mundo han invertido fortunas, a lo largo de décadas, para desarrollar métodos que mantengan despiertos a los soldados por largos períodos en conflictos o maniobras. El objetivo es lograr altos niveles de desempeño. Hay drogas que ayudan, pero por períodos cortos. La realidad es que para mantenerse sano y focalizado, un soldado requiere dormir. Es un hecho reconocido en el Manual de Campo del Ejército (22-51) estadounidense: «El soldado o líder privado de sueño tiene dificultades para pensar o razonar y se confunde con facilidad, queda así expuesto a sugerencias poco juiciosas. Le abordarán pensamientos pesimistas y todo le parecerá difícil. La falta de sueño puede provocar que un cerebro cansado cree ficciones (alucinaciones visuales) o percibir las cosas de una manera diferente a lo que son. El soldado que monta guardia bajo condiciones que provocan ansiedad y con déficit de sueño, es posible que temporalmente sea incapaz de distinguir entre la realidad y lo que teme».

Para tener una idea más clara del efecto de la privación de sueño, el ejército estadounidense realizó una serie de ejercicios. A cuatro unidades se les permitió dormir diferentes cantidades de horas y el resultado fue impactante. El primer grupo pudo dormir siete horas por cada veinticuatro, y tras veinte días su nivel de efectividad era de 98
por ciento. El segundo grupo tuvo seis horas cada noche y concluyeron los veinte días con 50 por ciento de efectividad. El tercer grupo durmió cinco horas y terminó con 28 por ciento. Finalmente, el cuarto grupo, que contó con solo cuatro horas para dormir, acabó con 15 por ciento de efectividad.

Piense que si esto les ocurre a soldados entrenados para enfrentar situaciones difíciles, qué impacto tendrá sobre usted y quienes le rodean el no dormir adecuadamente. El mando estadounidense estima que como norma general, por cada veinticuatro horas sin dormir hay una pérdida de efectividad de un 25 por ciento. La pérdida de capacidad es más veloz si la persona está hambrienta, en mal estado físico o además ha sufrido golpes adrenalínicos producto de incidentes.

Qué hacer
• Si no puede dormir durante la noche trate de dormir siesta. Experimentos realizados con personas que permanecieron despiertas tres noches consecutivas y otras sometidas al mismo lapso pero con tres siestas de media hora al día, mostraron el doble de efectividad en el segundo grupo.

• Si le cuesta conciliar el sueño genere oscuridad con una mascarilla o venda que cubra sus ojos. Si el ruido es el problema use tapones para los oídos y si no los tiene puede emplear algodones. Excluya de su mente las preocupaciones. Recurra a la técnica de relajación clásica y recorra mentalmente su cuerpo: concéntrese en sus tobillos, luego sus piernas y así sucesivamente, suelte todos los músculos y evite las incomodidades. No coma ni fume antes de dormir. Evite el chocolate y la cafeína. No mire televisión ni el computador antes de dormir: las pantallas no cooperan. El objetivo es lograr mayor relajación. Respire profundo y en forma gradual disminuya la velocidad de las inhalaciones hasta alcanzar el ritmo del sueño. Si está desvelado no se desespere, solo con mantener los ojos cerrados descansará aunque no se reponga del todo.

EL HAMBRE

En la actualidad, las hambrunas siguen presentes: en 2017, unos dieciséis millones de personas padecían hambre aguda, principalmente en Somalia, Yemen, Sudán del Sur, Kenia y Etiopía, debido tanto a las sequías como a los conflictos armados. El psiquiatra austriaco Viktor Frankl, quien estuvo durante tres años en varios campos de concentración y exterminio, a propósito del hambre que sufrían los prisioneros, describe así una experiencia extrema:

Debido al alto grado de desnutrición que los prisioneros sufrían, era natural que el deseo de procurarse alimentos fuera el instinto más primitivo en torno al cual se centraba la vida mental.

Observemos a la mayoría de los prisioneros que trabajan uno junto a otro y a quienes, por una vez, no vigilan de cerca. Inmediatamente empiezan a hablar sobre la comida. Un prisionero le pregunta al que trabaja junto a él en la zanja cuál es su plato preferido. Intercambiarán recetas y planearán un menú para el día en que se reúnan: el día de un futuro distante en que sean liberados y regresen a casa. Y así seguirán y seguirán describiendo con todo detalle. Siempre consideré las charlas sobre comida muy peligrosas. ¿Acaso no es una equivocación provocar al organismo con aquellas descripciones tan detalladas y delicadas cuando ya ha conseguido adaptarse de algún modo a las ínfimas raciones y a las escasas calorías? Aunque de momento puedan parecer un alivio psicológico, se trata de una ilusión que psicológicamente, y sin ninguna duda, no está exenta de peligro. Durante la última parte de nuestro encarcelamiento, la dieta diaria consistía en una única ración de sopa aguada y un pequeñísimo pedazo de pan. Uno tras otro, los miembros de nuestra pequeña comunidad del barracón morían. Cada uno de nosotros podía calcular con toda precisión quién sería el próximo y cuándo le tocaría a él.

Los efectos de la falta de alimentación comienzan a imponerse entre doce y veinticuatro horas después de la última comida. Las contracciones estomacales suelen durar unos treinta segundos para repetirse a lo largo de tres cuartos de hora. Luego se hacen más espaciadas. Mucho depende del estado emocional de la persona. En un estado de gran excitación se sienten menos. El momento más difícil se produce entre el tercer y cuarto día. Luego la sensación de hambre decrece aunque nunca desaparece del todo.

Qué hacer
• Racione el alimento todo el tiempo que le sea posible en función de la duración estimada que tendrá la emergencia.

• Fraccione las raciones para consumir la misma cantidad, pero en tres momentos distintos durante el día.

• Asegúrese de que todos reciban raciones según lo convenido. Nada quiebra más el espíritu colectivo, incluso en el seno de una familia, que una discriminación alimentaria arbitraria.

• En la mayoría de los parajes es posible obtener algunos alimentos de la naturaleza. La recolección, la caza y la pesca pueden amortiguar el hambre. Tenga en cuenta las calorías que ello le aportará versus las que invertirá en obtener alimentos. Ponga atención a la higiene y evitar consumir elementos que dañen su salud. Una diarrea representa un gran drenaje de recursos.

Desastres. Guía para sobrevivir
Raúl Sohr
Debate, 2017, 170 páginas.