Si alguien dice en privado que toda mujer que no sea un palo seco tiene algo de puta, no pasa nada. Si alguien rompe su propia autocensura y lo dice en éstas páginas, podría provocar desde una protesta hasta una tormenta en una taza de leche.

La cosa dependería del grado en que el empleo de una palabra “obscena”, puta (algunos preferirían prostituta, por ser más científico, o moza del partido, por ser más pintoresco, o mesalina, por ser en algún sentido más respetable), y/o la afirmación “pornográfica” de que en la mujer (junto con el deseo y el gusto por la variedad) hay un uso consciente o inconsciente del valor de su cuerpo en el mercado erótico, se estimara inadmisible en un contexto público, por mucho que todo el mundo sepa que la palabra y la afirmación son pan de cada día en cualquier cantidad de contextos privados.

Actos y lugares
Ocurre que términos como pornografía y obscenidad no pueden definirse por dentro. Su sentido está dado por la línea que traza una sociedad entre lo que entiende por público y lo que entiende por privado, o línea del “pudor” (“pornográfico” u “obsceno”: “lo que ofende al pudor”, según los diccionarios). Dicho de otro modo, a nadie se lo llevan preso por hacer el amor en su casa, la pareja que recurre al automóvil a la salida de una discoteque se expone, aunque más de un radiopatrulla humanitario se haya hecho el leso, y los enamorados de urgencia que optaren a pleno día por la Plaza de Armas estarían fritos sin apelación. No es el acto lo que se juzga, sino el lugar del acto.

La función de la palabra y la imagen en el arte está -desde esta perspectiva- en trasladar lugares, haciendo público lo privado: en el cine uno no ve los movimientos de la pareja desde la lejanía de su propio auto, como en la vida real: uno entra, junto a 400 conciudadanos de ambos sexos, y se instala en el asiento trasero, entre los muslos de la muchacha. Por eso las peores polémicas en torno a la pornografía y la obscenidad han surgido a propósito de obras de arte. Basta recordar a Joyce y a Lawrence, que pasaron una vida reprimidos por la censura, si bien ávidamente leídos de contrabando, Lawrence más que Joyce, por su menor dificultad. En un ensayo de 1930, Lawrence condena a una sociedad que se empeña en combatir la relación erótica de los cuerpos y, de tanto negarla, fuerza al individuo a satisfacerse en sí mismo. En cuanto al cine, su historia es en buena medida la historia de su lucha contra la censura.

Pero el problema no queda circunscrito aquí. Muchos repiten -como loros- que si el arte es “verdaderamente arte”, nunca es obsceno ni pornográfico, lo que representa, en el fondo, un recurso afortunado para prestigiar la circulación de “lo que ofende al pudor”. Con frecuencia el arte -volvamos a Joyce y a Lawrence- ha sido, es, o vuelve a ser, “obsceno” y “pornográfico”, según los desarrollos o reacciones en la marcha de una sociedad. Para no hablar del “arte erótico” propiamente tal , que lo es siempre. Por ejemplo, la iconografía china o hindú, las Mil y una noches, Boccaccio, los frescos pompeyanos, L´histoire d´O. Se dice que manifestaciones como éstas son obscenas y pornográficas, porque “intentan deliberadamente” estimular la sexualidad. El argumento es pantanoso. Sería difícil traer a juicio a los anónimos pintores de Pompeya para tomarles declaración en cuanto a sus deliberadas intenciones. Por otra parte, como bien se sabe, la voluntad consciente es como el cono de un iceberg, la mueve una gigantesca masa oculta. Resucitarlos no serviría de nada.

Mal gusto y Freud
Otro argumento común es el del gusto. Uno lo encuentra, en particular, cuando se trata de formas cuyo status de arte a veces no parece establecido a satisfacción de sus propios cultores, como la fotografía. Más de un fotógrafo comercial apela al criterio del “buen gusto” para legitimar su tratamiento del cuerpo humano. El buen gusto está íntimamente asociado al pudor y supone, por lo mismo, una normativa del límite. Es de mal gusto “llamar las cosas por su nombre”, y ciertamente Freud, por todo lo que se permitió publicar acerca de la sagrada intimidad de la persona, sería un tipo con el gusto en las patas.

Lo que se entiende por buen gusto es algo que dice relación con la sugerencia por oposición a la explicitez o el exceso. Para Lezama Lima la pornografía “es el espacio que media entre la puerta que se cierra y la sábana que se descorre”.

Pudor y vida
En bien de sus pecados, Lezama recorre ese espacio con escabrosa minuciosidad en Paradiso. Pero el fotógrafo de Play Boy y revistas derivadas se detiene y lo sugiere en su manejo del desnudo: los resultados son tanto o más acelerantes que cualquier explicación explícita. Tampoco produce idéntico estímulo la foto de una modelo en un aviso de ropa interior, o la foto de una bañista en una playa, cuando la función de exhibir una prenda o el disfrute del mar no se cargan de alusiones a ese promisorio espacio. El buen gusto, con su calidad invitadora, puede entonces resultar “ofensivo al pudor”.

Lo que cabe, en definitiva, es reconocer todo lo que el poder de la convención califica de obsceno o pornográfico -ya sea deliberado o involuntario, dentro o fuera del arte con mayúscula, sugerido o explícito-, como un ensanchamiento del círculo represivo del pudor. Y preguntarse acerca del valor o desvalor que una sociedad otorga a la sexualidad y a su estímulo. Porque es indudable que la agresión al pudor es un signo de vida.