Quedan tres días para que el papa Francisco arribe a tierras chilenas (antes lo hizo Juan Pablo II en 1987) y entonces surge -en diversos ámbitos de la conversación ciudadana- la pregunta sobre la importancia que un Estado laico le confiere a estas actividades, máxime cuando hay un considerable suma de dinero para materializarlas.

En un texto que escribe para El Mercurio, el Premio Nacional de Humanidades, Agustín Squella, ofrece su visión al respecto. Así lo observa.

En primer lugar, Squella se pregunta si “¿Somos una república laica?.A partir de esa interrogante, sostiene -previa argumentación- que no. ¿ Por qué?

Squella dice textualmente que Chile “es un Estado religioso, es decir, uno que no adopta un credo oficial, pero que, de muy distintas maneras, ayuda a todas las instituciones religiosas (aunque a una más que a las demás); por ejemplo, con regímenes tributarios y arancelarios de excepción, con habituales cesiones de bienes públicos, con participación oficial en actos litúrgicos que ellas realizan”.

“He ahí algo que deberíamos analizar de cara a una nueva Constitución”, advierte Squella.

Dentro de la argumentación que ofrece Squella, se lee lo siguiente:

“Damos también por supuesto que somos un país laico, y ello solo porque Iglesia y Estado están separados hace ya mucho tiempo, para bien de ambos, sin duda, porque si algo perjudica a los credos religiosos es participar o siquiera inmiscuirse en el gobierno de un país. Pueden, como cualquiera, expresar sus puntos de vista sobre los más variados asuntos, aunque es difícil que lleguen a representar a todos los que comparten la fe de que se trate. Las jerarquías religiosas están a la baja y los creyentes, muchas veces con apreciaciones diferentes acerca de cómo deben comportarse frente a determinados asuntos, prefieren ser ellos los intérpretes del mensaje del fundador de su religión y decidir con algún margen de autonomía la forma en que deben pensar y los cursos de acción que les parezcan mejores. ¿Cuánta división hubo entre los cristianos con motivo de la discusión de la ley de aborto en tres causales? ¿Cuánta en el momento que se aprobó la ley de divorcio? ¿Cuánta, mañana, cuando nos atrevamos a debatir sobre eutanasia activa? Por otra parte, viene bien al Estado hallarse separado de la Iglesia, cualquiera que esta sea, porque si lo que él tiene es el poder legítimo de utilizar la fuerza para hacer cumplir sus decisiones, constituiría un abuso invocar para ello el nombre de Dios”.