“Seis cosas hay que odia el Señor, y siete son abominación para El:
ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente,
un corazón que maquina planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal,
un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos.”
Proverbios 6:16-19

En la cinta de 1991 traducida al español como “El silencio de los inocentes” o “de los corderos”, en su versión para España, la trama gira en torno a misteriosas muertes de varias jóvenes adolescentes. Lamentablemente, en la trama que a diario seguimos conociendo sobre los abusos y crímenes sexuales perpetrados por sacerdotes y otros miembros de la Iglesia Católica, las víctimas siguen siendo, mayoritariamente, niñas y niños menores de edad. Lo que hace más terrible esto último, sin duda, es que se trata de la vida real, y que el guión parece nunca terminar.

Muchas personas, hoy adultas, que me honraron con su confianza narrándome horribles tratos y experiencias durante su infancia a manos de religiosos, confiaban en que el fin de este drama, al menos para el caso chileno, terminaría con la visita del Papa Francisco. Abrigaban la esperanza de que pese a la negativa de algunos integrantes de la curia, la valiente denuncia en primera persona que muchos compatriotas habían venido haciendo, serviría para que de una vez por todas se abrieran las compuertas a esta nueva demanda de verdad y justicia para tantos.

Pero no fue así. Un breve intento de solicitar perdón, tuvo un efímero efecto ante la sorprendentemente férrea defensa que el jefe del Estado Vaticano hiciera pocas horas después del Obispo Juan Barros, severa y públicamente cuestionado por muchos de sus pares y por una inmensa mayoría de los fieles católicos, especialmente de Osorno, que fieles a la doctrina y no a los pastores impuestos a la fuerza, no aceptan tener como pastor a alguien sindicado como cómplice del ahora suspendido cura Fernando Karadima, autor de algunas de las mayores bajezas contra niños que hemos conocido.

Contra toda lógica de quienes esperaban en el prelado argentino una mayor sensibilidad para hacerse cargo de los abusos cometidos al alero de la institución, Francisco siguió insistiendo en la inocencia de Barros, convertido a estas alturas en niño-símbolo de la auto- impunidad clerical ante la pedofilia, acusó “falta de pruebas” y, peor aún, siguió esgrimiendo y haciendo suya la ya gastada tesis de que lo que sucede en Osorno es debido a la acción de “grupos minoritarios” empecinados en resistir a este cuestionado obispo.

Es lamentable que el Papa haya dejado pasar esta oportunidad de levantar la voz, condenar los abusos y, sobre todo, de haber escuchado a las víctimas, escuchar sus testimonios, valientes y desgarradores, de haber escuchado la verdad de primera mano, y no filtrada y debilitada a través de los pasillos vaticanos y cardenalicios, o a través de esa red de protección, cada vez más visible, donde grupos fácticos apoyan y financian campañas de blanqueo de imagen y abogados de costosos estudios para “defenderlos”.

Algunos han querido alegar oportunismo de quienes hemos cuestionado la falta de atención en este tema durante la visita papal. No es así. Desde su nombramiento en marzo de 2015 las comunidades de base de Osorno han hecho ver, sistemáticamente, su molestia. La renuncia de muchos otros sacerdotes de la zona tras su llegada también fue una señal que no se quiso ver. De hecho, antes de su designación, personalmente entregué una carta suscrita por 51 diputados en el Vaticano, oponiéndose a ese nombramiento. Ahora, durante su visita, pude entregarle al Secretario de Estado Vaticano, Pietro Parolin, una nueva carta de los laicos osorninos, solicitándole al Pontífice, la salida del obispo Barros.

Lamentablemente, el muro de la impunidad sigue siendo inexpugnable. Lo lamento personalmente, porque me formé en un colegio religioso, pero lo lamento más por aquellas y aquellos que esperaban esta señal de esperanza para poder abrir su corazón, vaciar su dolor y sentir que después de tantos años, existiría la posibilidad de justicia. Pero al igual que en los casos de violaciones a los derechos humanos cometidos en dictadura, los pactos de silencio son hasta la muerte.

Muchos crímenes horrorosos cometidos contra niños y niñas quedarán impunes tras esta lápida que el Papa ha dejado caer sobre la esperanza de tantos. Cuando vino Juan Pablo II la esperanza de los chilenos estaba en que dijera algo sobre la recuperación de la democracia, ahora estaba centrada en la mano dura contra los abusos sexuales contra menores. Por eso tal vez no llama la atención que en cada actividad papal cada vez había menos gente. La Iglesia Católica perdió una gran oportunidad para reconciliarse con Chile y con el mundo.

La señal que se ha dado es equívoca y solo posibilitará que sigamos conociendo de nuevos abusos y que muchos niños y niñas oculten sus dramas ante el desamparo y la injusticia, ante el miedo. Lamentablemente, esta visita del Papa será recordada como la de la esperanza frustrada, la de la impotencia ante la impunidad, la de la falta de empatía con las víctimas. ¿Servirá al menos el tibio y difuso perdón ofrecido por Francisco para que ahora sí escuchen los testimonios contra Barros por encubrimiento?

Al parecer, pese a la votación del 18 de julio de 1870 en el Concilio I, el Papa no es infalible. Por eso, su silencio dice mucho. Aunque no tanto como todo lo que dice el ruidoso silencio de las víctimas inocentes.