En 9 semanas y media murieron 5 jóvenes mujeres. Eran actrices porno, trabajadoras. Murieron de muertes distintas pero el asesino tiene el mismo nombre: depresión, soledad, cocaína, alcohol, fármacos, bipolaridad.

Solo por ser actrices porno no salen en todos los medios: imagínense si hubiesen muerto actrices dramáticas como Helen Mirren o Meryl Streep. En cambio parece normal que Olivia Lua, 23 años, fuese hallada muerta por sobredosis en su habitación en la clínica para desintoxicarse, en West Hollywood. Normal también que pocos días antes muriera Yurizan Beltran de 31 años, suicida por exceso de fármacos.

Por lo menos August Ames, de 23 años, tuvo la decencia de colgarse de un árbol cercano a su casa en Caramillo, California. Por lo menos hubo eco entonces. Suicida por bullying en los social media; por rechazar actuar con actores gay.

Olivia Nova, murió por una infección mal cuidada en las vías urinarias, cabeza abajo en su cama en Las Vegas, con los ojos amarillos, el edema, el cuerpo hinchado. Muerta de soledad.

La primera víctima fue Shyla Stylez de 35 años. En noviembre murió en casa de su madre, la familia no quiso difundir los datos del examen toxicológico.

Un negocio como el de la pornografía, que factura más que todo Hollywood, debería encontrar soluciones colectivas, verdaderas. Está claro que esto seguirá ocurriendo, quizás cuantas veces ya sucedió sin que supiéramos nada. Una solución global, como las molestias de Weinstein y los otros “criminales internacionales”. Pero la voz de estas muertas no tiene eco, nadie se indigna o se queja, porque no son causadas, sino casuales ¿o no?