El Día Internacional de las mujeres trabajadoras significa historias de luchas y dignidad desde distintos tiempos y latitudes del mundo. Historias de abandono de fábricas, de paros a las labores domésticas y de movilización llamando a los trabajadores a plegarse a la huelga. Historias que son nuestras historias, al ser de trabajadoras mal pagadas, de trabajadoras no remuneradas, con jornadas extensas y de por vida. Historias de mujeres que se rebelaron a la miseria y al rol tradicional que les impone la sociedad.

Somos parte de esa historia de resistencias, muertes y rebeldía, y en pleno 2018, en medio de un alza de la violencia machista y de una extensión radical de la mercantilización de la vida, llegamos a este 8 de marzo con una desbordante presencia pública, creciente e ineludible del feminismo. Nada de esto es casual y menos inconexo.

El neoliberalismo ha ido creando nuevas formas de opresión para asegurar la desigualdad social con una poderosa mezcla de violencia e ideología. En ese proceso, millones de mujeres hemos sido incorporadas al mercado laboral bajo la promesa de “independencia femenina”. Sin embargo, el trabajo en las fábricas, el trabajo informal, en las casas particulares, en las oficinas, en el retail, en los “emprendimientos”, en los call center y, en general, en todos los “trabajos de cuidado” está lejos de representar libertad o independencia. La explotación que padecemos es histórica y doble: la del trabajo doméstico y, también, la del trabajo asalariado precario.

El papel que se nos ha reservado como esposas y madres en la familia tradicional ha sido reinventado para adaptarse a las nuevas necesidades de la explotación neoliberal. Toda la pobreza de la que el Estado -administrado y profundizado por la transversal política neoliberal de la Concertación/Nueva Mayoría y la Derecha- no se responsabiliza, recae mayormente sobre nuestros hombros. Cargamos con “el deber” de realizar “por amor” cierto tipo de trabajos que permiten el funcionamiento y despliegue de los mecanismos de desigualdad, al menor costo posible: si la plata no alcanza para comprar la salud que el Estado entrega como mercancía a las clínicas privadas, las mujeres debemos cuidar de las personas enfermas y en condición de discapacidad en la casa. Si las pensiones son de miseria -mientras las AFP se enriquecen-, las mujeres tenemos las pensiones más bajas y el cuidado de los empobrecidos jubilados depende de nosotras. Así, la mercantilización de los derechos sociales, se convierte en más agobio y explotación por ser consideradas como responsables “naturales” de sostener humanitariamente la vida.

En este crudo escenario, como por una urgencia indetenible de vivir, es que renace la necesidad consciente de reconstruir la solidaridad, la acción colectiva y la organización política como formas de defendernos de los continuos ataques a nuestras vidas. Una situación defensiva, que debe pasar a ser nuestra razón para la ofensiva; nuestra razón para sostener con convicción que la lucha feminista es una lucha a favor de toda la sociedad y que cuando el feminismo avanza, avanza la sociedad completa.

Por eso, somos parte de la construcción de un movimiento feminista transversal. Presente en las luchas por la recuperación de nuestros derechos sociales que han emergido durante los últimos años y que han movilizado y conmovido a la mayoría de la sociedad: las luchas por la educación, por la salud, por la vivienda y por eliminar las AFP, pues en aquellos conflictos, y en la conquista real de esos derechos, es donde hoy se expresan las condiciones necesarias en las que se sostiene parte importante de nuestras vidas. Haciendo que allí nuestras voces y demandas tengan un lugar central. Un movimiento feminista que no se deja meter en la trampa del corporativismo. Un movimiento feminista que busca la liberación para todas las trabajadoras y no sólo para un pequeño número de mujeres, que sostienen su posición de privilegio sobre el trabajo de otras: que cocinan, limpian y proporcionan servicios de casa particular a cambio de salarios bajos y ausencia de derechos laborales. Somos parte de un movimiento feminista que se reconoce en la historia migrante del trabajo: del tránsito histórico del campo a la ciudad, del conventillo al call center, del campamento al retail, de la población a la comuna dormitorio y de cualquier latitud del mundo a otra, en busca de mejores condiciones de vida. Un movimiento feminista para superar la estrecha política de la transición por una sociedad libre e igualitaria.

Este movimiento feminista no se reconoce en el legado concertacionista pues no concibe administrar mejor este modelo sino superarlo. No basta con “a igual trabajo igual salario”, sin salarios dignos para las mayorías trabajadoras, visibilizando y valorando el trabajo reproductivo. No solo busca “mejorar” las pensiones de las mujeres, sino que quiere seguridad social garantizada. No pone su centro en endurecer las condenas de los agresores, y menos en restablecer la pena de muerte, sino que se propone transformar el contexto social, económico y cultural que hace de la violencia contra las mujeres algo normal. No se complace con “cuotas de género”, sino que apuesta por transformar la política, ampliarla a la sociedad y expresar allí los intereses de las mayorías.

Un feminismo que emerge y se reconoce en la diversidad, donde no anulamos la diferencia; porque la tomamos en serio. Antagonismo contra quienes producen y refuerzan la desigualdad, la violencia, la injusticia y la explotación de la mercantilización de la vida, contra quienes lucran con nuestros derechos y contra quienes cuidan sus intereses empresariales y patriarcales. Desde allí construimos nuestra unidad. Desde un nosotras, feministas, que sí asumimos un legado como propio, y ese, es el legado histórico de la rebeldía, como un acto profundamente humano y universal, al luchar por la imposibilidad de tolerar la opresión y por la urgencia de ponerle freno.