La ciudad se despliega de cerro a mar, en casi dos kilómetros, como una frazada arrugada. Esta frazada resulta corta, a la hora de cubrir a los campamentos. Las ligeras casas color corcho forman telarañas, en las faldas de las calvas colinas. El apriete ha provocado que las viviendas trepen por las laderas, en una imagen que turba a las autoridades.

El precioso cuento de la minería es el culpable de las miles de personas que llegaron con lo puesto, a Antofagasta, en la última década. La fantasía es: trabajo y prosperidad, a corto plazo. Sin embargo, la denominada “Perla del Norte”, no es Dubai, ni nada que se le parezca. Por el contrario, es una ciudad de un marcado contraste social; basta situarse en el cerro, y dirigir la mirada lentamente hacia el océano. En la costanera están los edificios y condominios, lo bello y lo limpio; en el cerro, los campamentos. Al medio, la línea del tren.

El sueño del bienestar permanece atorado en la precariedad de los asentamientos, que albergan a casi seis mil familias, sin condiciones sanitarias, según el último informe del Centro de Investigación Social de Techo. La mayoría son inmigrantes de Colombia, Bolivia y Perú.

Sin ventanas

La gruesa cañería como columna vertebral separa las casas de un breve despeñadero. El camino está entre la cañería y el precipicio. En medio aparece Javier Mauricio Riveros, 37 años. Nos advierte que caminemos hacia allá, hacia el norte, a su casa, para el diálogo pues para el otro lado, están los jíbaros. Le dicen jíbaros a jóvenes que venden drogas, y no es extraño que estén armados. Son las 11 horas.

El lugar se llama campamento “Camino hacia el futuro”, puede considerarse como el techo del sector Villa Las Américas.

Vivir al lado de la cañería puede ser complicado por los temblores, reconoce. La tubería parece la cola de un dinosaurio. “Aquí tiembla bastante”, afirma, y teme que las casas se puedan desprender. Por la tubería, que parece sólida, escurre parte del agua que abastece a la ciudad. No hay fugas de agua. Y ellos, a veces, carecen de agua, pero los vecinos están organizados y siempre tienen soluciones, sostiene.

Un detalle: la casa donde habita Javier y su familia no tiene ventanas. Él, trabaja en una empresa de aseo. Su señora, Magnolia, labora en un supermercado, a la que califica como una empresa chévere. Su hijo, Andrew, estudia en la escuela Escondida, a unos metros más al norte, y dice que ha ocupado los mejores puestos. Si pasaran el día en la casa, como ha sucedido en el verano, dice, los tres vivirían en la oscuridad, sin embargo están todo el día afuera, estudiando y trabajando.

Lo de la carencia de ventanas es por protección, o llámele, seguridad. Hay robos. Hay microtráfico evidente de drogas. Y volvemos a los jíbaros. Nos asomamos y siguen en su sector. Son tres o cuatro casas por donde sólo transitan ellos. Su casa, la sin ventanas, la construyó su hermano. Su hermano llegó primero y se fue. Nunca le robaron. Dice que en sus planes está construir una ventana, pero pequeña, donde quepan los rayos del sol por la tarde y puede entrar el aire.

Javier Mauricio ignora la historia de aluviones de Antofagasta y no teme vivir tan pegado al cerro, a los costados del Salar del Carmen. Llegó hace más de un año, un 29 de noviembre, proveniente de Medellín o Medallo, y un familiar le heredó su casa sin ventanas. Este paisa, sonríe cuando lo llaman así, reconoce que la ciudad lo acogió bien, con muchas oportunidades. “Colombia es un país bonito, pero no hay oportunidades para quienes somos de allá. No hay empleo. Para todo en la vida uno necesita un empujoncito, pero si no lo tienes para el empujón es muy difícil y se vive de lo mínimo. Falta hasta para comer en Colombia, si está asegurado el arriendo. Es difícil para la gente simple, como nosotros”.

Recuerda a los jíbaros de Medellín, en su infancia. “En el tiempo de Pablo estaba chico. Escuché muchos familiares afectados por la delincuencia. Tuvieron que irse de Medellín. A mí me tocó lo de los Paramilitares o los Paracos, que desterraron a muchas personas de los pueblos y de la tierra. Era me vendes la tierra o me vendes”.

-¿Cómo se imagina en cinco años?
-Ya viviendo en la parte de abajo, en Antofagasta. Estamos en un proyecto que deseamos. Aquí puede venir el gobierno un día y levantar todo esto.

Panadera solidaria

La panadería solidaria lleva poco tiempo funcionando en el campamento “Nuevo Amanecer Latino” del sector Los Arenales. Hay que sumergirse en la profundidad de las improvisadas calles de tierra para llegar a ésta. Llegamos a una hora donde no hay aroma a pan. Nadie nos abre la puerta. Preguntamos. Hablamos con la secretaria de la toma. Nos indica una casa. Golpeamos.

La señora Lorenza Vaca, 54 años, es boliviana. De Santa Cruz de la Sierra. Se levanta a las 4 de la mañana, todos los días, para amasar. Su especialidad es el pan boliviano. Una colombiana se encarga del pan colombiano. Y también hacen pan chileno, hallullas.

El pan boliviano lleva ingredientes como levadura, leche y manteca. El colombiano lleva queso adentro. El pan chileno es con más azúcar y manteca. En los campamentos se lleva más pan colombiano y boliviano. El chileno no sale mucho.

En total, fabrican 12 kilos en la mañana y en la tarde. El primer turno parte a las 4 de la mañana y el pan sale a las 6 de la mañana. El segundo turno es en la tarde, comienza a las 13 horas.

Explica que la panadería es solidaria porque beneficia a todos. Es decir, a todos los campamentos que se distribuyen por los Arenales. El pan se vende a bajo precio. Son cinco panes por luca. Cinco panes por persona.

Dice que le gusta este Chile desértico. Recuerda el verde de Santa Cruz. La lluvia. Aquí es distinto, dice. Los cerros de arena aplastan. Reconoce que se vino a los 19 años. Está acostumbrada al sector.

-¿Cómo se imagina en cinco años?
-Estoy bien, por el momento. En cinco años me imagino en Antofagasta, mejor de lo que estoy ahora.

Reglas del Padre Berríos

Es raro clasificar un campamento de condominio, pero el Luz Divina 6, en el sector La Chimba, lo es. Primero: cierre perimetral; segundo: una biblioteca comunitaria, en vez de piscina con salvavidas; tercero: reglas claras de convivencia y cuarto: los vecinos pagan la electricidad, agua y hasta cable, es decir no viven gratis. La diferencia es la presencia del Padre Felipe Berríos, en la casa número uno, al lado de la biblioteca comunitaria donde conviven Biblias con el Quijote, o textos de Borges. Aunque lo importante de la biblioteca es el internet.

La puerta de la casa del jesuita, tiene un indicador de madera con dos estados: Estoy en casa o no estoy. Tuvimos mala suerte. Demasiado ajetreo para el cura. Sin embargo, no íbamos con la intención de hacer la clásica entrevista al sacerdote y sacarle aquellas cuñas con eco sobre el estado de la fe católica en Chile o la inmigración. Sabemos que una buena frase del padre se cuela hasta debajo de la alfombra. No. Íbamos a saludarlo, y que nos recomendara hablar con algunos vecinos.

Jennifer Tapia, 24 años, es de Lima, Perú, y vive en el campamento hace tres años, al que califica de distinto. Jennifer irradia alegría cuando habla. Parece contenta, relajada. A Jennifer la hallamos entrando al campamento. A simple vista, Luz Divina 6 es un campamento distinto. No cualquiera entra. Entramos de patudos. Hay puertas de metal donde los vecinos sólo tienen acceso con llaves. Al interior del campamento no vuela ninguna mosca. “Esto no tiene ninguna comparación con otro campamento. El padre es la cabeza y nosotros tenemos reglas”, dice Jennifer, quien carga un carro de supermercado con bebidas y aguas. Es comerciante ambulante. Por las mañanas, Jennifer, se ubica a un costado del consultorio y entre otras cosas, vende desayunos.

Jennifer cuenta que en otros campamentos se ven cosas malas y feas, lo que no es mentira según nuestra experiencia. Valora las reglas que les ha permitido mantener una buena convivencia con los vecinos. Se declara privilegiada. “Esto es un condominio. Todos nos cuidamos. Si entra una persona extraña nos pasamos el dato. Más que vecinos, aquí somos como amigos. Es un barrio, como antiguamente lo era. Así es nuestro campamento”, dice con orgullo, como si describiera al nirvana.

En los alrededores del Luz Divina 6, además de perros vagos que buscan la pantorrilla para hincar el diente, hay campamentos dispersos, desordenados, sin cierre perimetral. Hay rucos donde es fácil deducir la presencia de la pasta base. Sin embargo, el Luz Divina 6, con sus estatutos, brilla en el páramo junto al Luz Divina, que está más arriba. Claro, denominarse Luz Divina marca la diferencia en el sector.

¿Reglas?.Jennifer Tapia, decanta:
-No se puede vender tragos alcohólicos.
-No se puede vender cigarros.
-Se puede compartir en una casa sólo hasta cierta hora, para no molestar a los vecinos. Hora límite, fin de semana: 3 de la madrugada.
-Los sábados a misa.
-Los vecinos deben ser tolerantes con otros vecinos.
-Están prohibidas las agresiones físicas y verbales.

Jennifer redondea en este último punto: “Si hay un problema con una vecina o vecino, a los primeros que tenemos que recurrir es a los jefes o jefas de pasajes. Ellos son los mediadores. Se hace una reunión, se conversa. Luego de esto se va a la presidenta del campamento. Si no hay solución, se llega al Padre Felipe Berríos. Aquel es el conducto”, afirma.

-¿El padre Berríos es a fin de cuentas quien impone las reglas del campamento, más allá de un vecino?
-Sí. Con el padre vamos todos y todas. Esto funciona así porque todos respetamos al padre. Él es muy bacán como persona. Cuando él hace misa los sábados se pasa muy bien, genial. Él es una persona normal. Nosotros que convivimos con él, podemos decir que no es una persona seria, a nosotros nos bromea, como vendo desayunos, él me dice: Jenny, a cuántos envenenaste. Uno lo trata como un amigo más. Él está en una misión, y luego tendrá que ir a otro lado, pero por él, quiere quedarse acá con nosotros, por lo menos, eso dice cuando conversa con nosotros.

-¿Cómo se imagina en cinco años?
-Nosotros estamos postulando al subsidio habitacional. Si Dios quiere en cinco años más nos dan el departamento. En cinco años más me veo en el departamento y veo a otra familia ocupando el sitio donde yo estoy, que es un terreno de tránsito.

Un desalojo

Esteban, de cuatro años, camina con un palo, armado, por la tierra. Porta el palo porque teme que Carabineros golpee a su madre. El último desalojo en el campamento René Schneider, fue traumático para el niño. Carabineros arribó a las nueve horas, cuando sólo están las mujeres y sus hijos.

Thiare Alringo, 21 años, antofagastina, es dirigente en el campamento, secretaria. Cuenta que las conversaciones con la gobernación están estancadas. No hay voluntad para entregarles una hora, pues quieren “que nosotros desalojemos esos terrenos que pertenecen al Estado, para recién lograr un diálogo”. Dice que la nueva autoridad, cuando quiso conversar, lo hizo rodeada de Carabineros y PDI, en su protección. Aclara que no se trata de nuevas autoridades o viejas, porque el trato siempre es similar, prepotente hacia ellos, pero con ciertos matices. “El hecho de venir a dialogar con tanta protección, es una evidente muestra de dientes antes de un desalojo”, afirma.

El último desalojo, de los tres anteriores, fue el más violento, reconocen desde lo alto, donde los barcos sujetados en el océano parecen de papel. “Salieron personas lastimadas. Fuerzas Especiales nos golpeó, a pesar de las cámaras de televisión. Ellos llegan temprano, a las nueve. Saben que hay mujeres porque la mayoría de los hombres parten a trabajar. Nosotros estamos ahí, para hacerles frente. Somos mujeres, la mayoría, pero no porque lo seamos, no nos defenderemos”, dice.

“Nadie puede aguantar tanto maltrato. Fue horrible tratar de llegar a un diálogo con ellos y que luego se pusieran agresivos. Carabineros quería hacer por detrás lo que todavía no se llegaba a conclusión con el diálogo. Eso indignó a la gente. El roce de palabras le sonsacó la agresividad a Carabineros. Había un niño de cuatro años y otro recién nacido”.

-¿Qué efecto tuvo esa expresión de violencia en los niños presentes?
-El niño de 4 años (Esteban), quien vive acá, prácticamente ve a un carabinero y agarra lo que tenga a mano, para defenderse, porque le pegaron a su mamá. A él lo empujaron y cayó al suelo. Es complicado que un niño tenga esa visión de ellos, pero fue en un momento que se desbordó la violencia.

Thiare camina por un sendero en la ladera del cerro. Mira la ciudad que se expande como una maqueta gris hacia el mar, y sueña: “Aquí yo quiero una población, con plaza, calles, asfalto, alcantarillado y electricidad. Por eso estamos luchando pues nacimos en el sector y queremos vivir aquí, pues la otra ciudad, la de abajo -apunta- es muy cara para vivir”, dice. Por ahora, el agua es comprada por una cooperativa entre los vecinos, y la electricidad se las entrega hasta cierta hora, la población aledaña.

Las viviendas del campamento René Schneider, que albergan alrededor de 70 familias, entre chilenos, ecuatorianos y bolivianos, se esparcen como cordón en la ladera del cerro. Son construcciones frágiles. “Por suerte no llueve”, dice una vecina. Sin embargo, el frío se cuela. “Hay que dormir abrigado, eso importa cuando aparece la luna”.

Thiare Alringo aclara que ante un nuevo desalojo, se defenderán con todo. “Están todas mis cosas en la casa. Así como yo estoy en esta parada, están todos. Nadie dejará que vengan a sacarles todas sus cosas. Y aquí estamos, a la espera de defendernos a pesar del miedo, y los nervios, de enfrentarnos a profesionales armados”.

– ¿Cómo se imagina en cinco años?
– Aquí en mi casa. Quizás me costará, pero yo trabajaré todos los días para comprar mi techo y mi cocina.