En la hípica existe una costumbre que se observa escrupulosamente: cada vez que muere algún jinete o preparador, sus compañeros de trabajo, autoridades de los hipódromos y cuidadores de caballos próximos al difunto forman una fila en la pista de carreras, justo antes de que se corra el clásico de la respectiva jornada, mientras que los ejemplares que van a disputar esa prueba, camino ya del partidor, se detienen allí para sumarse al homenaje. Se anuncia entonces por los parlantes un minuto de silencio y cesan las conversaciones de los apostadores en bares, patios y tribunas del hipódromo. El locutor oficial presenta la biografía hípica del muerto y al término de sus palabras suena una trompeta que marca el inicio del minuto de recogimiento, que finaliza con un “muchas gracias”. Se reanuda luego la actividad, como si nada, porque la hípica es un espectáculo que tiene el deber de continuar.

El miércoles 9 de mayo, a las 16.35 hrs., antes de disputarse el clásico Cuerpo Consular, en el Valparaíso Sporting Club se guardó un minuto de silencio por Enrique Frías González, el Rey, exjinete de saltos que corrió también en plano, ganador en su tiempo del Gran National, sobre 4.800 metros, la carrera más larga de Chile, quien entre sus muchas anécdotas cuenta con una muy buena: allá por los años 60 ganó la primera carrera disputada el día del Derby, una modesta serie que puso en la pista a 16 competidores, y el Rey, ya de vuelta a la fotografía de rigor, siguió de largo por la pista, se paró en los estribos, agitó la fusta en el aire y trotó con su caballo frente a los recintos de paddok y galería para recibir los aplausos del público, que es lo que hacen todos los años los ganadores del Derby, mas no el ganador de cualquier carrera que se corra ese mismo día. Algo así como una vuelta olímpica hípica. El pingo, “Minimum”, pagó 70 veces y puso eufóricos a sus apostadores. Enrique Frías agradeció ese día los aplausos, pero fue sancionado por la Junta de Comisarios. Los hipódromos tienen sus reglas y el Rey se había echado al bolsillo una de ellas al comportarse como ganador de la prueba el Derby en circunstancia de que solo había triunfado en una carrera en la que habían participado los finasangres más humildes de la cancha.

Enrique Frías tenía una gracia: ya retirado como jinete, llegaba todos los años al Derby vestido de manera impecable. Camisa blanca, corbata, chaqueta azul marino con un par de botones dorados, pantalón también blanco y zapatos claros de cuero, de esos que no se lustran, se pintan. Saludaba a todo el mundo y no había nadie que no le retribuyera. Con su buen aspecto y mejor talante, el Rey quería ser una prueba viva y colorida de que el Derby es un día de fiesta para los hípicos que llegan al hipódromo viñamarino a disfrutar no de una carrera, sino de un programa que cuenta hoy con más de 25 pruebas que se disputan entre las 9 de la mañana y las 11.30 de la noche. Con tal cantidad de carreras nadie sale con dinero en sus bolsillos y algunos abandonan el recinto no más corrida la prueba del Derby. “Misión cumplida”, parecen decir al salir en largas filas hacia calle Los Castaños, mientras los apostadores más porfiados permanecen allí buscando la salvadora trifecta. El día del Derby se bebe lo suyo, cómo no, y lo extenso de la jornada aconseja empezar con agua, o cuando más con una cerveza, e ir derivando luego al vino y otros licores según avanza la tarde y la brisa que agita los toldos empieza a refrescar la cara enrojecida de los jugadores
Enrique Frías cayó en una carrera que disputó en el Hipódromo Chile y se lesionó de gravedad uno de sus ojos, que le quedó algo fijo y de un tamaño distinto al del otro. Eso confirió un aspecto divertido a su semblante, reforzado por una sonrisa abierta y entradora. Nunca dejó de lado sus buenos modales, y al llegar a cualquier mesa de alguno de los bares del hipódromo recibía siempre una invitación a servirse algo antes de que él lo pidiera. Bebía con moderación, algo que no puede decir El Pluto, Juan Frías González, su hermano menor. Cuentan que el Rey mantenía cerca de 20 perros en los alrededores de su casa en Miraflores Alto. Les daba de comer todos los días y hasta adiestró a un par de ellos para que lo saludaran antes de recibir su alimento. Jugaba tejo en la Sociedad Cosmopolita de Socorros Mutuos de Viña del Mar, donde ganó fama de imbatible.

Conversé largo con el Rey cuando escribía “Hermano no tardes en salir” (Ediciones Lolita, 2016). Tenía que reunir información sobre su hermano, uno de los dos personajes de ese libro, y Enrique habló con gran cariño de Juan, a quien trajo a Viña desde Santiago después que este terminara su servicio militar en Arica. Estamos en 1964 y acababan de matar a Kennedy en Dallas. El Pluto había aceptado un trabajo como acomodador en un cine de la capital, pero el Rey consideró que la hípica sería un mejor destino para él. Juan Frías llegó a ser también un buen jinete de saltos y hoy deambula por los recintos del hipódromo viñamarino ofreciendo sus servicios como peluquero y animando la fiesta allí donde se encuentre. Cuenta chistes largos y muy malos, pero es un gran imitador de Mario Moreno, Cantinflas, y tiene esa felicidad estructural del inolvidable personaje del cómico mexicano.

En sus mejores tiempos, Enrique Frías circuló en moto por el barrio y los alrededores del Sporting. Su fama se acrecentó cuando triunfó en una carrera disputada en el hipódromo argentino de La Plata, el 17 de abril de 1976. Existe una fotografía de diez años antes en la que Enrique Frías aparece en los lomos de “Nevería”. Ese día, cargando 53 kilos, la yegua había ganado una prueba de 1.300 metros en pista barrosa. En la fotografía, el Rey se ve idéntico a su hermano, casi como si fueran gemelos. El parecido lo confirma otra instantánea, del 29 de septiembre de 1989, en la que ambos aparecen tomando de la barbada a “Chicle”, ejemplar que había ganado una prueba hándicap en el Sporting.

Juan Frías, el Pluto, no tiene inconveniente para reconocer que su hermano Enrique, el Rey, era mejor arriba de un caballo. Volvió a decirlo la tarde del 9 de mayo en el Sporting mientras pedía una botella de Santa Emiliana. Fuimos varios los que en memoria de su hermano brindamos esa tarde con él. Falta mucho aún para el próximo Derby, que se correrá el primer domingo de febrero de 2019, pero ese día veremos aparecer nuevamente al Rey, en nuestro recuerdo, con su tradicional vestimenta de verano.