El primer click lo tuve a principios de este año, en el living de mi casa. Estaba viendo el noticiero, cuando pasaron la famosa respuesta que el Papa Francisco dio a una periodista que le consultó por el caso Barros.
“No hay una sola prueba contra el obispo Barros, todo es calumnia”, dijo Bergoglio.

Me fui para adentro. Hubo algo que me golpeó muy fuerte. Me dije, “si yo hubiera hablado esto antes, o hubiera denunciado, a lo mejor Francisco no habría dicho esa frase”.

Mi nombre es Abel Soto Flores, y nací el año 1968 en la comuna de Chillán Viejo. Mi hogar no era uno bueno; mi padre era un alcohólico empedernido y mi madre, asesora del hogar, era golpeada por su marido prácticamente todos los días. Tanto ella como mi hermana mayor, quien me supera por sólo un año, fueron ultrajadas y violadas por él.

Desde niño siempre fui cercano a la Iglesia, ya que siempre pertenecí a los scout. Ahí fue donde conocí a Francisco José Cox, el año en que llegó a asumir su obispado a Chillán. Yo tenía seis o siete años.

¿Qué impresión me causó? Pucha, era enorme, grande. Era cariñoso, bonito, yo lo encontraba súper cercano, como un gran papá. A él le gustaba que nosotros le dijéramos “Tata”.

Yo ya era acólito en la parroquia de San Bernardo, que está al frente del parque Monumental Bernardo O’Higgins en Chillán Viejo. Llegamos ahí muy chicos. Si bien no participábamos de la eucaristía, nos hacían revestirnos y quedarnos a un costado del templo.

Cuando llegó Cox, una de las primeras cosas que noté era que él buscaba nuestras bocas. Cuando se acercaba a saludar, siempre nos dio grandes besos en la boca. Y al minuto de abrazarnos, nos tocaba el trasero.

Él andaba siempre en una camioneta Chevrolet, una C10 antigua color celeste. Siempre nos invitaba a que nos subiéramos en la parte de atrás y nos daba vueltas por la plaza. A veces, nos invitaba a salir a pueblos cercanos como Cobquecura o a Pinto.

De esto, mi mamá sólo sabía que yo iba donde el “tata” Francisco. Mi papá nunca se interesó.

Él vivía en un hogar –donde entiendo que viven los obispos hasta hoy- llamado Casa Tabor. Quedaba en avenida Collín con O’Higgins. Era una casa de ejercicio donde adentro tenían un pequeño departamento para él. Cuando visitaba Chillán Viejo, nos invitaba a que fuéramos a verlo. Rara vez fuimos de dos o tres, casi siempre íbamos solos.

Lo entretenido era que allá comíamos torta, ricos desayunos y, especialmente, que salíamos de Chillán en su camioneta. Eso era lo máximo.

Una de las ocasiones que fui a la Casa Tabor, él me sentó en su falda, y comenzó a frotar su cuerpo con el mío. Yo sentí que él se excitaba conmigo, aunque en ese minuto yo no lo interpretaba así. Sólo sentía su pene erecto a través del pantalón.

Recuerdo que él me abrazaba, tiritaba mucho y me daba muchos besos. Me acariciaba por todas partes de mi cuerpo, y yo sabía que eso lo hacía sentir bien. A los 10 años, yo no sabía qué era lo que estaba sucediendo. Luego de que todo terminaba, él me pasaba plata para que yo me fuera en micro. “Ya Abelito, váyase que se va a hacer tarde. No se olvide que tiene que volver la próxima semana”, me decía. Y yo volvía.

Esto se extendió, fácilmente, por tres o cuatro años.

Correspondencia a Roma
El último día, cuando se fue de Chillán, la Casa Tabor estaba llena. Mientras la gente lo ayudaba a cargar sus cosas, nos contaba que se iba a Italia, en un vuelo de la aerolínea Lufthansa.

Me dejó varias estampitas del Vaticano y una libreta roja donde me escribió “con mucho cariño, para Abelito”. También me anotó la que sería su nueva dirección, y nos enviamos cartas cada dos meses, aproximadamente.
Yo le contaba cómo me iba en el colegio, qué tal estaba el grupo scout, y cómo estaban mis amigos. Yo tenía 12 o 14 años.

Me enteré de que regresaba a Chile cerca del 85’, ya que debía preparar la visita del Papa Juan Pablo II. Ese año Francisco viajó a Chillán Viejo para hacer una misa. Ahí nos acercamos con los demás chicos que siempre andábamos con él, y a cada uno nos dio un tremendo beso en la boca. Yo ya iba por los 17 años, y a esa edad ya no me gustaban esas cosas, me desagradaba que me tratara así.

Estudios en La Serena
Luego de egresar del colegio, tuve que elegir dónde estudiar. En La Serena, donde Cox estaba de obispo coadjutor –debajo de Bernardino Piñera- era el único lugar donde podía conseguir pensión, alojamiento.

Estuve viviendo en el Arzobispado un buen tiempo. Ahí conocí a Bernardino. El día en que llegué en bus, me asignaron una habitación en el segundo o tercer piso. Entré a ducharme y sentí que golpearon fuerte la puerta. Era el “Monse” [Cox], que venía a saludarme.

Salí en toalla a saludarlo, y me abrazó tan fuerte, que se me cayó la toalla. Recuerdo que me acarició el trasero y yo hice un gran esfuerzo por separarlo. Yo ya estaba pololeando, y ya no me parecía natural que él siguiera buscando darme besos en la boca. A esa altura, yo ya quería zafarme de eso.

Al tiempo, le pedí que me ayudara a conseguir otro lugar donde alojar. Él me consiguió una pensión con una familia muy acogedora que trabajaba en el Arzobispado. Él pagaba todo.

Me consta que hizo lo mismo con otros jóvenes. Siempre había un par de niños que entraban y salían constantemente de su oficina. A uno, incluso, le puso una tarjeta en la camisa, que decía “esclavo”. Era motivo de risa para todos.

No conocí personalmente a Manuel Hervia. Supe de él a través de algunas publicaciones de prensa. Cuando él comenzó a denunciar lo que ocurría en el Arzobispado, yo pensaba “chuta, este hombre está contando exactamente lo que a mí me pasó”. Sentía muy mío su testimonio.

El poder de Cox
Creo que Francisco no ha enfrentado a la justicia porque hubo un encubrimiento que operó desde el minuto en que salió de Chile. Protegido por Errázuriz, Bernardino Piñera y el episcopado en general. Es un hombre de mucho poder aquí. Si tú miras las fotos de la visita de Jun Pablo II, él aparece en la mayoría. Era un hombre muy importante para la curia.

Creo que por eso los medios no le dieron tribuna al tema. En más de una ocasión pensé en denunciar, pero no tuve el valor. “¿Quién me va a escuchar?”, pensaba. No me atreví a ir con el cura de la parroquia a la que iba, porque en esos años, cerca del nacimiento de mi hija, ya se hablaba de encubrimiento.

La vez que estuve más cerca de denunciarlo fue cuando se destapó que él había violado a un niño en su oficina en el Arzobispado. Recordé perfectamente esa oficina, su escritorio, su silla. Tuve ganas de decir “yo también fui manoseado, también fui abusado”.

En esa ocasión envié una carta a El Mercurio, donde conté lo que me había pasado. Recuerdo haber incluido la frase “yo también fui uno de los niños que anduvo en su camioneta”. Recibí la respuesta de alguien que se identificó como un editor, quien dijo que tenía un familiar muy cercano a los Cox, quienes estaban muy afectados por la situación. Me dijo que si publicaban mi carta, se podía agravar la situación. Y no me publicaron la carta. Ahí me di cuenta del grado de poder y protección con el que contaba Francisco José.

Me consta que no fui el único que vivió lo que yo viví. Te podría dar nombres de amigos contemporáneos míos de Chillán y Chillán Viejo, incluso. Con los años me he encontrado con ellos y una pregunta recurrente es “¿has recibido carta de Francisco?”.

¿Por qué hablar ahora? Creí que era necesario que esto se sepa. Que quienes sufrimos de esta situación seamos reconocidos como víctimas. Anoche, cuando me dijiste que podíamos hacer esta entrevista, y no me preguntes por qué, dormí súper bien. El sólo hecho de contárselo a alguien, aunque sea un extraño, me ayudó. Cuando le dije a mi señora e hijas que esto iba a salir publicado, me abrazaron largamente. “Estamos muy orgullosos de ti”, me dijeron. Y yo sólo atiné a llorar.

Una breve cronología del monseñor Cox

Hay una cosa en la que coinciden casi todos los sacerdotes y periodistas que han estudiado el caso de Francisco José Cox Huneeus: no era un obispo cualquiera. Nacido en una familia de clase alta, estudió filosofía, teología y derecho en universidades europeas, antes de ordenarse como sacerdote schoenstattiano en Suiza junto a su compañero de armas, el ahora cuestionado cardenal Francisco Javier Errázuriz. En 2002 dejó Chile en silencio, tras las insistentes denuncias sobre presuntos abusos cometidos contra menores. Cox, quien permanece recluido en un hogar de Schoenstatt en Vallendar, Alemania, nunca enfrentó un proceso canónico o civil.

Por Jonás Romero y Benjamín Miranda

1933: Nace en Santiago, hijo de Eduardo Cox y Yolanda Hunneus.

1954: Ingresa al noviciado en 1954, para luego ingresar a la orden de Schoenstatt. Combina dos años de economía en la Pontificia Universidad Católica, y estudios de teología, filosofía y derecho en universidades europeas.

1961: Es ordenado sacerdote en Friburgo, Suiza, junto a Francisco Javier Errázuriz y Camilo Manuel Vial, entre otros.

1964: Se hace cargo del Movimiento Apostólico y asume como asesor de la juventud schoenstattiana en Madrid. Al año siguiente, regresa a Chile.

1971: Asume como párroco de la Iglesia Nuestra Señora de los Dolores, en Santiago.

1974: Es nombrado obispo de Chillán por el Papa Pablo VI. Asume en una ceremonia el año 1975.

1981: Es llevado a Roma por Juan Pablo II, como obispo secretario del Consejo Pontificio para la familia.

1985: Regresa a Chile como obispo coadjutor de monseñor Bernardino Piñera en La Serena. Al poco tiempo, asume como organizador de la visita que Juan Pablo II haría a Chile en 1987.

1990: Es nombrado Arzobispo de La Serena.

1992: Manuel Hervia, un sacerdote diocesano de La Serena, habría presenciado a Cox teniendo relaciones sexuales con otro joven. Según relata, su primera denuncia la hace ante Carlos González Cruchaga y Alejandro Goic.

1997: Luego del crecimiento de los “rumores” en torno a él, se comunica su renuncia a labores pastorales. Casi una década antes de cumplir los 75 años reglamentarios, es declarado arzobispo “emérito”.

1999: Es designado presidente de la Comisión Nacional del Jubileo 2000 en Chile.

2001: Es enviado en marzo al Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) en Colombia.

2002: Su viejo amigo, Francisco Javier Errázuriz, se refiere al caso de Cox en Canal 13. Afirma que el Monseñor será “obispo hasta que se muera”, y que habría sido objeto de rumores “debido a una forma de afectuosidad de él muy distinta a la que es usual entre nosotros”.

Ese mismo año, sacerdotes de la diócesis de Chillán publican en El Mercurio una carta en defensa del Arzobispo. “Nos parece que monseñor Cox ha sido acusado, juzgado y condenado sin prueba concreta”.

Cox se traslada hasta un hogar que la congregación de Schoenstatt tiene en Lucerna, Suiza, donde cumplirá su retiro autoimpuesto.

2012: Debido a la detección de un cáncer, Cox se trasladado hasta Vallendar, Alemania, al principal monasterio de su congregación.

2018: Fieles de La Serena protestan por la inclusión de su nombre en una placa conmemorativa en la catedral de la ciudad. A sus 85 años, Cox sufriría de demencia senil en su retiro en Alemania.