Querido Rafael,
Ya llevamos prácticamente un mes de intercambio de cartas y todavía el movimiento se mantiene vivo, aunque ya hemos comenzado lentamente a ver ciertos resultados de la negociación, por lo menos en algunas universidades, pero el gobierno brilla por su ausencia porque precisamente se conformó con su famosa “Agenda Mujer”, y entregó protocolos a las universidades, y nada más. Muy a mi pesar, nuestros/as/es estudiantes, no supieron cómo reaccionar al respecto.

Sobre tu último punto – bastante provocativo, por cierto-, me gustaría desarrollar algunos argumentos. De hecho, esta es la generación que ha tenido más juguetes en la historia de Chile. Aquellos jóvenes fueron criados en ambientes en que se les entregó todo, y sus padres se esmeraron por ello. Los millennials, por lo que he podido apreciar, carecen de tolerancia a la frustración, y suelen culpar al medio de sus fracasos. Lo que resulta paradójico de esta situación son varias cosas, entre las que me llama poderosamente la atención, la nula capacidad de entender el concepto de debido proceso, Estado de derecho, y división de poderes del Estado. Es más, he podido observar con sorpresa, el hecho de que en varias universidades, están pidiendo botones de pánico a los ambientes “inseguros”, o en su efecto, no entregar títulos universitarios a personas que hayan resultado culpables de acoso sexual.

Ante ello sus profesores, han reaccionado de manera cómplice, y se han esmerado por llegar a acuerdo con estos grupos, porque a estas alturas, incluso personas sin legitimidad política se encuentran a la cabeza de las tomas y los paros en desmedro de la organización estudiantil, que al igual que los partidos políticos del sistema chileno, han quedado estupefactos mirando cómo les pasa la ola feminista por encima, y les moja sus pertenencias a la orilla de la playa.

Asimismo, he observado con asombro la violencia con que se ejercen ciertos liderazgos de las chicas que conducen el movimiento, emulando precisamente lo que las feministas combatimos con fuerza dentro de las estructuras partidarias como las formas patriarcales del ejercicio político, muy recurrentes en los partidos institucionalizados. Las dirigentas y las asambleas feministas, terminan gritándose entre ellas, gritándole a la autoridad, excluyendo y sospechando de otras compañeras que provienen de la institucionalidad, reproduciendo lamentablemente la vieja disputa entre las feministas militantes de las estructuras partidarias y las autónomas. Por otro lado he mirado con horror, la forma en que el movimiento estudiantil, les está criticando con antipatía a las feministas, el haber perdido el objetivo de la lucha del movimiento, que consiste en avanzar hacia la transformación de esta educación de mercado, reforzada incluso – muy a mi pesar-, por el reciente gobierno de Bachelet, hacia una educación entendida como un derecho humano fundamental garantizada por el Estado, en que se espera la construcción de una estructura efectiva para asegurarla, y no sólo “vouchers” de gratuidad que terminarán en la Universidad Autónoma de Chile. Sistema que por cierto, tiene al borde de la quiebra a las universidades del Estado. A pesar de ello, me es muy difícil pensar que las cosas vuelvan a ser como antes, luego de este movimiento, porque nos tienen todos patas arriba, buscando estrategias para transversalizar el género en las universidades.

Por su puesto el sistema político, no entiende absolutamente nada de lo que está pasando, y la academia feminista, ha intentado introducirse en las discusiones, pero poco se nota, coincidiendo contigo en que los petitorios, si bien son parecidos, esperan convertir a las universidades en tribunales de justicia, situación que entiendo, debido a que la Concertación y la Nueva Mayoría, ni siquiera intentaron retornar la educación cívica a los currículums educativos, formando por cierto ciudadanía incompleta, susceptible a grupos de heréticos, que los ocuparán para sus propios fines, alejándolas de la hermosa y valiente histórica lucha feminista.

El otro día, escuché a una académica feminista que hablaba de autores que si bien he leído – muchos de ellos y ellas ya los conocía como Butler, Arendt, Foucault, Deleuze-, pero su argumentación era tan compleja, que poco logré entender sobre su reflexión – debe ser porque no provengo de los estudios de género, entonces me pierdo con tanto autor/a-, pero culminó con que había que ir a la población a hablar con las mujeres. Yo me pregunté ¿la señora de la población será capaz de entender una argumentación tan adornada de teoría pero con poca reflexión práctica, si apenas yo entendí algunos puntos? Y fue allí donde comprendí que tal vez, sería bueno intentar sacar los estudios de género, de los centros de estudios de género y la comodidad del postestructuralismo, para introducirlo en teorías concretas, en acciones políticas efectivas, como las que intentan hacer los partidos y movimientos, así como también buscar traducciones menos complejas, con mensajes más claros, para que la ola feminista llega a la señora de la Toma Felipe Camiroaga de Viña del Mar y a otras compañeras del ámbito más rural.
Me he extendido demasiado, pido disculpas por ello.
Un fuerte abrazo,

Javiera Arce

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Javiera,
La ola lleva, como me recuerda algo más de un mes. De los pocos placeres que me ha traído es haberte conocido y saber qué al otro lado, donde las papas queman, las cosas no se ven tan distinto de como se ven desde afuera. Tengo la impresión qué el desaliento que siento en tu carta lo comparten muchas. Los alumnos de la universidad en que trabajo grabaron un video repitiendo que a pesar de que la rectoría les dio la razón en casi todo “no han conseguido nada.” En cierto sentido para un feminista consciente y organizado es triste ver como la ola consiguió en Argentina el aborto libre, gratuito y seguro, mientras en Chile sólo parece haber conseguido una serie de memes sobre las multas de Joaquín Lavín al acoso callejero o las posibilidades del lenguaje inclusivo.

La histórica toma de la Universidad Católica es en ese sentido quizás el máximo ejemplo de ese malentendido: El rector Sánchez consiguió que se bajara concediendo derechos y libertades para una minoría minoritaria de los estudiantes (los colectivos no binarios o sea 1 por ciento de la matricula), y reforzar el control de las instituciones patriarcales (decanos y rectores) sobre la vida privada de los estudiantes. La única reivindicación plenamente política de la toma, que el rector acabara con la aberración de la “objeción institucional” de los hospitales y centro de salud de la Universidad católica, fue abandonada por considerarse de entrada imposible.

Ahora me parece que es importante matizar el desaliento. El feminismo chileno no es como el argentino, un feminismo orgánico que lleva décadas discutiéndose a sí mismo. La primera ministra de la mujer (en 1989) fue nada más y nada menos que Soledad Alvear, una enemiga acérrima del aborto. Durante los noventas y los dos mil todas las demandas de la “segunda ola”, fueron submarineadas para no molestar a los milicos y a los curas. Pero, seamos sinceros, el aborto no fue ley no sólo por la oposición de la iglesia o la derecha, sino porque hasta hace poco la mayoría de las chilenas lo consideraban un crimen. Una generación, la de los noventa, “próvida”, preocupada del parto natural y dar leche hasta los 2 años a sus hijos.

El viejo conservadurismo chileno sólo tiene la apariencia similar al nuevo conservadurismo a la americana de los años 90 que llego a Chile junto con las tarjetas de crédito, la comida china, y el “stand up” comedy. El Chile hiperconectado de hoy descubrió el feminismo justo al mismo tiempo que sus pares de Estados Unidos (las marchas contra Trump y el #Metoo). Así no es del todo irónico que Joaquín Lavín, el UDI, el Opus, sea el único que haya salido con vida de la ola feminista. El feminismo nuevo lucha contra el conservadurismo de la UDI, pero comparte con él un lenguaje y una cuna: La Universidad de Chicago entre otras universidades americanas, que en economía enseñan neoliberalismo y en ciencias sociales un marxismo posmoderno al que le preocupan más los símbolos y los lenguajes que las “condiciones materiales de la existencia”.

Tengo la impresión que sin embargo la ola feminista, con su diversidad, está logrando algo esencial para el feminismo futuro: la mezcla entre el nuevo feminismo americano con el viejo feminismo chileno (de origen más bien francés). Dos feminismos que se encontraron en una Alameda que no puede ser más sudamericana. Ante la crítica reiterada de la falta de lecturas de las nuevas feministas, muchas de ellas han vuelto a los clásicos, muchos de esos clásicos profesoras de sus mismas universidades de las que muy pocas habían oído hablar antes de que las convencieran los encendidos discursos de Emma Waston. Muchas de esas feministas históricas se han encontrado con una energía salvaje de la que saldrá un nuevo feminismo, sin la culpa ni los miedos que han lastrado sus fuerzas durante gran parte del siglo XX. Quizás ese nuevo feminismo logre como lo lograron sus hermanas transandino, pasar del horror ante el femicidio que la prensa convierte en pura mercancía, a una lucha política para liberar el vientre de la mujer de los olvidos y desprecios de los hombres.

Con un inesperado optimismo, me despido y te mando un abrazo.

Rafael Gumucio