Crecí en los 70 y 80 en plena dictadura y una sociedad con machismo normalizado. Si las feministas jóvenes supieran… Los de mi generación tuvimos un shock anafiláctico cuando se destapó la lata de gusanos que fueron las denuncias de acoso y abuso sexual en contra de Nicolás López, porque para los que crecimos en ese Chile, Nicolases López habían muchos. Acoso y abuso se confundían con actitudes de jote desubicado, de curáo pasáo pa la punta, de chistosito cargante calentón, como dice este Nicolás en su video “vertical” donde quiere pasar piola.

En esa época muchas mujeres cumplían el triple rol de “sirvienta, madre y amante”. Todo para el hombre, nada para ellas mismas. Dueñas de casa que vivían para cocinar, limpiar, criar y ser fiel al marido. En el medio donde yo me movía no conocía mujeres de la edad de mi mamá que fueran profesionales. Cada estrofa de la canción Corazones Rojos de Los Prisioneros era real. Cada estrofa. Cuando la escuché por primera vez me dio rabia y vergüenza porque para muchas mujeres era verdad. Pero solo ellos podían escribirla y cantarla, porque eran hombres.

El acoso y el abuso sexual cruza la vida de muchas mujeres. Yo me pregunto, ¿Cuántas de nosotras fue acosada, abusada sexualmente por un abuelo, padre, hermano, primo, tío, hermanastro, amigo, compañero, profesor, colega, jefe, vecino, conocido o desconocido y no nos atrevimos a denunciar?, ¿Cuántas de nosotras ha pensado que lo merecíamos?, ¿Cuántas de nosotras ha tenido miedo de contarlo porque nos podrían juzgar y encontrar que la culpa era nuestra?, ¿cuántas de nosotras ha sentido que es mejor quedarnos calladas porque sería feo andar contando esas cosas?, ¿cuántas de nosotras hemos pensado que si contamos eso haríamos sufrir a nuestras familias?, ¿cuántas de nosotras hemos sentido que es mejor pensar que eso nunca nos ocurrió? ¿cuántas de nosotras sentimos que no vale la pena acordarnos si pasó hace tanto tiempo y a quién le va a importar?

Yo creo que importa y mucho. Es fundamental contar, porque el acoso, el abuso y la violación son delitos que los hombres han cometido desde que la tierra es redonda: nos ha pasado a muchas mujeres y no debiera avergonzarnos. Es importante contar porque hay que sacar la historia traumática del propio cuerpo, porque dentro nos hace daño, las historias terroríficas quieren salir porque nuestro cuerpo no las quiere. Y para eso se cuenta. Y el hecho de que ahora se pueda publicar en un diario -contrariamente a lo que dice la abogada “feminista” del señor López- es catártico y sanador, no solo para las víctimas, sino para todas quienes leímos el artículo y tuvimos alguna experiencia similar. Fue revelador, se abrió una puerta, no sólo le subió el sueldo a ella ni le destrozó la carrera a él (mínimo). Esto fue histórico porque el poder contar un abuso es fundamental para poder sanar. Lo legal viene después. Para mí lo legal no es más importante, como ella infiere.

Yo dibujo cómics autobiográficos y enseño a muchas personas, mujeres y hombres (de varias edades) a dibujarlos. Y empecé a hacerlo cuando vivía en NYC (2001) porque leí cómics de mujeres contando sus secretos en dibujos, incluyendo los vergonzosos y los dolorosos: sus abusos. Nunca había leído cómics así. La industria del cómic estuvo dominada muchos años por hombres y la costumbre de dibujar mujeres con las que podían tener fantasías sexuales retorcidas como si estuvieran en una eterna adolescencia y ellos fueran depredadores en potencia fue grito y plata. Esos dibujantes trapearon hasta el hartazgo el cuerpo de la mujer en las viñetas, sublimando lo que su cerebro de abajo quería realmente hacer: abusarlas.

No es casualidad que ahora las mujeres estemos dibujando cómics y contando esos abusos. Lo más importante de una historia, les digo a mis alumnos cuando hacemos este ejercicio, es la emoción. Porque la memoria (creo yo, así me creen y hacen bien la tarea) se fija con la emoción. Es un pegamento, un fijante. Adhiere el recuerdo en el circuito neuronal y ahí queda, forever. Ahora anoten cuatro recuerdos que les hayan provocado estas cuatro emociones: miedo, rabia, asco y pena. Y listo. Se abre la puerta. Aparecen historias de todo tipo. Ni se imaginan. Increíbles. Algunas que nunca han contado. Les pido que elijan una que quieran y puedan contar en frente de todos porque esa es la clave. Verbalizarla. Decirla frente a otro y darse cuenta que los seres humanos somos imperfectos, compasivos y capaces de levantarnos y reinventarnos, como dice la genial comediante australiana Hanna Gatsby en Netflix (Nannete). Y por supuesto que es difícil y algunos lloran y es vergonzoso, pero siempre es sanador porque transforman el drama en un relato de fantasía y permite que lo vean de lejos, como un cuento, donde ellos ya no son los protagonistas. Pasarlas por el filtro creativo es hacer alquimia con lápiz y papel.

Cuando veía a esos Nicolases López mientras crecía no se podía decir nada. Pero ahora sí. Por eso cuando me ofrecieron ser columnista de The Clinic (el diario que me vio nacer hace 16 años) pensé en eso. Ahora las mujeres tenemos voz, podemos decirle a los hombres que NO, darles instrucciones y exigirles respeto de una buena vez.

Ayer, un amigo de mi generación me dijo que sabe que como hombre su deber es bombardear la cultura del abuso, pero que reconoce que esa masculinidad dictatorial de los 70 y 80 en la que crecimos esconde un espíritu depredador oscuro y de mierda que muchos confunden con parte de la hombría. Y yo les digo, cabros, es bien simple. Las mujeres no somos comida y ustedes no son caníbales. El acoso y el abuso sexual son delitos, es violencia deliberada contra la mujer. Chiquillas, no neguemos el abuso, no lo defendamos, no lo justifiquemos. Contémoslo, denunciémoslo, verbalicémoslo, dibujémoslo. Cuando transformamos el abuso en secreto se vuelve monstruoso y nos caga la psiquis y de paso le hacemos un flaco favor al abusador, porque le permitimos perpetuar ese retorcido espíritu depredador que no quiere dominar ni educar.

*Historietista y pintora