En este segundo mandato, Sebastián Piñera ha encontrado un escenario regional y hemisférico políticamente mucho más afín al que existió durante su primer gobierno. El continente en estos años ha tenido un giro hacia gobiernos de derecha, especialmente en países del vecindario más cercano, como Argentina, Brasil, y Perú, mientras que en Estados Unidos la actual administración oscila entre el aislacionismo, y un retorno a políticas unilaterales que son reflejo de la base ultra conservadora que sustenta a Trump. En este escenario, resulta tentador apostar (como lo está haciendo el actual gobierno) a un liderazgo basado en afinidades ideológicas del momento, y en una “correlación de fuerzas” hoy teóricamente más favorables a los sectores conservadores en la región.

Esto es, sin embargo, un error histórico y también estratégico. Por una parte, Chile tiene una larga tradición histórica en democracia de promover el diálogo y los acuerdos a nivel regional, independientemente de la orientación ideológica que tengan los demás gobiernos. A nivel bilateral, ello permitió durante el período de Bachelet, mantener una excelente relación con el gobierno de Macri en Argentina, pero también Chile ha sido país acompañante del proceso de paz en Colombia, y de diálogo político en Venezuela, gracias a la credibilidad ganada con esta política de “país puente” y promotor del diálogo, en una región que es, y seguirá siendo políticamente diversa.

Nada sería más contrario a nuestros intereses entonces, que volver a una lógica de “fronteras ideológicas” para proyectar nuestros vínculos, como las que predominaron durante la Era de la Guerra Fría. No sólo porque esto implicaría una ruptura con nuestras mejores tradiciones en política exterior, sino además porque ello es contraproducente para los intereses más permanentes de Chile en la región. Y es que en Estados Unidos y en América Latina hay un escenario político muy fluido, y nada garantiza que la actual orientación que hoy vemos, se mantenga en el tiempo. En el país del Norte, es muy posible que los Demócratas ganen las elecciones legislativas de noviembre de este año, y recuperen al menos el Senado.

Mientras que en nuestra región también pueden producirse nuevos alineamientos políticos, y esto es un dato clave que el actual gobierno no debiese olvidar. Ya en México (la segunda potencia en la región) con López Obrador, la izquierda llega al poder. Y en Brasil, si no le impiden competir, según todas las encuestas Lula volvería a la presidencia, mientras la mayoría de los otros candidatos competitivos se ubican también en el mundo de la centroizquierda en este país (con excepción del candidato de la ultraderecha, Bolsonaro). En Venezuela asimismo, y pese a toda la presión internacional, Maduro se ha consolidado y probablemente seguirá en el poder, mientras que en Perú ya no está en el gobierno un fuerte aliado de Piñera, como era PPK. Y en Argentina, el rápido desgaste que ha tenido el gobierno, hace que la reelección de Macri ya no esté asegurada.

Así, aunque no es posible sostener que va a haber nuevamente un vuelco general en la región, sí veremos probablemente un escenario político más diverso y heterogéneo en el próximo tiempo, y sería entonces muy equivocado insistir en una estrategia de relacionamiento regional en base alineamientos ideológicos, que con alta probabilidad no se mantendrán en el tiempo (como ya lo mostró la elección mexicana) . Saber mirar más allá de la coyuntura inmediata, y no “apostar todas las fichas” a los vínculos con los gobiernos de turno, son recomendaciones que cualquier “diplomacia inteligente” siempre debe considerar (las oposiciones de hoy, pueden ser gobierno mañana en varios países de nuestro vecindario).

Ahora, por cierto, cada administración puede imprimir su propio sello en la conducción de la política exterior, pero ello debe hacerse cautelando lo que ha sido nuestra práctica histórica en democracia (converger en la diversidad), los intereses más permanentes de Estado involucrados, y asegurando que ventajas o beneficios políticos de corto plazo no se transformen en retrocesos de largo plazo para el país. Apostar a un alineamiento ideológico coyuntural como plataforma para una política permanente, es inconducente y nos puede dejar en una compleja situación si el escenario político sigue cambiando en el próximo tiempo. Por el contrario, un realismo básico implica asumir que América Latina con sus vaivenes, es y seguirá siendo una región políticamente diversa, y que por tanto, el entendimiento en nuestro vecindario a la larga (y hasta donde sea posible) no es una opción, sino un imperativo para nuestros intereses permanentes como país.

* Boris Yopo es sociólogo y analista internacional