Luego de su apurada renuncia, el exministro de las Culturas Mauricio Rojas, destinó parte de su tiempo a recordar un par de columnas escritas con ocasión de los 40 años del Golpe de Estado de 1973, donde entrega sus argumentos respecto a cómo se llegó al quiebre democrático.

En “La reconciliación aún no ha comenzado”, publicada en Libertad Digital, el ex speechwriter de Piñera señala que “Reconciliar es algo más que convivir, tolerar o aceptar, y algo muy distinto de olvidar, condenar, hacer justicia, reparar o perdonar.

Más adelante Rojas sostiene que “la confianza no puede restablecerse si no entendemos lo que nos llevó a la desunión y no realizamos un esfuerzo por enmendar lo que cada uno puso de sí para que ello ocurriese”.

Rojas sostiene que “reconocer los crímenes y las violaciones de derechos humanos cometidos bajo la dictadura militar, así como hacer justicia y reparar a las víctimas, es la antesala necesaria de la reconciliación, pero no debe ser confundida con ella”.

Asumiendo que fue uno de tantos de los que colaboró a la “destrucción de la vieja democracia” de Chile, el exparlamentario de Suecia añade que “Probablemente no sean muchos los que estén dispuestos a reconocer y asumir, con franqueza, valentía y generosidad, su parte en el drama que culminó en septiembre de 1973. Pero no hacerlo implica que nunca podremos alcanzar aquello que es el sentido final de la reconciliación: entender, enmendar y, por ello, poder decir “Nunca más””.

Avanzado el texto, el exhombre del segundo piso de La Moneda asegura que “si algo le debemos a Chile quienes participamos en los hechos que desembocaron en el golpe es justamente esa reflexión sincera y autocrítica. Especialmente si uno proviene de esa izquierda radical que apostó por la destrucción de la vieja institucionalidad chilena y la lucha fratricida como medio para crear una sociedad acorde con sus ideales revolucionarios”.

Queriendo poner “las cosas claras”, Rojas reflexiona que “La democracia chilena y la convivencia cívica que era su condición indispensable no se hundieron repentinamente el 11 de septiembre de 1973. La verdad es que ya se habían derrumbado como consecuencia de aquel proceso de ideologización y división irreconciliable de nuestro pueblo que se inicia durante los años 60 y se va profundizando hasta crear un ambiente de guerra civil mental entre los chilenos”.

Rojas señalaba en ese entonces, 2013, en su columna que “Es hora de sincerarnos sobre el cómo pudo ocurrir. No para hacer más leves las responsabilidades del régimen militar, sino para entender cómo se legitimó el uso de la violencia y quiénes fueron los que realmente abrieron las puertas a aquellos que luego no trepidarían en usarla sistemáticamente para alcanzar sus propósitos”.

Finalmente el hombre vinculado a la Fundación para el Progreso, declara que “Una memoria trunca distorsiona la verdad y da pábulo a una distribución unilateral de las responsabilidades que no nos ayuda a avanzar hacia aquello que le debemos a Chile: un relato verídico de cómo llegamos a separarnos y odiarnos a tal punto que un día nos arrogamos el terrible derecho a destruirnos los unos a los otros”.

Los revolucionarios

En la otra columna de su autoría, titulada “los revolucionarios y el 11 de septiembre”, Rojas sostiene que la pregunta clave es cómo llegamos a los hechos ocurridos en esa fecha.

En este sentido Rojas explica que “Es hora de entender cómo un día llegamos a odiarnos con tal frenesí que nos dimos el terrible derecho a destruirnos los unos a los otros”.

Según el coautor de Diálogo de Conversos, “esa historia se ha acallado. En parte sepultada por el horror de los crímenes de la dictadura, pero también por la manipulación de quienes se benefician de ese silencio”.

El autor señala más adelante que “se nos ha contado una historia de opereta, donde los infaltables imperialistas yanquis manipulan a unos generales traidores que ponen fin a los intentos democráticos de todo un pueblo por construir una sociedad mejor”.

En ese tiempo ya apuntaba contra el Museo de la Memoria, al señalar que “se nos bombardea con imágenes televisivas o museos recordatorios que nada explican, simplemente porque nada quieren explicar. Esas imágenes son necesarias, pero están allí para impactarnos y emocionarnos, no para desarrollar nuestra capacidad de entender y juzgar lo que realmente pasó”.

Siempre en su columna en Libertad Digital del año 2013, el exministro sostiene que “hace tiempo que llegué al convencimiento de que si algo debíamos a Chile quienes participamos en los hechos que desembocaron en el golpe es justamente una reflexión sincera sobre ello. Especialmente si uno proviene de esa izquierda revolucionaria que apostó por la destrucción de la democracia y la lucha fratricida como medio para crear una sociedad acorde con sus ideales”.

A lo anterior Rojas agrega que “Nuestra responsabilidad no fue pequeña por lo que ocurrió en Chile, y de ella no nos exime el que después hayamos sido víctimas de las tropelías de la dictadura”.

Luego de recordar una serie de situaciones vividas en la Unidad Popular y también algunos años antes, las que según Rojas son el antecedente para lo vino después, señala que “En suma, fuimos muchos los idealistas que sembramos los vientos de la discordia y la violencia y cosechamos una dictadura muy distinta a aquella del proletariado con que soñábamos. Nada justifica las brutalidades cometidas por los militares, pero tampoco nada justifica nuestro aporte a la creación de un clima de odios fratricidas entre los chilenos. Es hora de ser honestos y, con las palabras de Ricardo Lagos, decir: Para nunca más vivirlo, nunca más negarlo”.