— ¿Sabes lo que significa fate? — Pregunta con algo de timidez Jeremy Pixton, desde una cafetería del centro de Santiago. Aunque habla un español casi fluido, este hombre de 42 años, rasgos morenos, debe recurrir al idioma con el que fue criado para explicar su historia.

Hasta hace poco menos de un año, lo poco que sabía de su origen era esto: tanto él como sus hermanas habían nacido en Chile, donde su madre, una mujer mormona del estado de Utah, los había ido a “buscar” cuando tenían apenas unos días de vida.

Allí, a 9.093 kilómetros del lugar en que había nacido, tuvo una infancia que describe como “tranquila y solitaria”. “Siempre me sentí diferente en mi familia, nunca me sentí del todo cómodo”, explica. Mientras crecía, dice, nunca dejó de soñar con visitar Chile. “Toda mi vida sentí que tenía un hermano, desde que era un niño. No sé por qué. Sólo sentía que había alguien, y que era posible encontrarlo”.

“Toda mi vida sentí que tenía un hermano, desde que era un niño. No sé por qué. Sólo sentía que había alguien, algo. Y que era posible encontrarlos”.

Por eso, cuando a los 19 años la iglesia a la que asistía le dio la opción de viajar a algún lugar del mundo a “misionar”, Jeremy sólo pudo pensar en una opción.

— Literalmente pudo haberme tocado cualquier país del mundo: Rusia, México, España. Pero me tocó Chile, y yo lo sentí como algo de Dios. Fate, quiere decir destino— piensa hoy a pocas horas de conocer a su familia.

“Pero si ese niñito había muerto”

Durante años, Jeremy Pixton agotó distintos métodos para encontrar a su familia biológica. Llenó formularios en internet y acudió a juzgados en su ciudad, pero todos los caminos lo llevaron, como dice, a un dead end.

Por eso se sorprendió cuando a mediados de 2017, un mensaje apareció en su celular: “¿Quieres conocer a tu madre?”.

Del otro lado del correo estaba Constanza del Río, fundadora de la ONG Nos Buscamos, una organización dedicada a encontrar y a apoyar a víctimas del tráfico infantil y adopciones irregulares en Chile. Hacía meses que Jeremy había llenado el formulario virtual de la ONG con pocas esperanzas. Ahora, Constanza le comunicaba que podían ayudarlo con su caso.

En febrero pasado, el juez Mario Carroza dijo estar investigando 525 adopciones de niños chilenos enviados al extranjero. De ellas, 488 se produjeron durante la Dictadura.

Para iniciar la búsqueda, Constanza del Río se dirigió hasta el Registro Civil, donde solicitó el certificado de nacimiento y el acta de parto de Jeremy. Tras algunas semanas de espera, dio con el nombre de su madre biológica: Flor Blanca Gallardo Cárdenas.

Con el nombre en mano, Constanza se comunicó con Lilian Fuentes, una civil que trabaja hace 12 años en la Segunda Comisaría de Chillán. Allí, Fuentes es conocida como “el ángel de las búsquedas” debido a su impresionante registro: desde 2007 a la fecha lleva más de 280 “reencuentros” entre hijos adoptivos y sus familias biológicas (conoce su historia aquí).

Fuentes comenzó un rastreo que la llevó hasta la Isla de Chiloé. La última dirección registrada por la madre de Jeremy se encontraba en las afueras de Ancud, en un pequeño terreno sin número.

— Lilian le pidió a Carabineros de Ancud que fueran a verla y, cuando ellos le dijeron que había un hijo que quería encontrarla, su primera reacción fue: “Qué alegría, toda mi vida soñé con conocer a mi hija” —, cuenta Constanza.

Desde la ONG lograron comunicarse por teléfono con Blanca. La mujer les explicó que había tenido que entregar a su hija debido a la pobreza en la que vivía. Extrañadas de escuchar a Blanca hablar de una “niña”, las voluntarias de Nos Buscamos le explicaron que quien la buscaba era un hijo varón, residente en Estados Unidos, y que había nacido en el Hospital San Borja el año 1976.

Blanca comenzó a llorar. “Pero si ese niñito se había muerto”, les dijo.

Miles de casos

Durante su estadía como misionero, entre los años 1996 y 1998, Jeremy conoció casi todo Santiago. Vestido con el típico atuendo mormón, recorrió comunas como Pudahuel, Quinta Normal, Las Condes, Independencia y Quilicura, tocando puertas y preguntándole a sus moradores “si tenían un minuto para escuchar la palabra de Dios”.

—Todos los días yo le hablaba sobre Jesucristo a personas que no conocía, mientras en mi mente pensaba: “esta persona puede ser mi familia”—, recuerda Jeremy.

Aunque en aquellos años no era común hablar de adopciones ilegales –menos de tráfico infantil- , Jeremy se sorprendió con la historia de una mujer que llegó a pensar que el mormón gringo que había tocado su puerta era su hijo. “A ella también le habían quitado el suyo al nacer”, menciona.

En febrero de este año, La Tercera dio a conocer un informe elaborado por el Poder Judicial, el cual analizó los cuadernos de Telma Uribe (96), una asistente social inculpada por presuntas adopciones irregulares ocurridas en los últimos 60 años.

El informe detallaba que Uribe había participado en la adopción de 525 niños chilenos enviados al extranjero. Entre 1973 y 1990 se concentraron 488 casos.

Ignacia Guzmán, socióloga y miembro de Nos Buscamos, apunta un factor que podría explicar el fenómeno. “El período de Dictadura facilitó la salida de un porcentaje alto de niños al extranjero. ¿Por qué? La gente tenía más miedo a hacer denuncias. Hubo madres a quienes se les dijo que su hijo había muerto sin entregarle ningún documento de defunción, pero cuando se acercaban a reclamar y las amenazaban con ‘llamar a Carabineros’, dejaban de insistir”, dice.

El reporte concluyó además que la falta de regulación en Chile ayudó a generar “una actividad económica asociada a la materia” de las adopciones. Una trama en la que habrían participado médicos, jueces, matronas, asistentes sociales y sacerdotes, entre otros.

Tras la publicación del informe, comenzaron a surgir historias muy similares a las de Jeremy. Mujeres, en su mayoría campesinas del sur del Bío Bío, se acercaron a las policías para denunciar que sus hijos habían “desaparecido” después de nacer.

Aunque el ministro Carroza no se ha vuelto a referir al número de adopciones en su indagatoria, organizaciones como Nos Buscamos calculan que el número podría llegar “a los miles de casos”. “Sólo desde en nuestra ONG hemos recibido más de 3.500 solicitudes de hijos o familias que buscan reencontrarse, número que asciende si se consideran las diligencias de Carroza y las cifras de otras organizaciones. Estamos hablando de más víctimas que los detenidos desaparecidos”, afirma Constanza.

El de Jeremy es el caso número 31 en ser resuelto por Nos Buscamos.

Jeremy (derecha) junto a Nicholas (izquierda), amigo que lo acompañó desde Utah.

El rol de la Iglesia Mormona

Según Jeremy pudo averiguar a temprana edad, uno de los responsables tanto de su adopción como de la de sus dos hermanas fue el abogado Jaime Villalobos Tapia, un prominente miembro de la iglesia mormona chilena. De hecho, fue la esposa de Villalobos, Susana Donoso Guajardo, quien aparece inscribiendo a Jeremy en el registro de nacimiento.

—Me consta que mi hermana menor, también adoptada en Chile, fue traída hasta Utah por una de las hijas de Villalobos—, menciona Jeremy.

Durante la década de los ’70, Jaime Villalobos fue abogado de la Iglesia Mormona y consejero de Carlos Cifuentes, considerado el líder Mormón más influyente de este movimiento en Chile. El libro “Historia de los santos de los últimos días en Chile” describe a Villalobos como “un hombre realmente de principios, que vivía el evangelio excelentemente acompañado por su esposa Susana”, además de “muy ordenado y metódico, muy puntilloso, ejerció un liderazgo en todas partes donde estuvo”.

Este hecho fue puesto en conocimiento por la ONG Nos Buscamos al ministro Mario Carroza.

Por otra parte, la historia con su familia adoptiva está lejos de resolverse. Ni la madre ni la hermana de Jeremy saben que él está en Chile, a punto de conocer a su madre biológica. “Es probable que ella (madre adoptiva) sepa que lo que hizo fue un delito, o que fue irregular. Pero lo tendré que hablar después, con el tiempo”, explica.

White flower

Hace pocas semanas, Jeremy pudo comunicarse por primera vez con su madre. No fue fácil: Blanca se retrasó en una hora ya que el cibercafé de Ancud hasta donde llegó para usar Skype no tenía una banda lo suficientemente ancha.

Luego de un viaje exprés hasta la casa de un pariente en Castro, por fin pudo conectarse con su hijo.

—Fue surreal. Nunca pensé que podría llegar a verla. Cuando la tuve en la pantalla, sólo pude pensar: “¿Es esto real? ¿De verdad eres mi mamá?” —, explica Jeremy.

Luego de llorar por algunos minutos, Blanca intentó explicarle a Jeremy parte de su historia. “Me dijo que mi padre era un hombre del que ya no recuerda su apellido. Que ella viajó a tenerme en Santiago, donde le dijeron que yo había muerto tras el parto, y que ella se devolvió apenada al sur”, recuerda.

“Tengo un poco de vergüenza de ir a conocerlos. No sé qué van a pensar de mí, quizás la comunicación no funcione. He aprendido español, pero a veces temo que no estoy expresándome bien. Tengo miedo de eso, y de que yo pueda no agradarles”.

Durante la conversación, Blanca conoció a sus nietos, los hijos de Jeremy. “Se sorprendió con mi hija mayor, dijo que tenía los mismos gestos y formas de su abuela”, recuerda. Frente a frente en el computador, repararon en otro rasgo característico en común: una incipiente “uniceja” que la esposa de Jeremy se preocupa de “podar” en su lado de la familia.

Tras una hora de conversación, cortaron. Jeremy se sintió extraño, feliz. Por horas sólo pudo pensar en el nombre de su madre. “It’s a really pretty name”, dice, “Blanca Flor, significa white flower”.

Jeremy llegó a Santiago el pasado lunes 27 de agosto. Acompañado de su amigo Nicholas, volvió a recorrer las calles que lo vieron como misionero. “El olor es el mismo”, bromea cuando se acerca al río Mapocho. Este martes declaró por una hora ante el ministro en visita Mario Carroza y hoy, miércoles tomará un vuelo a Puerto Montt.

“Tengo un poco de vergüenza de ir a conocerlos. No sé qué van a pensar de mí, quizás la comunicación no funcione. He aprendido español, pero a veces temo que no estoy expresándome bien. Tengo miedo de eso, y de que yo pueda no agradarles”, dice.

— ¿Tienes miedo de no caerles bien?

— Sí, un poco. Y también me preocupa el cómo me voy a sentir. No soy muy bueno con las emociones, me cuesta demostrarlas. Pero luego pienso que, quizás, como son mi familia, ellos me van a entender.

“Eso es lo que sueño”, finaliza. “Con que ellos me entiendan”, .

Más info de la ONG Nos Buscamos: http://www.nosbuscamos.org/