Usamos el baño por necesidades biológicas. A su vez, estos recintos cumplen -unos mejor que otros- con ciertos requisitos de diseño, sanidad y equipamiento para que nosotros podamos satisfacer estas necesidades de una manera más o menos decente. Sin embargo, más allá de la calidad de cualquiera sea el baño elegido, el ser humano suele incluir en el uso de estos recintos ciertas medidas de higiene personal que rayan en lo ritual. Me explico.

Está por ejemplo el típico dilema masculino de lavarse las manos ¿antes o después de orinar? El común de los mortales lo hace a posteriori. Sin embargo, existen individuos que lo hacen antes y justifican esta acción basándose en la supuesta sanidad de su aparato genital. En otras palabras, aseguran que contaminarán su miembro si no se lavan antes las manos. ¿Qué habrán tocado que se cuidan tanto? Vaya a saber uno.

Pero hay cosas peores, o al menos más rebuscadas. Porque ya hemos hablado en columnas anteriores acerca de la gente que cubre con papel higiénico los bordes del inodoro antes de sentarse en éste. Bueno, hay otros con alma de equilibrista que no necesitan papel alguno porque se paran sobre el retrete y desde ahí hacen toda la operación. La idea, me han explicado, es reducir al mínimo el contacto con la taza. Todo esto, por miedo a pegarse alguna infección. ¿No será mucho?

Otra medida de higiene común -aunque exagerada- es la de las personas que luego de defecar no consideran suficiente la limpieza con papel higiénico, por lo que prefieren hacerlo con agua y jabón. Este grupo a su vez se divide en dos. Están los de culo disciplinado que hacen caca religiosamente cada mañana, luego se duchan -limpieza de traste incluida- y posteriormente se van a trabajar. Y están los más poto suelto, a los que no les queda otra que tras hacer un depósito en algún baño a cualquier hora del día, ingeniárselas para asearse con agua y jabón.

Claro, cuando se está en una casa no hay mayor problema, pero en un baño público -y sin agua caliente ni toalla- mejor ni les explico. Pero aún así, he visto a fulanos sentados en el lavatorio del baño de un estadio intentando dejar su traste impecable tras haber obrado. Una exageración, por donde se le mire. Y si hablamos de exageraciones está la de un sujeto -que estoy seguro no es el único- que asegura que su vestimenta se puede ver afectada por el olor de sus deposiciones.

Por lo mismo, antes de obrar y de manera casi religiosa se desnuda por completo, pone su ropa a buen resguardo y procede. Ignoro si ocupa papel higiénico, agua o vaya a saber uno qué cosa para limpiarse; pero el asunto es que tras esto vuelve a vestirse para así salir del baño como si no hubiese pasado nada, a seguir con su día.

¿Se imaginan a este tipo con diarrea? Terminaría la jornada con diarrea y resfriado con tanto empelotamiento. Ahora, si hablamos de medidas higiénicas incómodas está una que le conozco a varios y sobre todo a varias: usar el baño (para cagar, obviamente) sólo en casa.
¿Cuántas veces al día vuelven a sus casas estas personas? Salvo, claro está, que por temas prácticos estos individuos desarrollen rápidamente una estitiquez voluntaria que les permita salir cada día de casa con la digestión resuelta. De lo contrario, me los imagino parándose de sus escritorios en la oficina y saliendo a toda velocidad para tomar un taxi que los lleve a casa y así poder vaciar sus intestinos.

Aunque claro, con los tacos de hoy en Santiago esos movimientos resultan de alto riesgo y alto costo. Para cerrar con los ejemplos de estos curiosos rituales en los que cae la gente al momento de ir al baño me referiré al que me parece más inútil e incomprensible de todos.

Se trata de algo que solo involucra a esos varones que para orinar no les es suficiente con bajarse el cierre de su pantalón y proceder. No, porque por alguna extraña razón se sueltan el cinturón, desabrochan el pantalón, bajan el calzoncillo y recién ahí ejecutan la micción. Y así los ve uno en los baños públicos, abriendo las piernas para evitar que toda la ropa que se han soltado termine en el piso y ellos con el traste al aire. Al final, un inútil y penoso espectáculo. Así las cosas, siendo tan simple ir al baño, ¿por qué se complica tanto la gallada? Misterios de la vida.