Por Pedro Cayuqueo, desde Esquel

Nunca antes pasó. No al menos en las últimas cuatro décadas. Que el tema mapuche lograra traspasar el restringido ámbito de la provincia y llegara a tocar las puertas mismas de Buenos Aires. No lo hacia tal vez desde la segunda mitad del siglo XIX, en los tiempos de la guerra argentina contra los míticos lanceros y weichafe de “Tierra Adentro”.

Calfucura, Pincen, Epumer, Namuncura, sus nombres por si solos provocaban sendos zafarranchos en la capital. Y sus malones verdaderas estampidas en toda la línea de fortines bonaerenses. Aquel es un miedo que perdura en aquella Argentina que todavía dice descender de los barcos. El miedo al indio. Y al malón.

La élite trasandina pensó, equivocadamente, que el mapuche había sido borrado del mapa tras aquella guerra infame. Del mapa y de la historia. Aquella fue tarea de los ideólogos de la invasión. Y de los oficiales a cargo de las campañas. “Los indios son invasores y expulsarlos lo exige la propia virilidad argentina”, escribió Roca en 1878.

Y así lo hicieron. Armados con sus remington limpiaron de indios las tolderías desde Leubucó hasta la Patagonia. Y de paso se hicieron de un botín de más de cincuenta millones de hectáreas.

No fue poca cosa. Hablamos de la superficie terrestre de España.

Pero los “indios” –que así nos llaman todavía los blancos por esos pagos- no fueron derrotados del todo. Ni mucho menos borrados de la historia. Y allí donde pudieron se refugiaron y sobrevivieron. Y con ellos una memoria, una porfiada identidad común que cada tanto despierta.

Uno de estos refugios de posguerra fue la llamada Colonia Pastoril Cushamen, en la actual provincia de Chubut, allí en medio de la estepa patagónica. Ubicada a 90 kilómetros de Esquel, fue fundada por el cacique Miguel Ñancuche Nahuelquir en 1899 luego de que el Estado le reconoció esas tierras tras varios intentos de entancieros por apoderarse de ellas.

Ese año Ñancuche y su hermano Rafael Nahuelquir viajaron hasta Buenos Aires a parlamentar con el gobierno. Se cuenta lo hicieron a caballo y tardaron varios meses. Fueron recibidos por el presidente Roca en su domicilio particular. Sus gestiones rindieron fruto; 125 mil hectáreas de un territorio donde, según el decreto, los indígenas que ya se encontraban ocupando el territorio “debían ser preferidos al efectuarse la adjudicación de los lotes”.

La generosidad de Roca no fue casual. Obedeció a consideraciones de seguridad nacional; el mandatario desconfiaba de los inmigrantes y las ideas anarquistas y socialistas que desembarcaban con ellos. Tampoco los veía muy entusiasmados con su nueva patria. De allí su insólita valorización del indígena, los “argentinos originales”. ¡Si hasta fotografías se tomó con los Nahuelquir!

Sucedió también que Miguel Ñancuche no era cualquier cacique. Eran lugarteniente de otro célebre líder mapuche de aquellos años, el gran Valentín Sayweke, señor de todas las comarcas al sur de Neuquén y bajo cuyo control estaban los pasos cordilleranos hacia Gulumapu, el territorio del oeste hoy ocupado por Chile.

Acorralado y diezmado por los ejércitos de ambas repúblicas, Sayweke fue el último jefe de la resistencia mapuche en rendirse. Lo hizo el 1 de enero de 1885 en Junín de los Andes ante el coronel Lorenzo Wintter.

Mismo camino habían tomado los hermanos Nahuelquir.

Ambos llegaron a cumplir servicios de “baqueanos” para sus otrora enemigos winkas en las últimas expediciones militares argentinas al sur del lago Nahuel Huapi.

“Sufrían mucho, los corrían de lado a lado de la cordillera, venía la sangre blanca meta bala así que se entregaron para salvar a los suyos. Eran tres o cuatro hermanos y así salvaron sus familias”, consigna un testimonio recogido en el libro “Memorias de expropiación. 1872-1943” del historiador y docente de la Universidad de Buenos Aires, Walter Delrio.

Ante Roca tuvieron además el apoyo de un ilustre viajero de la época, el científico italiano Clemente Onelli, hombre cercano a Francisco P. Moreno y quien cumpliría destacada labor en la comisión que dirimió la cuestión limítrofe con Chile. Onelli los visitó en sus tierras del valle de Cushamen trabando con ellos amistad.

“Meliñé”, cuatro ojos, lo bautizaron los Nahuelquir por sus anteojos redondos que no se quitaba ni para andar a caballo.

“Se trata de un jefe araucano de treinta familias muy laboriosas y agricultoras”, escribió Onelli a Roca en favor de Ñancuche Nahuelquir y los miembros de su lof. “Tienen más aptitudes para el progreso que los otros sujetos colonizadores de la comarca, sean ingleses, galeses o criollos que, a pesar de disponer de campos más fértiles y de capitales más importantes, presentan una inmunidad a toda prueba contra los sueros de la civilización y el progreso”, apuntaría en su célebre libro “Trepando los Andes” de 1903.

Si bien las colonias buscaban “argentinizar” a la población indígena allí radicada, en Cushamen las cosas rápidamente tomaron otro rumbo; se volvió un lof, esto es, un territorio bajo jurisdicción de un ñizol lonko quien resolvía asuntos internos, parlamentaba con las autoridades y hasta dirigía el kamaruko o ceremonia ritual.

Este ñizol o lonko principal no sería otro que el célebre Ñancuche, un jefe que “velaba por todos”, poseía “mucho ganado, buenos campos y una bella casa”, según se recuerda todavía en la zona.

Pero junto a la bandera argentina y sus efemérides ajenas llegaron también otros visitantes al territorio de los Nahuelquir.

Pasa que el Estado comenzó a ofrecer condiciones muy ventajosas para atraer colonos e inversiones. Cushamen –un territorio dividido en 200 lotes individuales de 625 hectáreas– rápidamente se vio cercado de turbios personajes y estancias deseosas de correr sus alambradas. Leleque, Maitén y Cholila eran tres de las colonias colindantes. Todas pasarían con los años a manos de un único propietario extranjero; la todopoderosa The Argentine Southern Land Company, de capitales británicos.

Fue entonces cuando los robos de tierras, la pobreza y el hambre comenzaron a acorralar a los mapuche de Cushamen. Este sería el comienzo de todo lo que vino después.

***

“Algunos me dicen Facundo Jones Wallace”, bromea el lonko en referencia a las dudas que despierta en cierto sector de la prensa su identidad étnica. “Entre galés y escocés”, agrega con una carcajada.

“Indios truchos” los llegó a bautizar el polémico periodista Jorge Lanata cuando la desaparición de Santiago Maldonado copaba los titulares de la prensa en Buenos Aires. Argentina, de la noche a la mañana, cayó en cuenta que aún quedaban indígenas en el sur. Aquello no podía ser cierto.

Lanata llegó a viajar a Esquel para entrevistar al lonko en la cárcel. La charla, disponible en Youtube, es de antologia. Poco tuvo de entrevista. Es básicamente Lanata siendo Lanata. El personaje. No buscaba entender, menos profundizar en un conflicto donde el argentino promedio brilla por su ignorancia. Lo suyo fue polemizar. Provocar. El rating.

Es miércoles y visitamos a Facundo en casa de su abuela paterna en un barrio de la periferia de Esquel, en calle Juan Manuel de Rosas.

Allí cumple arresto domiciliario mientras la Corte Suprema decide su extradición a Chile. Se lo busca juzgar en Valdivia por incendio y porte de arma hechiza, cargos que el dirigente rechaza. Se trata del “Caso Pisu Pisue”. Este data de enero de 2013 tras el incendio de una casa al interior de un fundo de Río Bueno.

Cinco mapuche fueron detenidos tras una investigación que incluyó -de manera irregular, se denunció en tribunales- a la Agencia Nacional de Inteligencia (ANI). Tres de ellos fueron absueltos de todos los cargos en el juicio oral. Un cuarto, juzgado recién en 2015, también resultó absuelto.

Pero el lonko abandonó el país antes de ser llevado a juicio. De allí el pedido actual de la justicia chilena. Y un arresto domiciliario que incluye una tobillera electrónica que monitorea las 24 horas sus pasos.

Se sube el pantalón y nos la muestra.

-“Podría ser un modem, le daría wifi a todos”, bromea.

Es lo primero que sorprende del lonko. Su sentido del humor.

Lejos de la figura del peligroso terrorista étnico –“El mapuche violento que le declaró la guerra a la Argentina y Chile”, llegó a titular un hiperventilado Clarín- lo suyo es el nütram, la charla, el intercambio de opiniones que cada tanto matiza con alguna ocurrencia.

– “¿Y cómo están los peñi del otro lado?”, nos pregunta ya sentados en la mesa y mientras compartimos con su abuela una ronda de mates.
Le contamos. De las movilizaciones que nunca faltan, del machi en huelga que por fin pudo asistir a su rewe, de los juicios que finalizan, de los otros que comienzan, “lo de siempre”, agregamos.

Escucha atento y ceba el mate.

-“Y Piñera, ¿es verdad que quiere dialogar con la CAM?”, lanza.

Nada se le escapa al lonko. Lector de cuanto libro o noticia sobre los mapuche se le cruza por delante, sorprende con su agudeza. Reconoce estar al tanto de lo que acontece en Gulumapu, el actual lado chileno del territorio mapuche. Sigue las noticias. Más aún por estos días de relativa libertad tras un año tras las rejas en Esquel.

Y bien relativa.

Por orden del juez federal Gustavo Villanueva el lonko sólo puede recibir cuatro visitas de forma simultánea. Y no todos los días; solo lunes, miércoles y domingos. Tampoco puede realizar reuniones ajenas a su ambiente familiar o charlar -como cualquier líder social- con los medios. A menos que ello sea autorizado por el juez. Tal es nuestro caso.

Su abuela Trinidad Huala (81) vive a un puñado de cuadras de la Unidad Penal 14, en un barrio de laburantes, obreros, migrantes del campo, muchos con un origen mapuche “todavía dormido”, nos dice Facundo.

Ella es la Wikipedia del clan de los Jones. Su memoria es pródiga en datos, nombres y fechas. Lanata debió entrevistarla también a ella, concluyo mientras las escucho. Se habría enterado de varias cosas. Una de ellas, que los Jones poco y nada tienen de galeses. Y que sir William Wallace no es ancestro de nadie por estos lados. No al menos que ella sepa.

Cuenta Trinidad que el primer Jones fue Domingo, quien se asentó a fines del siglo XIX en la Colonia Pastoril Cushamen, en aquellos lotes bajo la protección del cacique Miguel Ñancuche Nahuelquir. Se dice venía desde Azul, en la actual provincia de Buenos Aires, correteado por los militares.

“Muchos mapuche de otros territorios llegaron a Cushamen, allí fueron recibidos y con los años todas las familias se mezclaron”, nos relata.

No pocos eran ex prisioneros de guerra, weichafes y sus familias liberados de los siniestros campos de concentración de Valcheta, Carmen de Patagones o Chichinales. El desparramo de mapuches fue grande, agrega.

Trinidad creció precisamente en Cushamen. Era una niña cuando su padre la dejó casa de una tía, María Huanquelef, esposa del célebre Rafael Nahuelquir y figura consular en la vida de Trinidad. Un bello retrato de su “mamá” -como la llama con cariño- cuelga en el living de su casa.

“Mi recuerdo es que fui una niña feliz. Mi mamá me enseñó a trabajar el campo, criar animales y también a participar del kamaruko”, cuenta mientras su nieto la observa y escucha atentamente.

El lonko sabe que no todo fue felicidad en la vida de su abuela. Sabe que de niña fue testigo del despojo de las tierras, del remate de los animales por deudas usureras contraídas con los winkas recién llegados y del avance de las alambradas.

Facundo también sabe que las mejores tierras de Cushamen nunca fueron aquellas donde el Estado radicó, precariamente, a las familias mapuche. Estas las reservó el fisco para los estancieros trenzados en Buenos Aires con el poder político. Y otras tantas para los inmigrantes que arribaron cuando Trinidad todavía era una beba. Siriolibaneses, varios de ellos.

Los “turcos” llegaban con una mano por delante y otra por detrás. Comerciantes al menudeo que recorrían la zona casa por casa, ofreciendo artículos de mercería, comestibles y baratijas de diverso tipo, “vendiendo por kilito” y haciendo “cambalache” por animales o cereales.

Del menudeo a levantar almacenes o “boliches”, luego tomar tierras “en mediaría” y de allí a formar sus latifundios embargando animales con la fuerza pública y corriendo cercos a la mala.

Es el caso de los hermanos Breide, célebres por décadas en la zona por sus litigios y conflictos con la familia Jones-Fermín de la comunidad mapuche-tehuelche Vuelta del Río, allí en los bordes de la cordillera cerca de El Maitén y a 120 kilómetros de Esquel.

Llegados en 1904 desde Siria, los Breide se instalaron en Epuyén, Cholila y El Hoyo, los alrededores de Cushamen. Desde allí comenzaron un avance imparable. Los mismo el colono Haikel El Khazen, socio comercial de los Breide y cuyos descendientes hasta hoy buscan desalojar a esta familia dedicada al pastoreo y la agricultura de subsistencia.

Son historias que se repiten por toda la zona. Casi calcadas. Y de emotivo recuerdo para Trinidad y los suyos, especialmente para su nieto Facundo que conoce de cerca aquella lucha; los Jones-Fermín son vecinos de la Pu Lof en Resistencia de Cushamen, comunidad formada por el lonko en tierras de otro célebre usurpador local; la familia italiana Benetton.

Pero no nos adelantemos tanto. Volvamos con Trinidad, su familia y los vínculos de los Jones Huala con las tierras la Colonia Pastoril Cushamen. Aquellos de los cuales Jorge Lanata nunca se enteró. Ni buscó enterarse.

***

Martiniano Jones Huala (54) es uno de los 12 hijos que Trinidad tuvo con Sebastián Jones, peón de hacienda, buscavidas trotamundo y descendiente de aquel Domingo Jones venido desde más al norte.

Junto a sus hermanos se crio en Mina de Indio, paraje de Cushamen donde el matrimonio en vano intentó echar raíces. La nieve, el hambre y tierras no aptas para el cultivo y la crianza los sacaron a todos de allí a comienzos de la década de los setenta.

“No se podía vivir en ese lugar, cazábamos liebres y cualquier bicho para llenar el estómago. Tampoco había leña para el fuego, vivíamos una pobreza muy grande. A nosotros nos corrió el hambre”, cuenta Martiniano mientras visita a su sobrino Facundo, el lonko bajo arresto.

Buscando una mejor vida la familia se trasladó en 1973 hasta la ciudad de Esquel, a una casa ubicada en el barrio Don Bosco. Pero la plata escaseaba. Martiniano y sus hermanos no tuvieron otra opción que salir muy jóvenes a ganarse el pan.

Nos relata que junto a Ramón, el padre de Facundo, desde niños destacaron como jinetes allá en el campo. “Siempre tuvimos esa conexión especial con los caballos, tal vez por ser mapuche”, comenta. Y esa conexión era real. Así lo demostraron en el hipódromo de Esquel.

Allí fueron contratados a poco de llegar. Primero para limpiar. Más tarde para montar. Martiniano sería jockey hasta mediados de la década del ochenta. Ramón, el padre de Facundo, lo sería todavía mucho más tiempo y con bastante éxito. Hasta hoy sigue vinculado a los caballos; trabaja en el haras La Pasión de Buenos Aires.

Allí es un avezado cuidador y herrero de destacados fina sangres.

Martiniano derivó con los años en hábil constructor de casas. Bellas casas de barro en Esquel y sus alrededores. Sixto, otro de los hermanos, trabajó largos años como mozo en el exclusivo Hotel Llao Llao de Bariloche. Trabajadores los hermanos Jones Huala. Todos laburantes. De vagos, como los retrató cierta prensa, absolutamente nada. Les sobra empeño.

Ramón también vivió en Bariloche, la turística ciudad argentina a orillas del lago Nahuel Huapi. Allí conoció a María Isabel Huala, la combativa madre de Facundo, luchadora incansable y habitual portavoz de la familia.

Separados hace casi dos décadas, mantienen pese a ello fluida comunicación. No solo por el joven lonko y su posible extradición judicial a Chile. También por Fernando (29), Fausto (25) y Fiorella (27), sus otros tres hijos en común.

Fernando, mientras cursaba la secundaria, se fue a vivir con su padre a Buenos Aires. Fue incluso peón de caballos de carrera en el stud Rubio B. También fue flogger, algo que -paradójicamente- escandalizó a periodistas porteños que esperaban dar con un joven mapuche anclado en otro siglo. Y aislado completamente del mundo.

Fernando hoy es werkén, mensajero, de la Pu Lof en Resistencia de Cushamen. En dicha función, propia de eximios oradores, destaca por su ludicez y templaza. Es la mano derecha de su hermano lonko.

Fausto, el menor de los tres hombres del clan, también sabe de luchas y persecuciones policiales. Actualmente está imputado por la justicia por “usurpación y atentado contra la autoridad” tras participar de una ocupación de tierras en Villa Mascardi, ello en noviembre del año pasado.

El predio, bajo jurisdicción de Parques Nacionales, fue desalojado a balazos por efectivos del grupo Albatros de la Prefectura Naval Argentina. Allí murió baleado Rafael Nahuel, un joven laburante de los barrios pobres de Bariloche. Fausto Jones fue uno de los mapuche que aquel día bajó su cuerpo en una camilla hasta la ruta. Fue detenido en el acto.

Pese a su reconocido bajo perfil, Ramón también ha sacado la voz por sus hijos y la causa étnica que todos en su familia han abrazado.
A fines de 2017, tras visitar al lonko Facundo en la cárcel de Esquel, fustigó duramente a los medios por toda la desinformación reinante.

“Nosotros nos criamos todos acá; da bronca cuando dicen que los mapuche no somos de acá, que somos vagos o que yo soy granjero británico como publicó Clarín. ¿Por qué no preguntan antes? En Esquel me conoce mucha gente. ¿Qué tengo yo de británico?… Dejen de hostigar al pueblo originario”, disparó molesto.

Martiniano cree que el reencuentro de su familia con sus orígenes es un proceso irreversible. Una primavera que ya nadie podrá detener.

“Yo tardé muchos años en tener la confianza para manifestar mi identidad mapuche. Uno cuando niño sufrió el racismo y la marginación, el propio sistema está diseñado para que sientas vergüenza, ‘indio de mierda’ era lo más suave que nos decían en la escuela”, comenta.

Martiniano es clave en la historia de Facundo. Fue de los primeros en la familia en transitar el complejo camino del autoreconocimiento. El debió ser el lonko, reconoce, pero miedos y dolores acumulados desde niño se lo impidieron. No tuvo las fuerzas. Y cedió la responsabilidad -y el honor- a su sobrino.

“Es un proceso largo reconstruir la identidad, hay que acercarse a los mayores, volver al territorio, sanar muchas heridas. A veces pienso que es como aprender a caminar de nuevo”, agrega Martiniano.

Caminar. Es lo que el lonko dice extrañar estando preso en la cárcel o aquí donde su abuela Trinidad. Caminar por la Pu Lof, aquel territorio a la vera de la Ruta Nacional 40, vecino de la Estancia Leleque y que un 13 de marzo de 2015 decidieron con su familia y un puñado de otros jóvenes disputar a los Benetton.

Allí desapareció -el 1 de agosto de 2017- el artesano anarquista Santiago Maldonado tras una violenta carga de Gendarmería. Su cuerpo fue encontrado 77 días más tarde flotando en las frias aguas del río Chubut, afluente cordillerano que atraviesa zigzageante las tierras en conflicto.

Su caso impactó a toda la Argentina. Movilizó a miles dentro y fuera de sus fronteras. Pero también visibilizó injusticias de más de un siglo que persisten. La principal de todas, la alta concentración de la propiedad de la tierra en Patagonia. De tierra mapuche-tehuelche en manos ajenas.

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Atilio Curiñanco recuerda que nació y creció en las cercanías de la estación de trenes de Leleque. Allí trabajaba su padre, un mapuche desplazado de sus tierras como tantos otros en la zona.

Ya mayor, casado con Rosa Rúa Nahuelquir, buscó trabajo en la ciudad de Esquel, en un frigorífico. Ella hizo lo propio en una fábrica textil. Allí criaron a sus cuatro hijos. Y vieron nacer sus primeros nietos.

Pero una de las tantas crisis económicas cerró la textilera y también el frigorífico. Corría el año 2002. Fue cuando decidieron, alentados por sus hijos, volver a vivir al campo. Y dejar atrás para siempre aquella vida de mapuches urbanizados a la fuerza.
Averiguaron. Había un predio en teoría fiscal llamado Santa Rosa sobre la Ruta 40, frente a la Estancia Leleque. Eran tierras conocidas por Atilio desde su infancia. Allí cazó liebres con sus primos. Y cuidó animales.

Existía además otro dato relevante; una familia de apellido Tureo figuraba entre sus últimos pobladores hace más de medio siglo. Una familia indígena. Desde entonces que estaba abandonado.

Decidieron ocuparlo. Y transformarlo en su nuevo hogar. Hasta se dieron el trabajo de informar de ello a la policía de Esquel. No buscaban problemas, solo estar mejor. Y ganarse la vida con sus propias manos.

En eso estaba el matrimonio; construyendo una casa, sembrando, habilitando la huerta, cuando al poco tiempo apareció por Santa Rosa un trio infaltable en la zona; abogados de estancia, jueces y fuerza pública, todos trenzados en Chubut desde que se instaló el primer alambre.

Sería el comienzo de una larga batalla judicial contra Benetton, el mayor terrateniente de Argentina con 900 mil hectáreas de patrimonio.

En este punto es necesario volver al inicio de este reportaje. A la The Argentina Southern Land Company, los ingleses que a comienzos del siglo XX adquirieron todas las haciendas colindantes con la Colonia Pastoril Cushamen, aquel refugio mapuche de posguerra.

“La Compañía” -que así la conoce todo el mundo- nació en 1889 y via testaferros logró una serie de gigantescas consesiones por parte del Estado entre las provincias de Río Negro, Chubut y Santa Cruz. Su historia la cuenta en extenso el periodista Ramón Minieri en el libro “Ese ajeno sur. Un dominio británico de un millón de hectáreas en Patagonia”.

Los ingleses llegaron a poseer un territorio cuarenta veces mayor que Buenos Aires, un feudo repleto de vacas, ovejas, alambradas y un batallón de peones de hacienda viviendo y muriendo en sus dominios.

Fue el año 1991, bajo el gobierno de Saúl Menem, que su gigantesco patrimonio fue adquirido por la familia Benetton. Si, los mismos de la marca de ropa y las publicitadas campañas en pro de la diversidad étnica.

Hoy los italianos son un verdadero poder fáctico en Río Negro y Chubut. Sus directivos ejercen gran influencia en la Sociedad Rural, el poder judicial, partidos políticos, el gobierno y otros grupos de poder.

Según la Dirección del Registro Nacional de Tierras Rurales, el 22,9 por ciento del total de las tierras del Departamento de Cushamen están en la actualidad en manos de extranjeros. Entre ellos, la familia Benetton.

Vuelta del Río es uno de los varios parajes de Cushamen. Allí está ubicada la Pu Lof en Resistencia, comunidad formada por el lonko Facundo Jones Huala en tierras precisamente en poder de Benetton.

La Pu Lof se ubica a un costado de la Ruta 40, a 90 kilómetros de Esquel y a escasos 20 kilómetros -en línea recta- del paraje Mina de Indio donde se criaron los tios del lonko. También en pleno trazado del recorrido de La Trochita, el histórico Viejo Expreso Patagónico que realiza viajes turísticos desde y hacia Esquel.

Todavía más cerca de la Pu Lof, siguiendo hacia el sur la Ruta 40, se encuentra Santa Rosa de Leleque, comunidad formada por Atilio y Rosa tras aquel retorno al campo del año 2002. Allí han resistido desalojos policiales, un par de juicios en tribunales y hasta ofrecimientos de tierras y dinero de los Benetton con tal de abandonar la propiedad.

“Aún estamos vivos y resistiendo”, “Petu Mongueleiñ” y “Territorio mapuche recuperado” rezan los múltiples lienzos instalados en el acceso a Santa Rosa y que son visibles desde la ruta. También la bandera mapuche-tehuelche que flamea allí desde el día uno.

Es una porfía y una dignidad que aterroriza a los miembros de la Sociedad Rural Argentina, varios de ellos descendientes directos de quienes financiaron el ejército de Roca y luego se repartieron Puelmapu como un botín. Más de uno ha llegado al gobierno con Mauricio Macri.

Es el caso de Patricia Bullrich, la flamante ministra de Seguridad de la Nación. Su ancestro familiar es Adolfo Bullrich, militar y rico comerciante que llegó a ser Intendente de Buenos Aires durante el segundo mandato de Roca, su amigo personal. El viejo Bullrich hizo fortuna rematando las tierras arrebatadas a los ülmen y lonkos mapuche tras la Conquista del Desierto.

-“Su lucha es como el retorno del malón antiguo”, le comentamos al lonko Facundo mientras charlamos de todas estas historias presentes y pasadas en casa de su abuela Trinidad.

-“Ellos, los winkas, hicieron cosas malas y las siguen haciendo. Aquí la cuestión de fondo es la propiedad de la tierra y los privilegios de una clase. Acá se da además la combinación entre latifundio y trasnacionales, que es el caso de Benetton. Allí está el temor de la Sociedad Rural, que al cuestionar nosotros al gran capital luego pasemos a cuestionarlos a ellos. Por eso nos persiguen”, agrega.

-Si lo extraditan a Chile, ¿se detiene esta lucha?”, preguntamos.

-“Las comunidades se están reorganizando en los territorios y la identidad mapuche está cada día más viva. Esta primavera no la para nadie, peñi”, nos responde.