En el momento en que se hizo esta entrevista, Martín Caparrós (61) se encontraba en Chile como parte del jurado del premio Manuel Rojas, el que finalmente fue adjudicado al escritor mexicano –y su amigo personal- Juan Villoro.

— La única objeción que había en darle el premio a Villoro, es que es tan premiable que casi no tenía gracia— dijo entonces, mientras sorbía un café con leche en el comedor de su hotel.

“En el mundo dicen que lo que hacemos los argentinos es exactamente eso: sobrar, hacernos los vivos, simular que podemos lo que no podemos, creerlo incluso”.

Sobre la mesa, el diario La Tercera informaba sobre dos hechos relacionados a la patria de Caparrós: la condena al exministro de Cristina Fernández, Amado Boudou, y la trama de los cuadernos que derivó en la detención de exfuncionarios kirchneristas. “Es muy curioso cómo aparecen de pronto esas cosas que te cambian la actualidad política de un país, una cosa que sale de la galera y no tiene mucho que ver con el desarrollo más o menos previsible”, opinó Caparrós, durante la conversación.

Aunque no lo sabía entonces, durante los siguientes días Argentina se sumiría en tiempos aún más interesantes, como el allanamiento a la casa de Cristina Fernández, la dramática depreciación del peso argentino y la reducción de la mitad de los ministerios de gobierno por parte de Mauricio Macri.

Una crisis que bien podría calzar con el período dibujado por Caparrós en su última novela, “Todo por la patria” (Planeta, 2016): Un dandy barriobajero del Buenos Aires de 1930 debe resolver un crimen que involucra al principal futbolista de River Plate, un oscuro empresario ganadero y a una Argentina acechada por los fascistas y la pobreza.

– En “Todo por la patria” coinciden como tópicos tres íconos de “lo argentino: el tango, el fútbol y la carne.

– En fin, sí. En el libro se fueron engarzando estos distintos mitos de origen, que son constitutivos de la identidad argentina, pero lo que me interesaba, mi puerta de entrada digamos, era el interés por esa época en que el tango estaba vivo, cuando era una opción –si se quiere- rebelde. Un joven molesto, inquieto, se podía hacer tanguero, al igual que hoy sería un rapero o un reguetonero.

– El protagonista se queja de que el tango estaba muerto, que lo habían vuelto “de plástico”, y era 1930…

– Esos discursos de vuelta a los orígenes suceden en todo momento, incluso en aquello que hoy estamos dispuestos a considerar “los orígenes”. Me sorprendió mucho encontrar en los textos de la época ése tipo de cosas: gente que decía: “Bueno, la Argentina ya se arruinó. Hay que intentar volver a ser como éramos”. Esto que los argentinos decimos ahora, justamente, pensando en esos años, los 20′ o 30′. “Cuando la Argentina sí estaba bien”. La idea de la edad de oro original existe en cada momento, incluso en esos momentos que después pensamos como las edades de oro originales.

– Es curioso cómo Argentina parece vivir en constante crisis, cómo nunca…

– ¿Nunca se termina de ir completamente al carajo? Je, je. No, y en parte porque nos gusta hacerlo.

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Nacido en Buenos Aires hace 61 años, Martín Caparrós inició una precoz carrera en el periodismo a la vez que militaba en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), un grupo de la izquierda peronista que luego se fundiría en los Montoneros.

—Ahora que (afortunadamente) los movimientos armados no tienen ninguna legitimidad, es muy fácil pensar que nunca la tuvieron. Pero creo que hay que poner en contexto, hay que leer épocas, historias—, piensa.

“A veces hago eso: escribo un libro que publico yo y se lo termino regalando a mis amigos. Hacer un libro que sólo tenga que ver con mis ganas de escribir, me da mucho placer”.

Antes de cumplir la mayoría de edad, Caparrós ya había pasado por las redacciones de diarios como Noticias ¬-donde compartió con Rodolfo Walsh- y por el semanario Goles. Siendo aún joven dejó la convulsionada Argentina de inicios de mediados de los 70’ para estudiar historia en la Universidad de París. Tras varios años de exilio, volvió a Buenos Aires para formaría parte de las fundaciones de medios como Página/12 y Babel.

Aunque actualmente reside en España, Caparrós vuelve con cierta periodicidad a Argentina. En la década del 2000, por ejemplo, emprendió una serie de viajes a bordo del “Erre”, un viejo auto que lo llevó por la provincia argentina. En su libro “El Interior”, Caparrós buscó qué era eso que cabía en la otredad con la que los bonaerenses nombraban al resto de Argentina, y si había algo que efectivamente mantuviera unidas a esas entelequias.

– ¿Coincides con que la patria es una idea de demencia colectiva?

Mmm. Bueno, por un lado es una demencia pensar que uno puede construir un país, como bien han aprendido los últimos meses mis vecinos catalanes. Pero, por otro lado, para los que sí pudieron llevar adelante esa locura, resulta ser una locura muy funcional. Las patrias son los instrumentos de control y falsificación más potentes que hay.

– ¿De falsificación?

– Falsificación en el sentido que desplaza muchos significados que yo llamaría verdaderos. A veces hablo del “efecto patria” en el fútbol. ¿No? En el hecho de que, en algún momento, voy a gritar un gol al mismo tiempo que el General Videla. ¡Y no puede ser que nos alegremos por lo mismo! Ahí hay una falsificación, algo que no tendría que ser. Es como si tú y Pinochet festejasen por lo mismo. “Pará”, dirías, “hay algo que no cuadra”.

– Como la unión a la que apelan los sponsors de las selecciones de fútbol

Eso es lo que produce el efecto patria. Convencernos de que hay algo que está por encima de nuestras diferencias, que es la patria. La que se manifiesta cada vez más pobremente, pero insistentemente en partidos de fútbol. Y en otras cosas más complejas, digamos. Pero a eso llamo falsificación. La falsificación de “los verdaderos problemas”. En el caso al que aludía un poco en joda, es el caso de Cataluña. Estuvo muy claro que el gobierno de centro derecha catalán recurrió a la bandera -el efecto patria- en un momento en que estaba complicado: había recortado mucho los planes sociales, salud, educación, y ahí comenzó a agitar la bandera de la independencia.

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En lo que duró el último Mundial de Fútbol, Martín Caparrós despachó diariamente una columna para el New York Times Español. Uno de sus escritos, publicado horas después de la derrota de la selección argentina frente a Croacia, escribió:

“Parece que así somos. En el mundo dicen —los que dicen algo sobre el tema— que lo que hacemos los argentinos es exactamente eso: sobrar, hacernos los vivos, simular que podemos lo que no podemos, creerlo incluso”.

– ¿Cómo viste el último mundial?

– Mmm, con mucha decepción. Aunque no tanto como ustedes [sonríe por la maldad]. Por el New York Times tuve que estar extremadamente atento, y la verdad es que fue una decepción tras otra. Se me caía mi favorito natural y estaba dispuesto a seguir con algún otro, como Uruguay o España, que también cayeron. No conseguí que ninguno me durara algo. Estaba tan desesperado que estuve dispuesto a hinchar por Brasil, la conch… Un día me descubrí mirando Inglaterra – Croacia como si me importara y dije “no, bueno, ya está”.

– Como mencionaste, el único que interés de Chile era ver cómo le iba a Sampaoli…

– Ah, carajo. Es raro lo de Sampaoli, porque en Chile le iba bien. Llegó a donde estaba porque había mucha gente que creía que era muy bueno. Y hoy en Argentina no queda ni la madre que crea que es bueno.
– En Chile hay gente que lo ama y otra que lo odia, por lo de “me siento un rehén en Chile”.
– Es una persona muy extraña, sí. Pero más allá de su personalidad, lo raro es que no tuvo una definición sobre cómo coño quería hacer que jugara su equipo. Eso le hizo perder muchísima confianza no sólo del público, sino que de los jugadores.

– Uno podría pensar que es difícil entrar a un camarín con todas esas súper personalidades.

– Está bien, es cierto. Pero él lo sabía cuando entró y, además, ¡eso es lo que hace un técnico! Si no, ¿para qué mierda sirve? Si es para dirigir un equipo de jardín de infantes yo también voy.

En la columna publicada en el Times luego de la derrota argentina frente a Croacia, Caparrós sentenció: “el partido se deshizo por una obviedad: un argentino creyendo que puede lo que está claro que no puede”.

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– Alguna vez dijiste que eras un fotógrafo aficionado, que escribías crónicas de diez páginas para que te publicaran una o dos fotos en el artículo.

– Sí, lo dije. Pero he publicado libros de fotos. El primero se llama Pali Pali, que trata sobre Corea. Y hace tres meses, publiqué un librito que me gusta mucho, “Postales”. Salió en Barcelona, en una editorial chica. Son 40 fotos que he sacado en los últimos 35 años, y cada una viene con un texto corto que cuenta un poco la situación, o algo que tiene que ver con ese momento. Son fotos de 25 o 30 países distintos, un recorrido por el mundo. Traté de contar así: otra mirada sobre historias que conté.

“Aunque no parezca, me gusta mucho más escuchar que hablar, mirar antes que ser mirado. Y el periodismo no es mucho más que eso, pero es algo que a mí me corresponde mucho”.

– ¿Que ya habías contado?

– Sí. La primera, por ejemplo, es una foto de Sri Lanka, una historia sobre pedófilos que conocí hace unos 20 años. Ahí cuento la historia de estos chicos en la playa, que de alguna forma estaban posando para mí, con lo cual yo estaba haciendo una especie de pornografía. Cuando me di cuenta de eso, sentí un asco horrible de mí mismo.

– ¿Sigues editando libros que sólo distribuyes para tus amigos?

– Y a veces hago eso: escribo un libro que publico yo y se lo termino regalando a mis amigos. Quizás escribo demasiado. Me gusta pensar que de vez en cuando hago algún libro que no está dentro de este circuito tan establecido, institucionalizado, del mercado editorial y todo eso. Entonces hacer un libro que no tenga que ver con el mercado, que esté fuera de eso, y tenga sólo que ver con mis ganas de escribir, me da mucho placer.

– Hay una frase tuya que usan mucho en las escuelas de periodismo: “El periodismo es una de las mejores experiencias para saber radicalmente del otro”

Sí, bueno, el periodismo es como la patente del curioso, del voyeur. Es el título que te permite meterte y mirar en todas las cerraduras, porque supuestamente lo haces por una buena causa. ¿No? Yo soy muy voyeur, entonces me siento muy identificado con eso. Aunque no parezca, me gusta mucho más escuchar que hablar, mirar antes que ser mirado. Siempre me sorprende a la cantidad de gente a la que le pasa lo contrario. Que quiere todo el tiempo que los miren, o estar hablando en vez de estar y escuchar. Y el periodismo es mirar y escuchar. Hay tantas cosas en el mundo que uno no conoce, y que puede intentar averiguar, y tratar de contar de manera interesante. No es mucho más, pero es algo que a mí me corresponde mucho.