Esta entrevista se realizó el día en que se liberaron los resultados del Fondart, una de las pocas instancias de financiamiento de la cultura en Chile y que significa la existencia o postergación de montajes y realizaciones.

Pactamos la reunión a las 11, pero Ignacio llegó tarde. Se atrasó porque se quedó revisando los resultados, instancia en que se ganó dos de los cuatro proyectos a los que postuló, uno de ellos a través del Sidarte.  Aunque quedó en lista de espera, la decepción en su cara era evidente.

“La lista de espera, segunda lista de espera ¿Quién va a renunciar? O sea, yo he ganado 8 festivales, el Festival de Puerto Montt, el Santiago Off, puros festivales bacanes y no, jamás hubiera renunciado. Así que obviamente sé que la lista no corre”, comenta.

Orgulloso comenta que están contentos en Cultura porque pudieron frenar el recorte presupuestario que afectaba instituciones como Balmaceda Arte Joven, Matucana 100, Museo Precolombino, Museo Violeta Parra, Teatro Regional del Bío Bío y el festival de artes escénicas “Santiago a Mil”.

¿Cómo estuvo esa pelea?

-La derecha es nefasta, hicieron recortes duros y logramos revertir algunos. Un ámbito, más bien. Porque los recortes eran de casi 8 mil millones de pesos y frenamos 3 mil. No fue todo, pero es un avance.

Esos recortes se dan porque la derecha está en el poder o porque están reasignando los presupuestos a otros lados ¿Cuál es el criterio para decidir sacarle plata a cultura?

-No soy de la idea que todas las acciones de los sectores conservadores en lo valórico sean fascistas o como que cualquier cosa que hace la derecha es facha. Eso lo encuentro muy peligroso porque terminas despolitizando un concepto súper importante y necesario sostener su legitimidad cuando necesitas realmente usarlo.

Pero volviendo al tema, veo que aquí hay una visión mucho más ideológica de la derecha que, en cierto modo, es legítima y que es la visión de que el Estado debe ser una institución mucho menor que regule las actividades civiles, humanas, productivas, comerciales, que sostenga a los sectores más desposeídos y que, supuestamente, genere canales de comunicación entre el sector privado y la sociedad civil para que haya un buen trasvasije de recursos, por ejemplo, en el ámbito cultural.

En lo concreto, ¿en qué se traduce?

-La apuesta de ellos es siempre agilizar los procesos de traspaso de financiamiento a través de donaciones a las fundaciones o facilitar la tramitación para el descuento impositivo para que las empresas puedan hacer aportes para el desarrollo de la cultura, la ciencia, el deporte:  tres sectores necesitados permanentemente.

Lo cierto es que no ocurre y no ocurre por varias razones: primero porque en Chile no hay una cultura filantrópica en que las grandes corporaciones donen parte importante de sus utilidades como pasa en el mundo anglosajón, en que hay, genuinamente, una idea de que si yo me he hecho multimillonario y he generado una enorme corporación, desarrollándome  en una sociedad, es casi una cuestión de inercia, la necesidad de retribuir a esa sociedad a través de grandes donaciones destinado al desarrollo humano y las comunidades. Pero eso no existe en Chile, no hay esa cultura filantrópica genuina. Acá hay una cultura de la caridad, del deber ser cristiano. El problema acá es que la caridad siempre es poquita, que no duele. Además está muy enfocado a la extrema pobreza o ha temas como innovación, la capacitación, siempre vinculado a lo productivo.

¿Cuál es el problema que tú ves con eso?

-La idea de la filantropía colabora a un fondo ciego en que otras organizaciones con otros criterios son los que reparten los dineros, por lo tanto, dentro de esa línea curatorial de los aportes de la Responsabilidad Social Empresarial chilena, jamás va a entrar una compañía de teatro callejero con un discurso político disidente, un festival de música contestataria, un festival de Hip Hop, seco, puntudo en su práctica, en su discursividad. Entonces, en lo concreto no opera. Hay una fantasía insistente de la derecha: creen que generando los puentes entre el mundo privado y la sociedad civil, se puede generar un trasvasije de recursos que permite que el Estado se retraiga, administre un poco las reglas, recorte los recursos, disminuya su aparataje y, por lo tanto, acentúe el modelo de economía. Por otro lado creen que son las grandes empresas las que tienen mayor tuición sobre lo público que el propio Estado y eso es profundamente ideológico.

Mi visión es que lo único que nos pertenece a todos, con todo y su infinidad defectos, es el Estado, y la manera de subvencionar los derechos sociales, culturales, indígenas, al trabajo, qué sé yo, es a través del Estado. ¿Y con qué recursos? Bueno, con el pago de impuestos de esas grandes empresas, grandes corporaciones, grandes emprendimientos. Que oye, está está muy bien que existan, pero en la medida en que respeten a las comunidades, a los trabajadores, los territorios. Creo que esa es la manera de generar ese “trasvasije” de recursos.

Además aplica el criterio de lo rentable…

-La empresa privada siempre, porque es su mandato, porque es su lógica, porque es su constitución, tiene como prioridad la rentabilidad. Al presidente de un directorio no se le asigna para que le haga bien a la sociedad o a una comunidad, se le asigna  para que genere la mayor cantidad de recursos y, la evaluación de esa efectividad del manejo de esa corporación o empresa es, precisamente, a través de los aumentos de rentabilidad y todo lo otro que se hace está en función de aquello. Se hace la fiesta de navidad a los trabajadores, no porque se quiere y se valore al trabajador, se hace porque es una manera de generar identidad, responsabilidad con la empresa.

Claro, apuestan a un ‘vínculo’ para que sigan produciendo.

-Muchos los beneficios a los trabajadores, las fiestas, los bonos extras, las salidas a terreno, los regalos para los hijos son, en términos cuantitativos, mucho menores a los costos reales. Entre entregar mejores salarios o de acortar la brecha o dar fiestas buena onda, no hay dónde perderse.

Es un embeleco…

– Exacto, mejor rifamos un viaje a Buenos Aires con el marido. Entonces, el fin último de una empresa es la rentabilidad, todas sus acciones con las comunidades tienen como objetivo aminorar las crisis, los conflictos, de manera de poder desarrollar sus proyectos de la mejor manera posible y generar la mayor cantidad de ganancias. Entonces, entregarle a ese sector, el control o la potestad de definir, por ejemplo, qué proyectos culturales, artísticos, debieran o no existir, es terrible.

Peligroso por lo bajo

-Claro, porque no hay conceptos técnicos, no hay un análisis de lo que significa el desarrollo de la cultura de un país. No hay una mirada genuina, profunda, compleja, sobre el desarrollo humano de una comunidad, solo hay intereses corporativos de fondo, entonces, la derecha rebota una y otra vez con eso. Cada Ministro de Cultura llega a gerenciar, no todos lo declaran obviamente. La ministra Alejandra Pérez lo declaraba, era frontal con eso, decía: “Yo vengo a hacer lo mismo pero con menos recursos”, igual que lo hace un gerente de una empresa. Pero oye, no se puede hacer lo mismo con menos recursos. Todo lo contrario, se necesitan muchos más recursos en el sector cultural, porque ya es un sector precarizado.

¿En qué elementos identificas esa precarización?

-La industria creativa genera alrededor de 500 mil empleos, según cifras del propio ministerio de las culturas, alrededor de un 2,2; un 2,3 del PIB, o sea, no somos un sector menor. Estamos menos valorizados en términos del interés, del protagonismo que cumplimos como sector productivo, pero no lo somos. Entonces, hay una profunda contradicción. Lo vemos con la salida del Fondart: ¿Cómo es posible que festivales que llevan 10 años desarrollando audiencia, sigan, todavía, postulando a esta lotería? Desde el teatro hace mucho rato venimos instalando la idea de que lo que se necesita es que Chile avance y cree mecanismos de subvenciones permanentes a los proyectos. Que haya una línea de concursabilidad para proyectos jóvenes, para grupos que se unen o se convocan por primera vez para hacer un proyecto. Pero gente que lleva 30 años con sus compañías de teatro, o sea, con proyectos de excelencia debieran tener -bajo controles súper estrictos, porque son platas públicas- mecanismos de subvención permanente. Ese es uno de los elementos que está incorporado como criterio en el proyecto de Ley de Artes Escénicas.

¿Cómo, desde tu trinchera y rol, se combate con toda esa precarización en la que viven y trabajan en las artes escénicas?

-Es muy complejo, porque para poder combatir esa precarización hay que ponerse de acuerdo en cuál es el valor real y efectivo que tienen  las artes y la cultura en el desarrollo humano del país y en eso no tenemos acuerdo.

DESDE ADENTRO

Foto extraída del Twitter @Sidarte_Chile

¿Qué ha sido lo más complejo de la pega sindical?

-Que hay que seguir con la vida, con la pega. Al final del día uno tiene que pagar cuentas y tiempo no queda mucho. Tenemos una “dieta” que dice que podemos almorzar hasta por 5 mil pesos cuando trabajamos jornada doble. Y está bien, yo sabía que era así. Por otro lado el directorio del sindicato opera de una manera muy especial, porque nosotros, en estricto rigor somos directorio político y ejecutivo. Por un lado dictamos los parámetros, los lineamientos y por otro, llevamos a cabo los proyectos. O sea, es un directorio político, ejecutivo y obrero. Es un trabajo muy especial y una pega muy demandante. O sea, el sindicato me toma un 40% de mi tiempo profesional, que es una actividad no remunerada y es complejo, porque el otro 60% que es mi compañía de teatro que es una actividad remunerada, cubre solo un 20% de mis ingresos. Lo que quiero decir es que me va quedando muy poco tiempo para generar recursos para mí mismo. Tengo un hijo y ya no puedo vivir con pocos recursos como lo hice durante mucho tiempo.

Por eso al principio te decía que estábamos muy tristes de no habernos ganado el Fondart acá en el Sidarte, porque el objetivo de ese proyecto, era generar una sala de ensayo extra para los socios, a bajo costo, pero, además, construir dos oficinas comerciales de arriendo externo para que generaran algo de ingreso.

¿Y en términos más generales?

-Otra de las complejidades de este sindicato es que no tenemos ningún mecanismo de apoyo directo desde el Estado. Como somos un sindicato interempresa, es decir, representamos a actores y actrices, contra todos posibles empleadores, llámese Estado, municipalidades, universidades, festivales de teatro, canales de televisión, las productoras, etcétera y, además, luego de una reforma estatutaria, ahora trabajamos también con trabajadores de las artes teatrales. Al ser interempresa es que no tenemos una sola contraparte empresarial o empleador,  nosotros no podemos o podemos con mucha dificultad, generar convenios, acuerdos. O por ejemplo, hacer que el pago de cuota sindical se haga descuento vía planilla. Si tú eres sindicato Carozzi, tú puedes llegar a ciertos acuerdos con la empresa y tienes una implicación directa con sus trabajadores, tienes una forma directa de acceder, de trasladar información, para detener tus funciones, para hacer huelgas legales, para ser mecanismos de presión, de negociación y todo lo que le afecta, de alguna manera, a la planta de trabajadores “les afecta más o menos igual a todos”, nosotros no.

¿Eso genera división o individualismo dentro de la misma industria?

-Nosotros tenemos un grupo de gente que le importa mucho las condiciones actuales de la televisión, de la legalización, de la externalización de los productos ofrecidos; tenemos a muchos que no trabajan en televisión y que les importa la demora en la rendición de los fondos del Fondart; otros que su problema es las largas esperas en los casting para publicidad; otros que trabajan en municipios y no le salen los cheques o le salen a 90 días los cheques, entonces, tú convocas por una necesidad y no todos se identifican. Esos dos elementos, el no poder establecer políticas transversales con un interés, absolutamente común, o poder llegar a un acuerdo con el empleador para poder generar el pago de cuotas por planilla, hace que el sindicato tenga un ámbito de acción muy grande, pero nos deja en una debilidad en materias de sostenibilidad financiera. Este sindicato tiene más egresos que ingresos: a pesar de que en el directorio está establecido por estatutos y por decisión de la asamblea que debiéramos tener dieta, no la tenemos, a pesar de que hacemos un millón de esfuerzos por reducción de costos, permanentemente, seguimos teniendo déficit mensual.

¿Cómo evalúas este tiempo acá? ¿Te has decepcionado en la medida que ha ido pasando el tiempo?

-Mira, yo lo evaluaría como un muy buen año. Yo estoy súper contento de estar acá, he aprendido muchísimo en este sindicato, principalmente, en el rol de la presidencia, es como un estudio superior, un magíster en muchas cosas porque tienes que aprender rápidamente cómo funciona el Estado, el mundo sindical, aprender sobre la legalidad del trabajo, tienes que aprender qué rol cumplen las autoridades, tienes que conocer los diferentes espacios de laborabilidad de tus socios, vincularte con sus necesidades y atender otras demandas sorpresivas, y que no se vislumbraban con la fuerza con la que ha emergido y en buena hora, las demandas feministas.

Son tantos ámbitos que, por muy preparado, por mucho conocimiento que tú tengas antes de llegar al sindicato, hay unos cuatro o cinco meses en que uno está tratando de entender dónde está parado, como entender cuál es tu función. Cuando uno llega acá, te das cuenta de que el sindicato tiene, entre muchas cosas, un liderazgo de opinión que hace que tú, rápidamente, tengas que asumir una cierta vocería y, además, una cierta representación de ciertos sectores y que te demandan, te exigen, una capacitación contra el tiempo.

¿Algunos de los temas que te tocó asumir en esta vocería que dices, fue más compleja?

-Yo llevaba un tiempo acá y me estaba entrevistando con Daniel Matamala, con Fernando Paulsen, para hablar de los temas relacionados con género. Me veía leyendo sobre feminismo en la casa y tratando de entender lo que estaba pasando y ver las experiencias internacionales en estas materias y cómo lo habían manejado los sindicatos en otras partes del mundo, porque todo es nuevo. Estábamos todos desconcertados, viendo qué hacemos, qué es lo que se puede y no se puede decir, viendo hay conceptos que ya están obsoletos, el foco tiene que estar puesto en las víctimas, que hay que nombrar al agresor, pero si lo nombramos hay que hacerlo sin saltarnos el derecho a la legítima defensa. Todo un universo de cosas en las que tienes que salir bien parado, no por una cuestión personal, sino a nivel de sindicato, a nivel comunicacional, para darle al sindicato el nivel que se merece.

Por como me hablas, pienso que igual lo estás disfrutando.

-Es súper complejo. Tú llegas acá y al poco tiempo, hay que surfear la ola y exige prepararse. Para alguien, todo esto que te cuento podría ser atroz y podría querer salir corriendo, pero a mi me importa. El ámbito político me importa, me gusta, me motiva, me moviliza, para mí, este tiempo en el sindicato es de servicio social. Es, entregarle tres años de tu tiempo, a una organización que cumple un rol de defensa de los y las trabajadoras del teatro, de las artes escénicas y hacerlo con un sentido de responsabilidad, de apego, de cariño, sacarse todas esos prejuicios que uno tenía de ‘no esta compañia no me gusta’ o ‘estos actores de este sector, no me gustan’ porque tu rol es representarlos y representar su interés y ese es un ejercicio súper bonito, muy personal. Empezar a decir, por ejemplo, desde este momento, en mis redes sociales, en mis conversaciones personales, privadas, soy el presidente del Sindicato de Actores y Actrices de Chile y tengo que representar su interés.

¿Te toca guardarte tus opiniones?

-Si me gusta o no me gusta el teatro comercial, es algo que ya no importa. O sea, hay que asumir una posición desde la trinchera de los y las actrices de teatro porque todos son actores de teatro y tengo que defenderlos y respetar su trabajo. Los compañeros que están en los altos rangos de pago en el mundo de la televisión, también, son y deben ser representados por el sindicato y no me corresponde a mí hacer un juicio valórico sobre sus ingresos, sino que tengo que representar y salvaguardar que se cumpla la normativa laboral, que ganen 200 mil pesos o 15 millones de pesos. Todo ese ejercicio es súper interesante. Yo soy una persona que me he desarrollado en muchos mundos diferentes, soy profe, tengo una carrera académica, tanto en Chile como en el extranjero, soy  director de una compañía de teatro callejero, tengo ahí, durante 17 años, una trinchera y es un lugar súper concreto que he construido un colectivo, la práctica teatral, una manera de abordar el espacio público y, además, tengo una carrera como actor en televisión y que es, probablemente, lo más visible para la opinión pública. Una experiencia que para mí es muy menor, porque hace años que no estoy en la tele. Quizás para el 90% de la gente que me conoce soy un actor de tele, no un director de teatro callejero, ni profe, ni dirigente sindical. El conocimiento de esos mundos te va permitiendo entenderlos y acercarme con cierta naturalidad a esos diferentes grupos, pero, también, ha ido generando tensiones, problemas, diferencias, desde un lugar distinto de tu lugar de par.

¿Cuándo asumiste que tenías que dejar todas esas tensiones fuera?

-Yo no puedo permitirme que un profesor, por ejemplo, porque nos enfrascamos en una discusión en la universidad que sienta que el sindicato no lo representa porque cuando era profe nos peleábamos. Hay que sacarse eso y esa ha sido una experiencia súper interesante, es decir, para todos los que necesitan de este espacio, yo tengo que estar disponible. Así acompañamos juicios, litigios, mediaciones. De repente estás, no sé, un sábado a las 9 de la mañana y te llaman y te piden algo y tienes que estar y partir a ver la cuestión. A veces te preguntas ¿Qué estoy haciendo acá? ¿Por qué no estoy con mi hijo y no estoy generando plata? Por último dedicándole el tiempo a mi compañía, no sé. Y ahí vuelvo como a lo primero: este es un servicio social, un servicio público con toda su precariedad.

Leyendo tus entrevistas, viendo tu Twitter, analizando tu propia gestión, se puede ver que eres un tipo opinante y bastante crítico del sistema actual ¿Eso no te ha jugado en contra?

-Es que ahí hay una contradicción, porque, por un lado, creo que un sindicato es, por definición, un espacio sociopolítico. Tú puedes convertir a un sindicato en un proveedor de servicios para sus socios: que se tomen un café, jueguen pin pon, hacer convenios con un gimnasio, hacerles una caja de navidad, etcétera. Pero yo no creo que esa la función de un sindicato. La primera función es defender los derechos de los trabajadores, para eso fue que me eligieron y, además, este sindicato, tiene otro tipo de acciones, que es la incidencia en las políticas públicas y eso, para mí, te obliga a asumir una posición, un liderazgo crítico. A la pregunta ¿si eso tiene un costo personal,  profesional? Evidentemente, o sea…

¿Te ha bajado la pega?

-Sí, y me he empobrecido profundamente. O sea, desde que entré al sindicato me he empobrecido, he vivido, en parte importante, con mis ahorros que tenía por mi paso por la televisión.

¿Aprendiste a ser ahorrativo?

-Sí, súper.  No vivo como estrella, ocupo lo que necesito y ahorré mucho en su momento, pero, se me han ido muchos de esos recursos porque tengo poco tiempo para destinar al trabajo remunerado. Sin embargo, no me arrepiento. Este es un servicio social y el que lo haga, creo que tiene que hacerlo con valentía y asumir los costos de eso y que el gobierno, sea del lado que sea, tiene que asumir y aceptar también, de que nosotros vamos a ser un agente crítico y no estamos para ser amigos. Trabajamos para hacer alianzas, para desarrollar proyectos, en la medida que esos proyectos y esas alianzas beneficien el interés de nuestros asociados, y el interés de nuestros asociados es tener más trabajo, tener mejor trabajo, que se cumplan las leyes laborales, que se respete el código del trabajo, que si son contratados que se les pague cuando corresponde, etcétera. Quien asuma este rol y no esté dispuesto a asumir ese costo, creo que no está entendiendo, realmente, qué significa ser presidente o presidenta del sindicato de actores y actrices de Chile.

Entonces, ¿no te has sorprendido en el camino?

-Es divertido, porque cuando tú te dedicas única y exclusivamente a tus propios  intereses, como por ejemplo un actor de televisión, trabajas con todas las marcas, haces embajadurías -todo muy legítimo- y trabajas el 99% de tu tiempo en generarte recursos para ti mismo, nadie te cuestiona y todo el mundo te adora. Estás 100% enfocado en generarte rentabilidad, capitalización personal, velando única y exclusivamente por ti. En cambio cuando te dedicas a una acción de carácter social o política, no remunerada, no partidaria, en donde lo que estás haciendo es defender el interés de tus propios compañeros y pares, la mitad de la población te odia, porque asume que tú representas un sector político que no es el suyo, por lo tanto, pasaste de ser el actor que valoraban, que querían, que les encantaba el personaje, a un huevón despreciable.  Eso me ha impactado mucho.

¿Te imaginaste que podía ser así?

-Yo siempre he creído en el bien común, en el servicio público, pareció la oportunidad de estar en este espacio y lo he vivido con mucha satisfacción; con dolor a ratos, con rabia por la precariedad, con mucha irritación por ver las necesidades de nuestros colegas, la extrema precariedad en la que muchos viven, con rabia también. No sé poh,  cuando veo que la contraparte, como el Ministerio de la Cultura no entiende cabalmente cuál es el rol del sindicato, cuáles son las necesidades de nuestro sector, dónde hay que poner los acentos, dónde hay que poner los recursos. Entender que el problema de la cultura sí es un problema de recursos.

En Chile, el aporte del gasto público a cultura es de alrededor, de un 0,4%, el promedio de los países OCDE y lo que recomienda la UNESCO es un 2%. O sea, nosotros tenemos un quinto de lo que deberíamos tener o de lo que tienen los países con los que nos gusta tanto compararnos en otras materias. Entonces, sí hay un problema estructural de recursos y en esta visión, esta ideología fantasiosa que cree que el sector privado puede trasvasijar recursos a la cultura.

Claro, pero la izquierda tampoco fue una panacea, ¿o sí? ¿cómo viste esa gestión?

-No digamos que con la centro izquierda la cultura era un paraíso, pero, era bastante mejor, porque, por último con los gobiernos de la Nueva Mayoría y de la Concertación hay un lenguaje común. Cuando hablábamos de territorio sabemos de qué estábamos hablando, cuando hablamos de desarrollo humano, sabemos de lo que estamos hablando, cuando hablamos de comunidad… A veces con la derecha no hay un mismo lenguaje: te están hablando de cuantificar, de rentabilizar y tu discutes ‘pero esto es una inversión’. La inversión es a largo plazo, es compleja, difícil de medir y tiene que ver con otros factores.

Y necesita de más lucas, seguramente.

-Claro, y todos los ministros con su gabinete, seguro querrían muchos más recursos de lo que les dan. Pero creo que ellos entendían, de manera mucho más cabal, el rol de un Consejo o de un Ministerio de la Cultura, las Artes y el Patrimonio.

TEMAS DEL AÑO

¿Cómo viste la crisis que vivió este año cultura, que se acentúo con la salida de Rojas?

-Del ministro Rojas no tengo una buena impresión en términos profesionales, pero no lo conozco personalmente. Todo lo que me ha tocado leer de él, observar de él, después de que fue ‘renunciado’ como ministro, es un resentimiento, una falta de sabiduría, una falta de temple que yo creo que tampoco lo hacían estar calificado para ser ministro, además, sus declaraciones al respecto del Museo de la Memoria son absolutamente condenables, insostenibles y creo que nuestro sector reaccionó como debía. Con sus declaraciones el ministro denotó una ignorancia respecto a una distinción fundamental entre lo que es un museo de carácter histórico y un museo de carácter memorial, pero, además, el desprecio profundo por la historia, por la memoria, y creo que un ministro de la cultura que no entiende el rol que cumple  la memoria en la construcción del tejido cultural de un país, no tiene las competencias ni profesionales ni éticas para asumir el cargo.

Ahí pasó un fenómeno bien interesante en cultura porque, finalmente, toda la comunidad se unió. Eso era algo que no pasaba hace rato.

-Creo que la unión de los trabajadores y las trabajadoras del sector cultura, de los gestores, de los hacedores, de los creadores es absolutamente fundamental. Y creo, y ojalá me equivoque, que se viene un año difícil pues creo que uno de los errores estratégicos que cometió el gobierno en la presentación de este proyecto de cultura es que agarró a ocho instituciones emblemáticas, les hizo un recorte enorme y a todos por parejo, y por lo tanto, las unió, inmediatamente. Quien consideraba que a lo mejor no era tan grave que le hicieran el descuento a una institución, la otra sí le dolía.

Ahora, no es fácil unir al sector. Básicamente porque el sector cultura somos fruto de una sociedad absolutamente atomizada, en que nos han enseñado a punta de fracaso, a punta de dificultades personales. Nos han enseñado que cuando el sistema público, el Estado, no te provee las garantías básicas, de los derechos sociales como un acceso digno a salud, a educación gratuita, a atenciones dignas, debes suplirte tu mismo de esos derechos sociales a través de la capitalización personal. Así terminas individualizado.

¿Qué opinión tienes de Consuelo Valdés?

-Ella es una mujer que está preparada, una mujer que viene del mundo de  la cultura, que tiene las herramientas y competencias profesionales, pero creo que está amarrada con su sector, que tal como dije antes, vive en esta fantasía de que la cultura o puede financiarse con fondos venidos del mundo privado o puede financiarse con fondos autogestionados y, lo cierto, es que eso es absolutamente falso.

¿Entonces es un problema estructural el modelo que propone la derecha?

-Hace un tiempo, escuchaba en la subcomisión de diputados y senadores que evalúan el presupuesto de cultura, en la que el senador Santana de Renovación Nacional, que exclamaba,  con la vociferación, propia del ignorante que ¿cómo era posible que organizaciones como Santiago a Mil, el Museo de Arte Precolombino o Matucana 100, no se financiaran con su propia gestión? y que entonces a lo mejor había que cuestionarse si estos lugares debían existir porque no eran rentables, porque eran incapaz de sostenerse. Su lógica era que si en el mercado no las piden, si no hay suficiente demanda dispuesta a pagar, entonces no deberían existir. Esa visión es brutalmente ignorante y atentatoria contra lo que es el desarrollo de las culturas y las artes de un país y los derechos culturales que tenemos todos los ciudadanos. La pregunta es  ¿si no es rentable, no debería existir? Yo digo sí, por supuesto que debe existir: ¿o le vamos a dejar al mercado que regule el tema?, ¿qué solo las actividades que son capaces de sostenerse existan? Que el mercado decida qué tipo de cultura, qué tipo de proyectos artísticos, qué tipo de desarrollo cultural, qué tipo de escritores deben existir en nuestro país. Pensar eso es una brutalidad, una aberración.

Este año Alejandro Goic, Amparo Noguera y otros actores hicieron un llamado directo a que personajes como Patricia Maldonado, que incitan al odio, deberían salir de pantalla. ¿Cuál es tu posición en torno a esa discusión?

-Mira, yo no creo que haya que vetar personas, hay que vetar actos, acciones. A mí me tiene sin cuidado los gustos, las afinidades, las amistades personales de la señora Patricia Maldonado y quién sea. Pero, si como consecuencia de aquello, esa persona profiere discursos que son incitación al odio, que contienen elementos discriminatorios, que podrían ser llamados a la violencia, yo creo que esos actos, sí tienen que ser condenados. No soy un seguidor de ella, por lo tanto, no ando viendo ni leyendo con mucho interés lo que dice esta señora, pero entiendo que ella ha tenido esos actos y de ser así,  creo que debieran tener una sanción.