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18 de diciembre de 2008

Lectora acusa de fraude a Mauricio Celedón

Por

“El famoso Mauricio Celedón terminó siendo un chanta. De esos que tienen el nombre de divo y que se jactan de él, apoyándose en esa efímera pantalla, adornada con chayas y guirnaldas, para realizar su obra; llega desde Francia a Chile, entre bombos y platillos, promete un espectáculo nunca antes visto, mueve masas de gente -¡impresionante!-. Y el resultado, un fraude.

Si bien tiene una amplia trayectoria, varios aciertos dramatúrgicos y una compañía que ha llamado la atención mediática -Teatro del Silencio-, no creo que pasarse las horas sentado en una cantina sea la forma de llevar a cabo su gran mega -y parafernálico- proyecto. Si esto no influyera en lo que prometió que vendría a hacer, no importaría. Pero cuando hay 150 personas involucradas, a las cuales convocó a través de un casting masivo, y las tiene desorientadas durante días, la cosa se pone intolerable. Esto pasó a ser un tema que tiene que ser conocido públicamente. Porque en este proyecto, financiado por el gobierno, la plata no es de uno, es de todos, y le incumbe a todos.

Celedón prometió un taller-montaje intensivo de 14 días (del 1 al 14 de diciembre), ocho horas diarias, en el cual todos pasarían por distintas disciplinas: danza, teatro, música, diseño -incluso, el Consejo de las Artes le adjudicó 120 millones de pesos para ello. Coincidentemente su hermano, Pedro Celedón trabaja en aquella entidad- y soy testigo presencial de que no se cumplió su palabra. El tiempo resultó excesivo y el ocio comenzó a rondar las mentes de los talleristas. Él brillaba por su ausencia. Durante esos primeros días varios visualizaron que no había un futuro digno y se salieron. Quedamos 134 al comenzar la segunda semana. Aún así nada cambió y nada pasó.

La desorganización era máxima. Aquel lunes, sin la presencia del convocante, seleccionaron a ciertas personas para las coreografías que formarían parte de su brillante obra, Paraíso. A ellos les tocó el desgaste de energía y la transpiración. Luego, creo que el martes, ese número se redujo a 25 personas, que pasaría a formar la crème de la crème. El resto, durante los días siguientes, pasamos a sentirnos parte de una inutilidad irónica, figurábamos dando bote, de aquí para allá. A veces una pincelada, otras una supuesta práctica de algo que sería parte de la magnífica producción, una hora y listo, de nuevo a la vagancia, a los rumores de pasillos, a re-pensar por qué sigo aquí.

Pintar vestuario era paradójico: «Para qué hacerle los trajes a Celedón y a su compañía… «, decían algunos, otros que éramos algo así como su mano de obra barata, yo diría gratuita -me vuelvo a preguntar dónde están esos benéficos millones, y, también, dónde quedó su idílica profecía del antimercado, de la esclavitud del hombre al sistema neoliberal; a esta altura él pasó a ser el mercader y nosotros los hombrecillos manufactureros ¿Para qué?-.

Aguanté todo lo que pude, esperando que el famosillo se apareciera y diera instrucciones. Aparecía, sí, pero a hacer unos supuestos ejercicios emocionales que deberían estar prohíbidos, por el quiebre irremediable que podría llegar a generar en algunas personas, y a desordenar más el gallinero, dando indicaciones sin pies ni cabeza. Elegía gente al chún chún o al que más le mostraba su caritativo deseo de participar. Era jueves, tres días antes del montaje, y nada. Nada estaba claro aún, para nadie, ni siquiera para la gente del Silencio, quienes no eran capaces de responder preguntas y de llevar a cabo su rol de guías del asunto.

Taller nunca fue… y montaje, a medias. No fue taller porque no nos enseñaron nada aparte de lo que él necesitaba. Pasamos a ser su herramienta para construir su montaje, pero fuera de ello no había nada más. Hicimos 50 trutrucas que algunos tocaron y los trajes que otros usaron. De técnica nadie enseñó nada, y el teatro quedó en las sombras, en la oscuridad máxima, se fundió con el negro que vestía todos los días Celedón. La danza quedó limitada para algunos y diseño no existió, sólo látex e hilos.

A esto se sumó la decepción de unos por los egos de la élite (los 25), la competencia interna, la vanidad y el dramatismo exagerado, lloriqueos, caras de muertos. Todo bien acorde con el fatídico sentimiento que propaga el director.

No llegué al final -me apesté de perder mi tiempo- decidí que no iba a ser partícipe de una corriente de la cual no estoy de acuerdo. No hice el montaje, porque considero que hacerlo hubiese sido darle mi apoyo. Creo que la forma en que él está haciendo teatro no es la correcta. No es correcto ilusionar gente que quiere remover la tierra porteña, que tiene espíritu e ímpetu, para luego abandonarla. No es correcto dejar a la deriva el millonario proyecto y no hacerse cargo de lo que dijo que haría. No es correcto llegar pasado a copete a la hora que se le antoje, sin organización, sin dar indicios

de claridad. Digo, fue un despelote, una perrera donde todos ladraban y el que ladraba más fuerte era el que iba a la pelea. Muchos éramos de la corriente contraria y nos bajamos.

Lo único que rescato es a quienes conocí, lo que me reí y la experiencia, porque ahora sé algo más que no me gusta. Además, pude ser parte de un gran movimiento de cultores del arte y sentí vigorosamente la pasión de seguir transmitiendo y mostrando arte, en todas sus disciplinas. Porque ver gente que siente lo mismo te motiva. No hablo de las pirañas en busca carnada o de las serpientes amigas de Celedón. Me refiero a los soñadores que queremos transparencia también en lo artístico y que queremos luchar por ello, por más espacios, por una mejor distribución del dinero FONDART,

por potenciar los talentos y no los pitutos o las triquiñuelas.

Finalmente, quedó aproximadamente la mitad. Soportaron alrededor de 70 personas el trato indiferente e indigno de Celedón, un éxodo masivo. La obra Paraíso la vi y ,sinceramente, encuentro que salió nefasta. Que fue un fiel reflejo de la falta de preparación, ensayo y organización. Se notó que el resultado no fue el que el público esperaba, por lo poco alentador de los aplausos. Se vio disconformidad entre los asistentes. Quedó en evidencia que el gran director del Teatro del Silencio no se la pudo con sus talleristas o que simplemente ni siquiera los trató, porque las

coreografías que presentaron salieron descordinadas, a destiempo y sin emoción. Cómo es posible que una de las bailarinas quede sin su implemento -un Water-

el día de la presentación, eso es injustificable, es irrisorio. Ni siquiera da para ensayo general. Y es que el espectáculo se vio como un ensayo al cual le faltaba mucho aún para llegar a ser un montaje. Lo de la Av. Argentina parece que fue igual. Los espectadores, confundidos con tanto grito y lloriqueo, al parecer

no entendieron sus simbólicos e incoherentes conceptos, inconexos con su propia vida.

Para mí, un fraude; el cual merece ser denunciado y divulgado. Mauricio Celedón no merece tanta serpentina, más bien necesita pisar suelo y darse cuenta

que lo que construyó hace más de una década con tanto ahínco se le está yendo por la borda”.

Javiera Silva A.

Periodista

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