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31 de enero de 2009

El Che sin heroísmo

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En 2003, en el Festival de Cine de Toronto, tuve la oportunidad de conversar con Benicio del Toro sobre el proyecto que preparaba junto al director Steven Soderbergh. Se trataba de una película de largo aliento, en dos partes y cuatro horas de duración, basada en los diarios de Ernesto Guevara y dedicada a la parte más célebre de su vida, a partir de 1955, en México, hasta su muerte, en Bolivia, en 1967.

Del Toro, que ya había interpretado a un latino en “Traffic”, de Soderbergh, no hablaba demasiado bien el español y estaba sumamente entusiasmado con el rol del médico guerrillero. Todo estaba listo para iniciar el rodaje, pero la filmación se suspendió a último momento por falta de financiamiento. Pasaron cinco años antes de que “Che” pudiera finalmente filmarse. En el intertanto, Benicio aprendió un castellano bastante fluido, de acento más neutro que argentino, y la película se estrenó en el Festival de Cannes del año pasado de forma continua, con un breve intermedio.

A Chile, “Che” llega en dos partes de dos horas (la primera de las cuales se estrena hoy), lo que deja el comentario en un estado de inusual suspenso (la segunda parte tiene fecha para abril). Hay, sí, varios elementos interesantes en la película, que no pasan tanto por la actuación de Del Toro sino por el trabajo inteligente, acucioso y aplicado de Steven Soderbergh. Así, cuando uno espera encontrarse con un “filme de actor”, centrado en el trabajo solvente de su protagonista, aparece un “filme de autor”, en el que la puesta en escena, la minuciosa reconstrucción histórica y el profundo sentido contemporáneo del relato se imponen como elementos decisivos.

De entrada, queda claro que si algo busca Soderbergh aquí es situarse muy lejos del filme de época. Para Soderbergh, se trata justamente de no dar la impresión de que lo está en la película ocurre en el pasado, sino que se trata de una situación completamente presente. Para ello presenta esta historia de Ernesto Guevara de manera despojada y precisa, de modo que al verla cualquiera podría pensar que ocurre en nuestros días. La película también es escasa en adornos técnicos (notable fotografía realizada mayormente con luz natural), austera en acentos dramáticos y rica en detalles históricos, lo que por instantes hace que uno tenga casi la sensación de estar mirando un documental. En cierta forma, “Che” redefine la noción de película histórica, al abandonar las claves tradicionales de espectáculo y proeza de un solo y heroico líder.

A la narración de cómo se organiza y luego se realiza la gesta revolucionaria de la Sierra Maestra, Soderbergh agrega otro relato, en blanco y negro con mucho grano, que retrata el viaje que Guevara hizo a las Naciones Unidas en diciembre de 1964. Se generan de este modo dos vías, que dialécticamente hacen aflorar una de las ideas de fondo de “Che”: que la victoria fue un trabajo colectivo y no la hazaña de un solo hombre.

Cine con vocación marxista del siglo XXI, opuesto por esencia a la propuesta capitalista-hollywoodense al punto de estar hablado en español, “Che” muestra a Guevara ya convertido en mito en NYC, y como un ser humano mucho más vital y lleno de potencialidades mientras combate en la selva. El hombre y el mito chocan y el personaje se construye en ese va y viene, en que todo lo épico se desactiva y se presenta a escala humana, como bien lo muestran las muy realistas escenas de los enfrentamientos entre la guerrilla y las tropas de Batista. Ciertamente, la relación entre Guevara y Fidel Castro (Demián Bichir) también tiene su lugar en la cinta, y el alejamiento entre ambos se esboza sutilmente, en especial desde el momento en que surgen las opciones estalinistas en la guerrilla.

En suma, lo que hay en este filme -destinado a la incomprensión en EE.UU.-es la exploración de un momento histórico y social, de la forma en que el devenir de un pueblo puede cambiarse con “una minoría en la línea correcta” (como decía Lenin) y la búsqueda de una forma dramática innovadora, que dé cuenta de la realidad de forma más global y sin traicionarla y cuestione, al mismo tiempo, la manera en que hasta aquí hemos aprendido la historia del mundo (y en especial de nuestro continente) a través del lenguaje oficial del cine.

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