POR PATRICIO FERNÁNDEZ

A Marco lo conozco desde hace años. Me lo presentó Rafael Gumucio más de una década atrás. Era un veinteañero agrandado: hacía películas, participaba en la campaña de Lagos, y tenía relaciones amorosas convulsas. Trabajaba como loco, un ejecutivo de tomo y lomo, hasta en la vestimenta, rodeado de actores y otros personajes poco productivos. Una semana le dio por dejar instrucciones escritas en papelitos sobre los escritorios de sus subalternos, según él, para agilizar el proceso. El sistema produjo indignación. En una de las oficinas de su productora, a fines de 1998 y en el contexto de las primarias entre Lagos y Zaldívar, se originó The Clinic. Cuando no era donde Tejeda o en un restaurante de los alrededores, nos reuníamos ahí. Desde la recepción repartíamos por mano los primeros ejemplares. Marco era el coordinador de un ámbito cultural de la campaña, o algo parecido. Hicimos juntos unas calcomanías que causaron escándalo. Después nos peleamos furiosamente, y cada cual siguió su cuento.
Se convirtió en diputado. Por años lo vi en la tele y sabía por el correo de las brujas de sus litigios menores. Políticamente el grupo de los díscolos no me seducía para nada. Los encontraba bulliciosos. Unos más demagogos que otros, pero en conjunto, un menjunje inconducente, falto de sentido y con frecuencia irresponsable. Le ponían pimienta al guiso, eso sí.
En la pelea de Marco Enríquez con Escalona, tendí a encontrarle la razón a Escalona. Mal que mal, los partidos requieren cierta disciplina y Marco estaba bien lejos de representar una mayoría interna que validara sus actitudes. Pero en el camino, Escalona se fue rayando. Se le arrancó la moto. Se obsesionó. El monstruo del control le chupó el cerebro y llegó al clímax de la chifladura cuando le soltó una sarta de chuchadas a Gómez, sobre la tarima, el día de las primarias más pungas de que se tenga memoria. Marco habría querido participar en ellas, y visto con los ojos de hoy habría sido el mejor de los caminos. Debemos inferir que Enríquez-Ominami, si era derrotado, habría ofrecido todo su apoyo a Eduardo Frei. No sería justo imaginar otro escenario; implicaría suponer que Marco no juega limpio.
Pero no se dieron las cosas, como dicen en el fútbol, y Marco siguió adelante, superando la tentación de arreglarse los bigotes rápido negociando un cupo por ahí, sin bajar la guardia y convirtiendo poco a poco su insistencia en una cierta convicción: que otros también pueden gobernar. La derecha está ofreciendo un cambio con Piñera, que al igual que prácticamente todos los políticos que lo apoyan, son rostros y voces y poderes a los que venimos viendo en la cima desde hace 20 años. Las campañas de Frei y Piñera emiten melodías parecidas, aunque no necesariamente sus partidarios. Marco ha dejado en evidencia que esas dos redes de poder, que al final forman una pura red más grande, no son la única alternativa posible. Y la gente lo ha ido entendiendo así, como un aire fresco que permite imaginar algo más que lo existente. Lagos se ha dedicado a repetir hasta la saciedad que Chile cambió, y tiene razón. La candidatura de Marco es producto de eso: su lema es “porque Chile cambió”.
Ahora el asunto es cómo conciliar esta protuberancia concertacionista -no la persona de Marco, sino la ola sobre la que va surfeando-, con su cuerpo principal. Marco es una célula madre de la Concertación. Un paso más allá por la misma línea trazada, una dosis de atrevimiento en temas planteados con excesiva compostura y cálculo, el hijo que agita su arbolito para ver caer las hojas muertas. Por lo tanto, no puede ser él quien le de él triunfo a los herederos del pinochetismo.
La persona de Marco Enríquez es de por sí compleja. Para qué repetir la de afluentes disparatados que desembocan ahí. Pero más interesante todavía es el cauce que fluye por la llave que abrió. Es la primera vez, desde comienzos de los setenta, que algo parecido a un relevo generacional amenaza al poder. Frei y Piñera han acudido a jóvenes para que les den eso que no tienen y que muchos demandan. Curioso que lo hayan buscado en Un Techo Para Chile. Revela al menos lo que entienden por corrección política: lo que conviene mostrar a la hora de seducir, lo que creen que debieran ser y no son. Apostaría que los dos están igualmente convencidos de la necesidad de renovar los cuadros, pero demasiadas ataduras se lo impiden. Ellos mismos, además, encarnan algo lejano a lo que les gustaría representar.
Por el momento, la candidatura de Marco es un río al que están fluyendo los deshielos de un período histórico, que con todos sus bandos a cuestas, gobierno y oposición, seguramente acabará llamándose Período Concertacionista. Está en crecida, y aún no trabaja bien la construcción de sus contornos. No ha hecho sus tajamares, y de no hacerlo arriesga desbordes dañinos. Todavía no ha trabajado lo suficiente su idea de sociedad, sus propuestas de gobierno, la respuesta, en resumen, al para qué de todo esto. Por el momento, ronda mucha farándula, mucho desencanto y mucho chacoteo. Y no está mal, porque como saben los atentos, la fiesta se arma donde la música suena. Pero no basta, porque para que la fiesta dure la música debe ser de calidad. El político Enríquez-Ominami, al que semanas atrás había quienes trataban de Marquito, en el camino que elija mostrará su estatura.
Sería absurdo que por el simple afán de votos, lo que podría ser el comienzo de una verdadera renovación, con fuerza política y coherencia nueva, terminara reventando como un globo en la discoteque de la derecha. Marco quedaría sin un lugar concreto desde el cual seguir adelante, y este río que se perfila correntoso tendría su represa, y buenas noches los pastores.
Si la coalición no está completamente petrificada, si no es una anciana infértil, sabrá convertir la protuberancia en embarazo. Y si Marco Enríquez-Ominami no está cegado, buscará el modo de no abortarlo.