Por Galo Nomez

En todos los ámbitos, hay tipos a quienes, junto con la fama y la fortuna, en paralelo les surge, de manera igualmente gradual y progresiva, un miedo irracional a perderlo todo. Les ocurre a muchos empresarios acaudalados, sobre todo los más cercanos al integrismo religioso, que empiezan a comerse las uñas cuando les mencionan términos como delincuencia o sistema socialista. Y también parece, de acuerdo al reciente bochorno entre Fito Páez y Ricardo Arjona, que sucede en el campo del mercadeo pretendidamente artístico. Al menos, con una de las dos partes en conflicto, justamente la que tiene más que perder, y quien, por sus características, se inclina muchísimo más hacia la huera industria que al arte, en este caso específico, la música de verdad. Y como es natural en esta clase de espanto, se esconde tras una coraza de agresividad y bravuconería propia de quien cree que el capital o la popularidad le entrega la razón y de paso, la facultad para hacer y deshacer a su regalado gusto.
Porque la exagerada respuesta de Arjona a Páez, publicada en el ambiguo diario argentino Clarín, especie de La Tercera en versión rioplatense, poco y nada tiene que ver con el debate planteado por el autor de Giros en ese mismo periódico, transformándose a fin de cuentas, en un volador de luces muy bien planificado por el seudo trovador. Es cierto que Fito, en sus últimos álbumes, ha insistido con un estilo plano y repetitivo, toda vez que su incursión en el cine no ha sido de lo más afortunada. Pero críticos de espectáculos respetables y creíbles ya lo han señalado, por lo que no es necesario que un gorila con intereses creados lo recuerde. Además, por mucho que Páez no se encuentre en su mejor momento, lo que publica hoy obliga al cantante oficial del fascismo, a bajarse los pantalones y ofrecer su ano sin que alguien se lo exija (por lo demás ahí ya han entrado todas las grandes casas discográficas). Sin embargo, como se indicó al comienzo de este párrafo, la carta de Arjona es un intento descarado e infame por desviar la atención acerca de lo expresado por el músico trasandino, quien, en una ínfima parte de una extensa entrevista, protestó por la abultada cantidad de presentaciones que se le concedieron a un extranjero cuyo aporte en términos de calidad artística es sencillamente nulo, mientras que créditos nacionales, como Charly García, debían superar enormes trabas para poder montar un concierto. Ignoro si el ego y el egoísmo de Arjona son tan enormes que requieren de treinta y cinco funciones en el Luna Park para contenerlo –lamentablemente, “las adolescentes estúpidas de América”, que habría escrito Huidobro, abundan-; pero que no sea capaz de aceptar que no todos se dejan embaucar por sus relamidos textos, habla de la clase de persona que realmente es. Y solamente digo “persona”, porque es un despropósito agregar el calificativo de artista.
La misiva de este individuo es una muestra de la prepotencia y el matonaje que caracteriza a alguien que detrás no tiene a sus incautos seguidores, sino a ejecutivos motivados por un afán comercial, social y político, que los impulsa a promover a este engendro superlativo con el mote que todos le conocemos. Es la misma actitud de los gusanos Estefan, cuando censuran a un artista que ha decidido ofrecer un recital en Cuba, al punto de orquestar una campaña mediática para, a su vez, impedirle tocar en Miami, o cualquier otro lugar de Estados Unidos. Vaya esa comparación para quienes se creen el cuento de que el mastodonte de marras es un rebelde. Pero los ataques de ira que Ricardo Arjona nos ha legado a lo largo de su penosa y soporífera carrera, han dejado varios afectados. Hace algunos años, el mismo Páez debió cambiar la fecha de un concierto que iba a efectuar en Santiago porque al día siguiente el “si yo fuera paquidermo” tenía que escupir sus diatribas y no deseaba la sombra de otro autor, éste sí, merecidamente exitoso. Ni hablar de los puñetazos que repartió en el reciente Festival de Viña, amurrado porque no lo incluyeron en el horario que quería. Al respecto, ¿qué fue de esa monserga de “respetar el protocolo”? Parece que dura hasta que un bebé respaldado por oscuros mandamases la echa abajo. Y eso que faltaban horas para el terremoto, un fenómeno natural imposible de predecir. Para colmo, el subsuelo lo favoreció de la misma forma que a Sebastián Piñera. Lo cual, a ambos, les ha permitido obrar en la más completa impunidad sin las odiosa objetividad de las críticas de por medio.
Aunque se rumorea que regresará a Chile a dar uno de sus insufribles recitales, con la promesa de dejar una parte de la taquilla para los damnificados del terremoto. “Una parte”, porque como todo agente del fascismo es ladino y esta clase de publicidad se convierte en un gancho que genera más ganancias. ¿Será finalmente, nada más que un mísero cinco por ciento? Al menos ni se asoma al gesto de Placebo, que donará todo lo recaudado, o el de Roger Waters, que sin poder venir por causas de agenda, no obstante entregó una importante suma de dinero. Muchísimo más alejado está de la capacidad artística de ambos, por cierto. Pero tampoco cuenta con el menor atisbo de honestidad. Tras el sismo, huyó como la rata sobre alimentada que es, y aunque envió a un delegado a decir que estaba presto a participar en el evento organizado por Mario Kreutzberger, no se apareció ni su fantasma. Quizá se disgustó porque no había espacio para un homenaje de una hora, dedicado exclusivamente a él, donde tuviese la libertad para embestir y avasallar como la aplanadora que es, en contra de la razón y de la auténtica música