POR ÓSCAR LANDERRETCHE
• Universidad de Chile y Partido Socialista de Chile
En su columna del domingo pasado Carlos Peña hizo un esfuerzo por dar contenido al debate Velasco-Vidal. Su argumento fue que allí subyace la disputa entre dos formas de legitimación del poder. Por un lado, la legitimidad del saber técnico que interpreta libros y papers para producir políticas públicas; y por otro, la legitimidad del saber político que interpreta sueños y necesidades para producir votos y poder. Hacia finales del artículo Peña reconoce el difícil desafío de balancear ambos mecanismos e insinúa que ese desafío se encuentra en el corazón de la crisis de la centro-izquierda chilena.

Una de las cosas que molesta del debate Velasco-Vidal es la descalificación directa y personal no solo hacia el ex Ministro de Hacienda sino hacia todos los que se le parezcan. No me parece justo con una persona que, independientemente de si compartimos todas sus decisiones – y por la chita que hemos tenido desacuerdos con Andrés – hizo un trabajo tremendamente difícil con gran competencia e integridad. Pero tampoco me parece justa la implicación de que quienes intentamos el estudio riguroso de las políticas públicas seamos necesariamente personas que busquemos formas anti-democráticas de acceso al poder. Algunos de nosotros hacemos (malamente) un esfuerzo por cultivar simultáneamente nuestras disciplinas y la virtud política.

Tengo otras tres razones para objetar los términos de este debate.

Primero, hace tiempo que molesta el creciente “macartismo” de la discusión interna en la oposición. Por ejemplo, en el contexto de la reiterada discusión Ominami-Walker, este tono ha llevado a personas con disposición constructiva a debatir ideas a preguntarse si es que asistir a un foro en Chile 21 o Cieplan será mal visto acá o allá. Francamente, no veo por qué tenemos que estar todos presos de un mapa de cortinas de hierro a la hora de ir a seminarios. Me preocupa que enfrentamientos del tipo Velasco-Vidal generen todavía más barreras, porque la reconstrucción de la centro-izquierda se hace derribando fronteras y no levantando rejas.

Segundo, porque al “echarle la culpa al técnico”, se está eludiendo la discusión sobre la estructura balcánica y los déficits de los partidos de la izquierda. A nuestro juicio esta estructura fomenta el caudillismo clientelista. Al tener partidos pequeños y precarios, estos no tienen la masa crítica para desarrollarse bien, lo que los mantiene en una mediocridad que le permite al clientelismo controlarlos parceladamente. En este contexto de partidos disfuncionales es inevitable que los técnicos busquen espacios de poder paralelo. En definitiva, el totalitarismo tecnocrático al que se alude, si es que ha existido realmente, es un síntoma de la crisis de los partidos, no su causa.

Tercero, porque para muchos de nosotros lo que caracteriza a la fase final de la Concertación no es la pura tecnocracia o la pura politiquería, sino justamente una alianza entre una élite de técnicos y una élite de políticos clientelistas. En los partidos precarios el predominio del concepto militante-cliente favorece la creación de una brecha entre el ciudadano políticamente motivado (la “base”) y el técnico. Esa brecha es capitalizada y cultivada. Y es esta práctica la que hace sentir excluidos a todos los que queremos una política transparente, sea para designar candidatos o para escoger prioridades públicas.

Por esto es que no nos gusta la forma en que se ha planteado esta discusión, porque el tema de fondo no es perseguir a los técnicos ni a los políticos, ni objetar a nadie en particular, y ciertamente no es ahuyentar de la izquierda a quienes estudian para ser más efectivos en la lucha por el cambio social; sino reformar a nuestros partidos para que sean espacios llenos de política, de creatividad, de debate, de técnica y de voluntad de transformación social.

El problema del poder surge al interactuar en organizaciones colectivas y enfrentar el desafío de asignar recursos escasos. A veces las organizaciones se llaman “mercados”, otras veces “empresas”, y otras veces “partidos”. Las soluciones inevitablemente pasan por distribuir discrecionalidad, es decir, poder. A veces al poder se le llama “riqueza”, otras veces se llama “voto” y otras, “autoridad”. En todas las soluciones de asignación de poder hay un peligro que es la posibilidad de que la discrecionalidad sirva para que se abuse del voto de confianza que conlleva.

Para mí el socialismo es la aspiración política de disolución del carácter abusivo de todas las formas de poder, intentando preservar su potencial coordinador y su rol socialmente benigno de creación de bienestar. Es por esto que la descomposición de los partidos es particularmente dolorosa en la izquierda. Es más, a mi juicio, la transformación de los partidos de la izquierda en espacios de abuso del poder es nuestra verdadera derrota, mucho más que la electoral. Reformarlos es imperativo.

Un desafío central que tendrán nuestros partidos a futuro será su balance técnico político. A medida que progresa la sociedad los problemas públicos se vuelven más complicados; y a medida que crece nuestra heterogeneidad, aumenta la especialización técnica que requiere lo público. Esto implica que la brecha entre las “bases” y los “técnicos” tiene el potencial de crecer y de alimentar el potencial abusivo del poder técnico. Por ende, el rol político de intermediar esta relación se hará cada vez más importante y difícil. Si esa intermediación política busca capitalizar y aumentar la brecha, será nociva. Si busca eliminar la técnica, será nociva. Si busca domesticar a los técnicos, también será nociva.

El balance no es fácil.

En su discurso de 1972 en la Universidad de Guadalajara, Salvador Allende nos planteó el siguiente desafío:

“… se requiere un profesional comprometido con el cambio social… que no se sienta un ser superior porque sus padres tuvieron el dinero para que él ingresara a una universidad; se necesita un profesional con conciencia social…”

Y luego:

“… no le he aceptado jamás a un compañero joven justificar su fracaso porque tiene que hacer política… tiene que darse el tiempo para hacer política, pero primero están sus obligaciones como estudiante… ser agitador universitario y mal estudiante es fácil; ser dirigente revolucionario y buen estudiante es más difícil… esa es la obligación contraída con la historia”.

El tipo de técnicos y profesionales que pedía Allende requiere de excelencia académica y por ende de buenas universidades. Esa es la responsabilidad de quienes trabajamos en desarrollar el sistema universitario nacional. Pero también requiere de excelencia política y por ende de buenos partidos políticos. Esa es la obligación de quienes debemos desarrollar y reformar a los partidos de la izquierda chilena.

Para adaptar este desafío a la realidad contemporánea necesitamos un compromiso con la buena técnica, esa que balancea ciencia y sabiduría. Pero además, necesitamos un compromiso con la buena política, esa que balancea sueños con realidad.
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