POR GUILLERMO MACHUCA
¿Qué puede justificar la postulación –en un plazo bombástico y en los últimos días en entredicho– de Jorge Segovia a la presidencia de la ANFP? Una cosa es cierta: la labor de Mayne-Nicholls y Bielsa resulta irrefutable en términos de gestión y de rendimiento deportivo. Los números están a la vista: segundos en las eliminatorias (con un triunfo sobre Argentina de local, con baile incluido) y una más que decorosa performance en Sudáfrica, donde se perdió con el campeón, España, y luego con Brasil, el mismo que nos había dado una boleta en la mayoría de los encuentros previos (incluso antes de la dirección de Bielsa).

Que Mayne-Nicholls descuidó el torneo local, es cierto. Que no tenía una relación cordial con la totalidad de los mandamases de los clubes grandes, también. Que Bielsa con su eterno buzo y sus lentes colgantes fue en un par de ocasiones relativamente grosero en el saludo al presidente Piñera, también lo es. Y, por último, que ambos hayan tenido la cortesía –cuestión pactada con anterioridad al triunfo de Piñera– de invitar a la ex presidenta Bachelet a la concentración en Sudáfrica, se suma a los anteriores reparos de un sector sensible de los dirigentes deportivos y de una parte significativa de la política del país (mayoritariamente de la Alianza por Chile).

¿Y la mayoría de los chilenos, hinchas o no? ¿O acaso no participan, con sus impuestos, de las modernizaciones de los estadios de fútbol llevadas a cabo durante el gobierno recientemente derrotado? ¿O no pagan religiosamente sus cuotas al canal del fútbol o sus entradas a los estadios? ¿O no apoyan a la selección de manera fervorosa cuando esta gana o clasifica?

Pero a Segovia –según lo ha expresado públicamente– estas consideraciones populares no parecieran preocuparle; total, el deporte no es más que una buena inversión, donde las decisiones importantes se toman entre los dueños del capital privado, aunque estos se beneficien lateralmente del público.

¿Y quién es este Segovia? ¿Por qué se mete en esto? Hurgando en su biografía, hemos descubierto que es historiador del arte, con posgrado en Estados Unidos. Descubrimos también que es fanático tanto del Real Madrid como del Barcelona. Que también es amante de la ópera (de hecho, actualmente es director del Teatro Municipal). Que le gusta la buena mesa. Y que tiene, al igual que el presidente Piñera, una convenientemente ambigua forma de entender la pasión por el fútbol.

Vamos por parte: me declaro hincha (aunque lejano a las masas que inundan los estadios) de la Universidad de Chile. No sé por qué soy seguidor del chuncho; debe ser porque de pequeño –en los últimos estertores del glorioso Ballet azul– escuchaba por radio en la Patagonia repetidamente un gol azul. O tal vez porque me gustó la camiseta azulina con el chuncho incluido. O para contrariar a mi padre, hincha furibundo del cacique. Evidentemente, en estos casos, se trata de causas irracionales, que tienen que ver con el afecto. Lo contrario a Segovia y al presidente Piñera. Uno encariñado con el Real Madrid y el Barcelona, el otro con la Universidad Católica y el Colo Colo. El domingo, en un programa político de la mañana, el presidente de la UDI Hernán Larraín dijo lo siguiente: “El presidente Piñera tiene un cariño especial por Colo Colo, por eso ha demorado la venta de las acciones del club”.

Algo no muy distinto a la siguiente declaración de Segovia el mismo día, en la noche, en otro programa político: “Yo no vivo del fútbol, Mayne Nicholls sí”. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué acaso lo hace por altruismo? El hecho de tener fortuna no significa que no se quiera aumentarla de manera constante. No implica que no se quiera rentabilizarla gracias al poder transversal otorgado por el fútbol.

Esto lo tiene claro “la nueva derecha”. Más que deportivo es un asunto político. Tiene que ver con la expansión del poder. En este caso, de la Universidad Católica a Colo Colo (y también de la Unión Española a la Universidad de Chile). Rumores o no, ciertos nombres aparecen vinculados al embrollo provocado por el triunfo del empresario universitario Segovia: el ministro de Educación, Joaquín Lavín, y el mismo presidente. También se ha dicho que Segovia mantiene una estrecha amistad con el alcalde de Santiago, Pablo Zalaquett (cada vez más parecido a la libidinosa imitación hecha por Kramer). Juntemos a los recién aludidos. ¿Qué obtendremos? Una compacta conjunción de beatos y chuchetas, en reemplazo de los viejos conservadores y liberales. Fórmula indestructible: “la nueva derecha” (encarnada a la perfección por el actual presidente).