No sé si había otra manera de resolver el asunto, pero convengamos que aquella en que se ejecutó a Osama Bin Laden, no fue de las más elegantes ni admirables. En la maniobra murieron individuos con culpas desconocidas, asesinados simplemente por estar ahí, cerca del buscado, que estaba sin armas. Apareció en uno de los muchos cables que se sucedieron durante las primeras horas la noticia de que le habrían disparado en uno de sus ojos, para luego rematarlo con balazos en el cuerpo.

No sé si la versión evolucionó (He seguido esta historia desde un lugar más bien remoto: Rapa Nui). A continuación, con una habilidad digna de James Bond, se llevaron el cuerpo y escaparon en helicópteros. Le sacaron fotografías al acribillado, imagino que varias. ¿Dónde? Mientras escribo, todavía el gobierno de los EE.UU. no se decide a mostrarlas. Acto seguido, lo botaron en el mar. El objetivo era que no tuviera tumba, para evitar convertirlo en objeto de devoción.

La apuesta, además de escalofriante, es riesgosa. Un fantasma suelto también puede causar estragos. Son muchos los que dudan que de verdad esté muerto. No los convencen ni los exámenes de ADN ni nada, porque suponen que la inteligencia norteamericana es capaz de inventar esta y otras muchas confabulaciones. No han faltado los tarotistas que apoyan esta tesis. Según los incrédulos, se deshicieron de un cuerpo, porque nunca lo han tenido. A los fanáticos de Al Qaeda no les debe hacer ninguna gracia que basureen con el cadáver de su líder.

Como sea, el problema central es otro: el pasar por alto todas y cada una de las normas de convivencia y resolución de conflictos que Occidente se supone que defiende. Se ejecutó a un sospechoso de delitos gravísimos, sin darle derecho a un juicio justo, en el que pudiera defenderse. ¿Y si no era Osama? ¿Y si Osama es el títere de otro? ¿Y si aquí se ha dado un gran malentendido? Lo digo por inventar algo, no porque lo crea, pero es un hecho aceptado unánimemente que una persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario.

Lo que aquí ocurrió fue un crimen, piloteado por el presidente de un país poderosísimo que, a la hora de los quiubos, es capaz de pasar por alto los derechos humanos con que se llena la boca. En un acto como este, prima la más bárbara lógica guerrera. Matar como ellos matan, exhibir el trofeo de la venganza, terminar con el enemigo. Cero respeto a ningún ordenamiento jurídico. Hasta los blancos reaccionarios deben estar aplaudiendo al negro.

Obama se anotó un poroto, y de paso nos recordó que estos no son tiempos de defender principios, que se puede ser premio Nobel de la Paz, sin creer mucho en ella. Osama, al que se están comiendo los pescados o cualquiera que sea, encarna el lado monstruoso del fanatismo. Por estos barrios, hay que ser muy frívolo para referirse a él con simpatía. Pero se supone que hasta el peor de los criminales debe ser juzgado antes de condenarlo. Tal vez la realidad, contestarán los incumbentes, no siempre lo permite. No sé, yo aquí los he visto más bien jactarse de un acto brutal, que transgrede por donde se le mire las convicciones democráticas. No han faltado los analistas que hablan de un gran triunfo para los EE.UU. Yo veo más bien una renuncia y una derrota de los valores en que se funda su Constitución.