Anita Alvarado según Aldo Duque

Esta semana Aldo Duque -el abogado de la farándula y de los malulos, el que le dio la libertad a La Geisha-, dejó, después de once años, de representar a Anita. Acá cuenta cómo es en alma (y no en cuerpo) Anita Alvarado.

Si hay un hombre que conoce a Anita Alvarado en este país, soy yo.

Hace once años atrás, en una oficina en Providencia, veo a una mujer joven, de abrigo largo, blanco, hasta el suelo. Era invierno. Me queda mirando, se da vuelta, extiende su mano y me dice: “Hola, huacho pelúo”. Me quedé helado. “Hola, huacho pelúo”. “¿Cómo está, señora Anita?”. “Dime Anita, no más”, y me da un beso en la mejilla. “Así que tú me vai a defender”, me dice.

La estaban acusando de uno de los delitos más graves que contempla la legislación penal chilena: tenía encima al Consejo del Estado, tenía encima a la Iglesia Católica a través de su corporación de televisión, tenía encima a una ong -se llamaba Fundación La Morada-, era la noticia del día, en esos momentos estaba arriesgando penas de quince años y un día en la cárcel, pero ella estaba sentada fresca, como una lechuga, mirándome a la cara y diciéndome: “¿Cómo estai huacho pelúo?”.

No me pareció linda. Nunca me pareció linda. Nunca la miré como a la mujer que miraban los demás y eso nos dio una tremenda confianza porque todos miraban en ella a una especie de ícono sexual. Yo no. Pero lo que vi fue una fuerza, un carácter, una entereza, que me sorprendió porque, creo, Anita Alvarado es una mujer en esencia contestataria. Siente que encarna un ideal de lo marginal: el sueño de toda niña pobre que surge de la marginalidad más absoluta y de pronto sueña con conocer la fortuna en un país extranjero de la mano de un millonario. Ella está consciente de su personaje, lo actúa y -cuando el personaje se desploma- no puede aceptarlo.

El juicio duró tres años. De repente yo llegaba y le decía: Anita, ¿dónde nos juntamos¿. “Vente a mi casa, huacho pelúo. Es que hoy día hice porotos granados. ¿Querís comer? Yo llegaba, me ponía un tremendo plato de porotos, humeante, conversábamos del juicio ahora -era muy rápida, muy inteligente, muy astuta- y, mientras comíamos, sonaba el timbre. Siempre era así “Oye, Anita”. “¿Qué pasa, chiquilla?”. “Mi chiquillo necesita leche”. Y Anita le daba un tarro de leche. Era un desfile de todos los días: sonaba el timbre, pedían leche, carne; era como una casa del pueblo. A la hora que tú llegabas estaba lleno de cabros chicos de todas partes corriendo entre medio de la gente. Jugando al pillarse y, la Anita, repartiendo comida, dulces, helados.

Esa era Anita: una mujer sensible. Pero, también, Anita vive de su imagen. Siempre lo he dicho: la Geisha se comió a la Anita. La Geisha es irreverente, la Geisha suele ser grosera, suele ser violenta ,suele ser agresiva, una mujer que no tiene límites, que era -y es- absolutamente irreverente: le daba lo mismo que le dijeran puta, se sienta en lo que piensan y dicen de ella.

Un ejemplo: un día, en pleno careo, me manda a llamar la jueza y me dice: “Señor abogado, venga por favor. Oiga dígale a su cliente que si le vuelve a decir a la contraparte que le va a volar la cabeza de un combo, la voy a dejar presa”. Yo voy y le digo: “Anita, ¿qué estás haciendo?” Y ella: “Es que a estaa conchasumadre, si siguen mintiendo, les voy a sacar este puñete por el otro lado del hocico”. “Anita, tú no puedes decirle eso”. “Tranquilo, huacho: te voy a hacer caso”. Salimos, la subo a un taxi, le di un vaso de agua para que se quedara tranquila. Se quedó tranquila. Pero después partió a la población y les sacó la cresta. A las dos. No le pegó a una. Se las pegó a las dos juntas. Dijo: “se las tenía prometida”. “Anita. no vuelvas a hacer eso”, le dije. “Ya. huacho pelúo. Es que tenía que sacarme las ganas”.

Otro ejemplo: cuando quedó presa, le digo: “Anita, sabes lo que pasa: te dieron orden de arresto”. “Ni un problema, huacho”, me queda mirando. “Me voy presa ¿cuándo nos entregamos? ¿Tú crees que voy a salir arrancando, como las hueonas? Fui a verla a la cárcel. Le pregunté como estaba. “Acá po, presa”, me dijo y me miró: “No quiero que me vengan a ver mis hijos a la cárcel: me las voy a bancar sola. No quiero que mis hijos me vean presa”.

Al día siguiente apelé en la corta. Tres cero ganamos. Fui a verla. “Ganamos, huacho”. Es la única vez que la he visto llorar. La fui a ver a su casa al otro día. Me dijeron que no estaba, que estaba en la cárcel. Así que fui y ahí estaba: había vuelto a la cárcel para llevar el televisor que tenía en la casa a las mujeres con las que estuvo.

Pero lo dije antes: la Geisha, con los años, se ha comido a la Anita: el año pasado me dicen en la corte que, si bien es cierto que Canal 13 la injurió y la denostó con lo de la trata de blancas, la justicia establecía que el canal no lo hizo con la intención de injuriarla así que no la iban a indemnizar. Anita se enojó. Y, un día, el 30 de diciembre, me llaman por teléfono: “Oiga, abogado: Anita Alvarado la acaba de insultar por televisión”. “No puede ser”, dije. “Abogado, es cierto”. “No pude ser”, volví a decir.

“Abogado, es cierto”, me dijeron.

Vi las imágenes. Anita dice: “Aldo Duque es muy re malo”. Dejé pasar los días -no me gusta hablar con rabia porque uno dice lo que no siente- y llamé a la Anita. “Anita, feliz año”, le dije. “Te he visto bien en Fiebre de Baile”. Me dijo gracias. No es tonta así que sabía por qué la llamaba. “Anita, no te voy a seguir representando a raíz de lo que dijiste en En Portada. Es un tema de dignidad personal”. Ella me dijo: “Mira, cada uno sabe las decisiones que toma, así que está bien, po”.

Me hablaba como si estuviera hablando del tiempo.

Entonces le dije: “Anita, suerte, que pases lindo año”.

Y ella: “Tú también. Adiós”.

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