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Mundo

25 de abril de 2012

Camboya crea un ejército de conductores para combatir la pedofilia

La legión de conductores de «tuk-tuk», el transporte más popular de Camboya, recorre a diario las calles de Phnom Penh convertida en los ojos y oídos de las organizaciones que intentan poner coto a la pederastia. A raíz de una iniciativa desarrollada por Friends International, Childsafe Network (Red de los niños seguros), casi medio millar […]

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La legión de conductores de «tuk-tuk», el transporte más popular de Camboya, recorre a diario las calles de Phnom Penh convertida en los ojos y oídos de las organizaciones que intentan poner coto a la pederastia.

A raíz de una iniciativa desarrollada por Friends International, Childsafe Network (Red de los niños seguros), casi medio millar de personas que conducen esos motocarros llamados tuk-tuk y moto-taxis para ganarse el sustento, vigilan al turista y al local que infunde sospechas o es visto con un menor de edad.

Su información resulta crucial para que las autoridades puedan profundizar en las pesquisas y detener al presunto abusador.

«Los tuk-tuk están en todos los lados, ven muchas cosas y no se les mira con desconfianza, así que son los informadores perfectos» explica a Efe Rithy Nhem, coordinador de esta red.

«También trabajamos con hoteles y albergues para que nos avisen si ven a algún cliente entrar con un niño que no esté registrado como su hijo», precisa este activista camboyano comprometido con la lucha contra la pederastia.

En esa red, que con el paso del tiempo es cada vez más tupida, también figuran dueños de restaurantes, empleados de cafés-internet y de agencias de viaje.

La mayor parte de los «espías» están repartidos por una popular zona turística situada a orillas del río en la proliferan los bares, restaurantes y por la que con frecuencia merodean los niños y niñas que ofrecen postales y otros recuerdos de Camboya.

Su uniforme, una camisa azul clara con el logotipo de la red que es una gran mano blanca con el dedo gordo levantado, es ya conocido en las calles de Phnom Penh, aunque hay también voluntarios que prefieren pasar de incógnito.

Bun Thoun es uno de esos espías que cada noche recorren parte de la capital transportando turistas sin perder detalle de la compañía por la generalmente han pagado una cantidad de dinero.

«Tengo que llamar una o dos veces al mes, a veces al número de la ONG y otras directamente a la policía si veo que el asunto es serio», aseguró el conductor.

Sin embargo, su principal objetivo no son los extranjeros, sino los camboyanos, entre los que abundan aquellos que creen que la virginidad es una mercancía.

«Algunos camboyanos prefieren a menores para asegurarse de que son vírgenes», explica el conductor, recién acabada su jornada a las siete de la mañana.

La identificación de los foráneos que cometen abusos a menores suele ser más sencilla, pero la tarea se complica con los locales que podrían ser simples familiares o conocidos.

«Hay formas de reconocerlos, por la ropa, por ejemplo, pero es difícil verlos porque saben bien cómo esconderse», señala el chófer.

Borin sale con su tuk-tuk pronto por la mañana, cuando el trajín de los turistas es mayor en museos y pagodas y muchos bares aún no han abierto sus puertas.

«Yo nunca he visto nada, supongo que porque trabajo durante el día, pero muchos compañeros sí que lo han hecho», relata tras despedir al primero de sus clientes.

Así que su principal rol es el de concienciar al visitante.

«Muchas veces se lo intento explicar a los turistas, que si ellos ven algo también tienen que denunciar, pero no quieren escuchar, solo les interesa divertirse», asegura Borin con cierto tono enfadado.

Unos 30.000 menores trabajan en el mercado del sexo en Camboya, según datos del Ministerio de Asuntos de la Mujer.

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