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Opinión

3 de Julio de 2012

Destruir algo hermoso

Se sentían solos y perdidos hasta que apareció 'El club de la pelea', la novela de Chuck Palahniuk que luego fue llevada al cine y que devolvió a los hombres lo más básico de su masculinidad: la violencia

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Por Lina Vargas para Revista Arcadia

Chuck Palahniuk es un tipo extraño. Si uno busca una foto suya en Google encuentra cientos de imágenes que no se parecen en nada entre sí: en una sale con una camisa sin mangas mostrando unos enormes brazos tonificados y depilados; en otra, esos mismos brazos están cubiertos de pelo y lleva puestas unas gafas; en otra, tiene patillas; en otra, un gorro tejido rojo sobre su cabeza calva y en otra se parece al actor Steve Carell. Chuck Palahniuk nació en el estado de Washington en 1962 y antes de que se volviera un escritor de culto gracias al éxito de su novela El club de la pelea y de la adaptación de esta al cine por el director David Fincher, se graduó como periodista, participó en un taller de escritura dirigido por el autor Tom Spanbauer, fue a la iglesia y trabajó como voluntario en una residencia benéfica para enfermos terminales. Después de El club de la peleapublicó una veintena de libros, buscó historias en líneas calientes y grupos de terapia para adictos al sexo, tuvo una infección en la cabeza, probó un aparato para tener los labios carnosos, enterró a su padre, hizo un perfil de Marilyn Manson, grabó un mensaje en el que decía que era gay y arrojó muñecas inflables firmadas a sus lectores.

En el prólogo a El club de la pelea Palahniuk cuenta cómo empezó todo. Escribió un relato de siete páginas titulado “El club de la pelea” que luego decidió alargar. A los tres meses la editorial estadounidense W.W. Norton compró los derechos por seis mil dólares y publicó el libro en agosto de 1996. La película se estrenó en 1999 y en ella actuaron Brad Pitt, Edward Norton y Helena Bonham Carter.

El protagonista trabaja como consultor de riesgos en una empresa de carros, compra compulsivamente productos de diseño de IKEA y tiene problemas de insomnio. Su médico le dice que “el insomnio es solo un síntoma de algo más profundo. Descubra cuál es su problema. Escuche a su cuerpo”. Entonces va a Arriba y Más Allá, el grupo de apoyo para enfermos con parásitos cerebrales. Y al de tuberculosis, melanoma, cáncer de testículo y leucemia. Allí conoce a Bob, un antiguo culturista sin testículos, cuyos altos niveles de estrógeno han hecho que le crezcan las tetas. Y puede dormir.

En un viaje de trabajo el protagonista conoce a Tyler Durden —que en la película es interpretado por un Brad Pitt rubio y ultrabronceado, musculoso y casi siempre sin camisa—. Tyler es todo lo contrario al protagonista: fuma, bebe y maldice, no le preocupa su ropa ni su casa y trabaja exclusivamente para cometer pequeños actos de sabotaje como orinarse en la comida de la gente cuando es camarero.

A continuación, el apartamento del protagonista se incendia y él se va a vivir con Tyler Durden. Tyler lo lleva a tomar cerveza y le pide un favor: “Quiero que me pegues lo más fuerte que puedas”.

Ritos de iniciación

Tras el estreno de la película, varios críticos señalaron que El club de la pelea tenía un fuerte componente homoerótico. Mencionaron, sobre todo, al personaje de Tyler Durden quien, junto al protagonista, crea un club de la pelea en el sótano de un bar. Tanto el libro como la película están llenos de escenas veladamente homoeróticas y violentas. Pero más allá de lo evidente, El club de la pelea es un intento por recuperar una idea de masculinidad perdida. “Lo que ves en el club de la pelea —dice Tyler Durden— es una generación de hombres criados por mujeres”. Hombres como Bob con los testículos extirpados física y emocionalmente que deben volver a lo más básico de su masculinidad: la violencia.

En su libro Hacerse hombre, el antropólogo David D. Gilmore dice que, tras el auge del movimiento feminista de las últimas décadas, apenas ha quedado espacio para la reflexión sobre los códigos y cultos masculinos. Gilmore hace un recorrido por lo que significa ser hombre para distintas culturas y llega a la conclusión de que la masculinidad es un “premio que se ha de ganar o conquistar con esfuerzo”. Los resultados de su investigación apuntan a que en la mayoría de los casos la masculinidad se asocia con rasgos de fuerza, virilidad y resistencia al dolor. “Los jóvenes de la isla de Truk se enzarzan en peleas, beben en exceso y buscan conquistas sexuales para alcanzar una imagen masculina”, escribe. Con contadas excepciones, lo mismo ocurre en todas las culturas: desde los hombres balcánicos hasta los marines estadounidenses y los Boys Scouts. La literatura —continúa Gilmore— contribuye a “la escuela de la virilidad masculina de las letras estadounidenses” y menciona a Hemingway, Faulkner, Dos Passos, Mailer y Robert Stone.

El rito de iniciación de El club de la pelea es memorable. Uno de los trabajos de Tyler Durden consiste en hacer jabón con grasa de liposucción que consigue en un vertedero de desechos clínicos. Mientras prepara el jabón le explica al protagonista cómo hacer nitroglicerina. “Tyler se lame los labios, húmedos y brillantes, y me besa el dorso de la mano. (…) Tyler inclina unos centímetros el bote que contiene el polvo de hipoclorito sobre el beso húmedo y brillante del dorso de mi mano. Es una quemadura química —dice Tyler—, y te dolerá más que cualquier otra quemadura. Peor que cien cigarrillos. (…) Y Tyler vierte la lejía”.

Violencia y deseo

Palahniuk ha dicho que su novela surgió como respuesta a la falta de espacios para hombres. “Las librerías estaban llenas de libros como El club de la buena estrella y Coser y cantar. Eran todas novelas que presentaban un modelo social para que las mujeres se reunieran y contaran sus historias. Sin embargo, no había ninguna novela que presentara un nuevo modelo social para que los hombres compartieran sus vidas”.

¿Es acaso Coser y cantar un modelo social para las mujeres? ¿Y El club de la pelea para los hombres? En su libro El lado oscuro del hombre. Los orígenes de la violencia masculina, el antropólogo y biólogo Michael P. Ghiglieri sugiere que sí. Según Ghiglieri, en el reino animal los machos utilizan dos estrategias para asegurar su descendencia: la del macho atractivo y la del macho muy viril, “gracias a la que algunos machos se reproducen más que otros porque derrotan a los machos rivales o los excluyen del proceso reproductor”. Para Ghiglieri, la masculinidad tiene menos que ver con la cultura o el entorno social que con las hormonas. “La testosterona reduce el miedo, aumenta la agresividad y acelera el aporte de glucosa a los músculos”. Los altos niveles de testosterona estimulan al hipotálamo que “es responsable del calor corporal, la transpiración, el placer, el dolor, la sed, el hambre, el deseo sexual y la satisfacción, así como la agresividad, la cólera y la conducta”.

Destrucción

“Tal vez la autosuperación no sea la respuesta —dice el protagonista de El club de la pelea—. Tal vez la autodestrucción sea la respuesta”. Sin posesiones y sin trabajo —renuncia en un arrebato de agresividad— se lanza a la autodestrucción, pues solo así descubrirá el poder de su espíritu. “Una noche en el club de la pelea localicé a un novato. Era el primer sábado que aquel jovencito con cara de ángel acudía al club y decidí pelear con él. Así son las reglas; si es tu primera noche en el club, tienes que pelear. Quise pelear con él porque había vuelto el insomnio y me apetecía destruir algo hermoso”.

¿Por qué no?

En el prólogo a El club de la pelea, Palahniuk enumera algunas reacciones que tuvo: redadas a todo tipo de clubes, artículos sobre la crisis de la virilidad, productos de belleza marca Tyler Durden y cientos de llamadas de lectores y periodistas con una sola pregunta: ¿Dónde puedo encontrar un club de la pelea? Dieciséis años después de su publicación, cientos de blogs continúan agradeciendo a Palahniuk por haber solucionado la angustia del hombre promedio.

Sobre lo homoerótico en El club de la pelea Palahniuk, en cambio, ha dicho poco. Salvo lo siguiente: “En un avión de regreso a Portland un azafato de la línea aérea se me acercó y me pidió que le dijera la verdad. Su teoría era que el libro en realidad no trataba de luchas para nada. Insistió en que en realidad trataba de gays que miran cómo unos follan con otros en los saunas públicos. Yo le dije que sí, que por qué no. Y él me sirvió copas gratis durante el resto del vuelo”.

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