Existen múltiples y fragmentarios recuentos sobre las actividades de espionaje del premio Nobel de literatura 1953, el norteamericano Ernest Hemingway, autor –entre otros- de clásicos como Por quién doblan las campanas, Adiós a las armas y El viejo y el mar. Siempre se ha sabido, por ejemplo, de la exótica y hasta buen grado simbiótica relación que mantuvo con el embajador de EEUU en Cuba –país donde Hemingway residió desde 1941 hasta 1960-, Spruille Braden (el dueño de la compañía minera Braden Copper), y las actividades de espionaje que realizó para él y su segundo, Robert Joyce.

Algunos años atrás, el FBI desclasificó su propio legajo sobre Hemingway, que sólo sirvió para comprobar la fobia inconmensurable que existía entre dicha agencia (a la cual el literato calificaba como “la Gestapo de América”) y el intelectual, pero sólo en junio pasado la Central Intelligence Agency (CIA) desclasificó algunos artículos de la última edición de su serie “estudios en inteligencia”, uno de los cuales se titula “Ernest Hemingway, espía de tiempos de guerra”, escrito por Nicholas Reynolds, un historiador de la CIA.

Y claro, era todo lo que se pensaba y mucho más, pues Reynolds, que tuvo acceso a todo lo que posee la inteligencia de EEUU sobre el enigmático escritor -que está nuevamente de moda gracias a la película Hemingway y Gellhorn, estrenada hace un par de meses por HBO- comprobó que en realidad Hemingway espió para cuatro organizaciones diferentes, tres norteamericanas y una soviética, y que sus habilidades como súper agente eran más semejantes al espía Jim Wormwold, el protagonista de “Nuestro hombre en la Habana”, la novela de Graham Greene, que a las de un profesional del espionaje.

Nombre clave: Argo

Según reconstruye el autor, Hemingway llegó a Cuba en 1941 junto a su tercera esposa, la periodista Martha Gellhorn, luego de regresar de un largo viaje por China. En Cuba, Hemingway se hizo un frecuente habitué de los diplomáticos de la época, especialmente de Braden y Joyce. El primero escribió que Hemingway y él coincidían en repudiar el hitlerismo, el marxismo leninismo y el comunismo totalitario.

Sin embargo, para cuando el diplomático escribió esas líneas, el escritor llevaba ya varios meses colaborando con el NKVD, el servicio de inteligencia antecesor del KGB soviético, el cual lo captó en el viaje desde Nueva York a China, donde lo reclutó un agente llamado Jacob Golos, uno de los hombres claves del espionaje estalinista en Estados Unidos. De acuerdo a los archivos de la KGB, Golos le dio un código para comunicarse operativamente con otro agente y le asignó un nombre en clave: Argo. Resultaba muy curioso que Hemingway aceptara, pues como lo señala el documento de la CIA, “él admiraba a varios comunistas y la forma en que pelearon por sus ideas, pero no suscribía a su ideología”.

No obstante, los comunistas estaban convencidos, desde su colaboración en la Guerra Civil española, que sí era de sus muchachos. Al respecto, la CIA dice que “Hemingway captó por primera vez la atención del NKVD a principios de 1935, cuando escribió un artículo para la revista de extrema izquierda norteamericana The New Masses”. De hecho, el jefe de la “sucursal” del NKVD en Madrid durante la Guerra Civil, Alexander Orlof, se preocupó durante el conflicto de conseguir acceso a las mejores fuentes para Hemingway y, asimismo, de proveerle de ciertos gustillos burgueses bastante impropios de una guerra, como caviar y vodka. Incluso “preparó una visita de Hemingway a un campo secreto del NKVD donde entrenaban a las guerrillas”, relata el documento desclasificado de la CIA.

De acuerdo a los registros soviéticos, Hemingway siguió siendo agente de ellos hasta 1945, y existe constancia de reuniones con agentes del NKVD en Cuba y Londres.

La fábrica de ladrones

Hemingway en su yate.
El FBI no tenía pruebas de la colaboración con los rojos, pero ciertamente J. Edgar Hoover lo olía desde lejos, lo mismo que los hombres del SIS, el brazo especial del FBI creado para combatir el nazismo, y que tenía a varios agentes destacados en Cuba, quienes no perdían ocasión de mandar cablegramas a su jefe en el continente, denunciando –entre otras cosas- que Hemingway quería escribir un libro contando sobre sus contactos con la embajada, o denunciando que en esta le habían regalado 122 galones de combustible para su yate, todo lo cual figura en los documentos desclasificados del FBI, que pueden consultar al final del texto.

En defensa de Hemingway hay que mencionar que –al menos- el combustible no era gratis, sino parte de un descabellado plan para hundir U-Boats alemanes, pero no nos alejemos tanto.

En 1942, entre Hemingway y el embajador Braden surgió la idea de que el escritor “organizara un servicio de inteligencia”, algo que de hecho contravenía cualquier mínima norma de inteligencia, dada la fama del hombre, pero vamos, eran tiempo difíciles. ¿El objetivo? Los simpatizantes del fascismo en La Habana, especialmente los espías del eje, que por aquellos días pululaban por todos los países de América, con una especial predilección por Chile.

Hemingway, como si fuera un juego de niños, se lanzó a organizar su sistema de espionaje con gran entusiasmo, y creó un grupo de informantes conocido como la fábrica de ladrones, una ironía para referirse a la denominación burocrática de “sección criminal”, que le habían dado en la embajada a su organización, la cual estaba bajo el mandato directo de Joyce. “Por unos pocos meses en la segunda mitad de 1942, Hemingway aparentó hacer lo mejor posible para descubrir agentes del eje para Joyce. No encontró ninguno” relata el estudio de la CIA, que incluso señala que el agente más top del nazismo en la isla, Heinz Lunning (que fue colgado tras ser descubierto por detectives chilenos, tras su contacto con espías nazis de Valparaíso) “irónicamente era un feroz bebedor y mujeriego que frecuentaba el mismo tipo de lugares que muchos miembros de la fábrica de ladrones”, aunque, por cierto, los hombres de Hemingway nunca siquiera sospecharon de él.

Posteriormente, Joyce pidió al escritor que espiara a los comunistas (vaya ironía) y existen registros de un viaje que Hemingway realizó a México, que podría corresponder a una misión en dicho contexto. En la capital azteca, Hemingway, en ese tiempo ya un doble agente, quedó inmediatamente bajo sospecha del FBI, tras haberse registrado en un hotel bajo un nombre falso (como si nadie lo conociera) y luego de haberse reunido varias veces “en secreto” –eso creía él- con un comunista desencantado a quien había conocido en España.

La Gestapo católica de EEUU y los U-Boat

Hemingway poseía un encono especial contra el FBI por motivos bastante particulares, como relata la investigación de la CIA: “creía que, debido a que muchos agentes del FBI eran católicos, eran simpatizantes de Franco. Le gustaba referirse al FBI como el hijo irlandés bastardo de Franco, o como la caballería de hierro de Franco”.

Hacia inicios de 1943, la embajada cerró la cortina de la fábrica de ladrones, pero Hemingway no se quedó tranquilo. Partió a ver al agente de la ONI (Oficina de Inteligencia Naval de EEUU) en La Habana, John Thomason, y le presentó una idea estúpida brillante: aprovechando el yatecito (el Pilar) que Hemingway poseía, patrullaría las aguas del norte de Cuba, con el fin de hundir U-Boats. En serio.

“El pretendería estar pescando, para esperar que apareciera algún submarino alemán que quisiera comprar pescado fresco y agua, y entonces atacaría al enemigo con bazukas, ametralladoras y granadas de mano. Hemingway usaría cestas de pelota vasca para lanzar las granadas a las escotillas abiertas de los U-Boat”, señala la CIA en su paper.

Los agentes de la ONI se dieron varias vueltas y, créanlo o no, la CIA afirma que finalmente los marinos le pasaron armas, municiones, granadas, un localizador y una radio, e incluso pusieron a un marinero experto a navegar con él, aunque cambiaron un poco la historia: “su cobertura era que estaba realizando investigaciones oceanográficas para el Museo Americano de Historia Natural”. El famoso escritor se pasó casi todo 1943 en eso, pero sólo alcanzó a visualizar un submarino, que se hundió de inmediato cuando el Pilar se le trató de acercar.

En la OSS

A fines de 1943 Gellhorn partió a Francia, como corresponsal de guerra, y pronto se sintió muy sola, pero Hemingway se resistía a dejar Cuba (seguramente, entretenido como estaba soñando con hundir un U-Boat), así es que la mujer, de armas tomar, se acercó en febrero de 1944 a agentes de la famosísima OSS, la Office of Strategic Services, antecesora de la CIA, y para su sorpresa averiguó que Joyce, el mismo de la embajada de EEUU en Cuba, se había unido a dicha agencia y estaba en Bari, Italia.

La Gellhorn habló con él y le explicó que la única forma de arrastrar a Europa a su marido era ofreciéndole trabajo de espía. Joyce, un buen amigo ciertamente, mandó un cable al director de la OSS, William “Wild” Donovan, sugiriendo el reclutamiento de Hemingway, y este pasó de mano en mano, pero todos coincidieron en que había problemas con el temperamento del autor y con sus ideas “de extrema izquierda”, aunque incluso en algún momento se pensó en enviarlo a la Unidad MO (Morale Operations), la división de propaganda negra de la OSS.

Como sea, finalmente Hemingway decidió viajar por su cuenta, como corresponsal, y mientras las tropas aliadas avanzaban hacia parís, se hizo muy amigo de un grupo de partisanos franceses, a los cuales ayudó a vestirse y armarse –nadie sabe cómo- aparentando ser del Ejército de Estados Unidos.

Se quedó con ellos en un pequeño pueblo, Rambouillet, y se contactó con el jefe de la OSS en Francia, David Bruce, un aristócrata que años más tarde escribió en su diario que había quedado “encantado” de conocer a tan eminente escritor. Pues bien, con ese poder de persuasión que evidentemente tenía, terminó convenciendo a Bruce de que él podía formar una unidad paramilitar junto a sus partisanos, y así como –dice la CIA- “por poco más de tres días, Hemingway, Bruce y los partisanos franceses ejecutaron operaciones de inteligencia militar desde Rambouillet”, las cuales incluyeron vigilar a algunos nazis e incluso capturar e interrogar a varios de ellos. Finalmente, participaron de la liberación de Paris, el 19 de agosto de 1944, y el documento de la CIA cuenta que Hemingway y Bruce se preocuparon particularmente de “liberar” el hotel Ritz, para celebrar allí.

En vida, Hemingway nunca fue reconocido por los exóticos servicios de espionaje que prestó a su país (ni a la fenecida URSS), aunque en 1947 recibió una medalla de bronce en EEUU, por sus servicios como corresponsal de guerra.

A fines de 1960, luego que Fidel Castro se hiciera con el poder en Cuba, Hemingway decidió regresar a su natal Idaho sin que se sepa muy bien porqué, pues parecía llevarse bastante bien con el dictador cubano. Un año más tarde, a los 62 años, decidió poner fin a su vida con un tiro de escopeta, mientras que Gellhorn, de quien se separó en 1945, se suicidó en 1998, ingiriendo veneno.