Vía pijamasurf.com
Todos conocen la leyenda urbana: una chica despampanante seduce a un tipo en un bar. Se lo lleva a un hotel. El tipo, creyéndose el más afortunado papanatas del mundo, despierta con una terrible resaca dentro de una tina. Tiembla de frío. El agua está roja. En el espejo del baño, dibujado con carmín rojo, un mensaje: “Ve a un hospital, te sacamos el hígado.” Sin embargo, el tráfico de órganos en África adquiere contornos mucho más misteriosos y menos glamourosos que en las leyendas urbanas de Occidente.

La antropóloga Louisa Lombard ha trabajado durante mucho tiempo en África Central, una zona especialmente peligrosa del continente, donde los rumores de prácticas de magia negra son cotidianos. Lombard cuenta que en un viaje a la población de Tiringoulou (un pueblo pobre y pequeño, de unos de 2,000 habitantes dedicados al cultivo del maní) en marzo del 2010 los pobladores le contaron que un extraño viajero llegó al pueblo. Venía a hacer negocios con un par de locatarios. Cuando cerró el trato con un apretón de manos, como por arte de magia, los penes de ambos pobladores se encogieron y fueron extraídos.

Lombard reconstruyó la historia a partir de testimonios de gente del lugar: el viajero se detiene a tomar una taza de té en el mercado. Luego de pagar, le estrecha la mano al que lo atiende. El hombre experimenta una corriente eléctrica fluyendo por su cuerpo mientras siente con impotencia cómo su pene se hace más pequeño que el de un bebé. Los gritos atraen a una multitud. Entretanto, un segundo hombre cae víctima de las artes mágicas (¿o científicas?) del viajero.

Según Lombard, el robo de penes, o al menos los rumores sobre esta práctica, han corrido como gasolina por África Occidental y Central durante las últimas dos décadas, en lo que parece ser un resurgimiento de la magia negra en la región. Desde un punto de vista occidental, podría explicarse este resurgimiento como una coartada para hacer frente a la verdadera magia negra, una forma de magia tan misteriosa y oscura que decide sobre la vida y la muerte de la gente sin que esta pueda hacerle frente de ninguna forma: el capitalismo global.

En el contexto de las luchas tribales, los dictadores militares, el tráfico de todo tipo de sustancias y la trata de personas, el robo de penes no parece un evento tan descabellado o difícil de creer como a primera vista ocurre. En épocas oscuras, la ansiedad por la castración ha sido una constante a lo largo de la historia. El Malleus Maleficarum, un tratado donde se discuten las formas de identificar y eliminar apropiadamente brujas, vampiros y demonios de todo tipo, dedica una parte a discutir sobre el maleficio que “se lleva los miembros masculinos”, para dejarlos en nidos de ave. En 1967 también se reportaron en los hospitales de Singapur diversos casos de koro, o la creencia de que el pene se retrae tanto que se incrusta dentro del cuerpo del hombre.

La teoría freudiana podría argumentar que esta angustia del hombre de verse emasculado obedece a proyecciones infantiles de inseguridad o a heridas yoicas que han dejado huecos en la constitución de la personalidad. Sin embargo, los casos reportados de extracción genital masculina en Lagos (Nigeria), en Douala (Camerún) y en Tiringoulou (República de África Central) dejan escéptico al teórico más lúcido.

Continuando con su historia, la antropóloga Lombard cuenta que las autoridades del pueblo son un grupo paramilitar que ejerce la justicia (o su rapaz versión de ella) con mano dura. El viajero supuestamente responsable del robo de dos penes fue encarcelado, según se le explicó a Lombard, “por su propia protección.” De haberlo dejado en el lugar de los hechos, el pueblo lo habría linchado. Sin embargo su suerte en cautiverio no fue mucho mejor: luego de un brutal interrogatorio el hombre fue ejecutado con un disparo de arma de fuego, aunque la versión oficial del comandante de los rebeldes es que el viajero simplemente desapareció de su celda.

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